Austeridad o desarrollo

La elección en Francia de un presidente socialista ha abierto la discusión sobre la pertinencia de las estrategias y políticas económicas de austeridad. Es entendible que un país como Alemania, que vende al exterior más de lo que les compra, tenga saneadas sus finanzas públicas y logre tasas de crecimiento económico aceptable (3 por ciento). Pero aquellos países que registran crecimientos del producto menores al uno por ciento (España, Italia), decrementos (Grecia, Portugal) o crecimientos insuficientes para garantizar un nivel de vida decoroso (Francia, Inglaterra) requieren incentivar la inversión, acrecentar la inversión pública para reactivar la economía así como el gasto social para garantizar el acceso de su población a los derechos universales de alimentación, educación, salud, vivienda y cultura. Aumentar el gasto público y no contraerlo es lo que reclama la sociedad y espera que sus gobiernos les cumplan; el déficit generado por la expansión del gasto se compensa por el incremento de la oferta de bienes y servicios y el aumento de la masa tributaria recaudada. La estabilidad de precios y cambiaria no son objetivos de las políticas públicas, sino medios para lograr un producto acrecentado y una mejoría de las condiciones de vida de su población.

En México vivimos una situación tan dramática como la de los griegos: la economía sólo logra generar la mitad de los empleos requeridos y siete de cada diez nuevos empleos se ubican en el sector informal, ahí donde no existen contratos laborales ni representación gremial; donde se incumple la Ley Federal de Trabajo y las remuneraciones son insuficientes para garantizar una dieta mínimamente decorosa; por si eso fuese poca cosa, el saldo migratorio internacional –fuente de ingresos de dos millones de familias– es superavitario; la inseguridad pública se ha generalizado y la corrupción de los funcionarios públicos es el deporte sexenal. Si a la población que no tiene trabajo y lo busca le sumamos aquellos que están subempleados o manifiestan que están en disponibilidad de trabajar (pero ya no buscan empleo) si son requeridos, están en desempleo uno de cada cuatro mexicanos en edad de trabajar.

Generar el número de empleos requeridos por la sociedad mexicana significa que la economía crezca al doble de lo que lo ha hecho en el último cuarto de siglo. Ese esfuerzo requiere aumentar la inversión pública; una de las fuentes de financiamiento es que los empresarios paguen la carga tributaria que les corresponde y que el gobierno tenga un manejo más eficiente y probo de las finanzas; sumadas ambas, es posible disponer de ocho puntos del PIB para financiar nuevas estrategias de desarrollo que, sumados a la renta petrolera, permitirá fondear el gasto social –sin gravar alimentos ni medicinas–, ampliar la cobertura y calidad de los servicios de salud y educativos, y garantizar el acceso de la mayoría de la población a una canasta básica de productos alimentarios. Este primero de julio puede ser el verano de los indignados, un ya basta de corrupción e impunidad; un ya estamos hasta la madre de tanta mentira, mediocridad, injusticia, corrupción y degradación de nuestras personas, del patrimonio familiar y de los recursos naturales. Otras estrategias y políticas económicas se requieren para lograr el México que nos merecemos.

 

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