¿Puede la “Partícula de Dios” conducirnos a Dios?*

Hace un par de días me llegó un correo de la Fundación del Obsevatorio Vaticano con la liga al artículo de abajo que apareció en el Washington Post y que escribió el hermano Guy Consolmagno. Estos correos nos llegan a ex-alumnos de la Escuela de Verano que organiza el Observatorio Vaticano en Castelgandolfo. Cada dos años durante un mes reciben a 25 estudiantes de todo el mundo. Muchos estudiantes de México, al menos uno en cada edición de la escuela, han sido seleccionados para participar. La pimera escuela se organizó en 1986, por lo que varios ya son astrónomos profesionales. En el INAOE tres astrónomos del staff somos ex-alumnos: Omar López (1988), Miguel Chávez (1990), y Raúl Mújica (1993), aunque muchos más estudiantes han participado en otros años.

La escuela de El Vaticano de alguna manera nos ha marcado por lo que en esta ocasión, en lugar de una noticia astronómica, me pareció conveniente aprovechar  el boom del Bosón de Higgs para publicar la traducción de este artículo, que habla poco del bosón (y que ya ha sido explicado en muchos stios), y más de la relación entre ciencia y religión (Raúl Mújica, INAOE).

 

“No, la Partícula de Dios no tiene nada que ver con Dios…” He tenido que repetir esto una docena de veces durante la última semana a amigos casuales y a reporteros inquisitivos, después del anuncio del CERN de la posible detección del bosón de Higgs… la llamada “Partícula de Dios”. Soy astrónomo, no físico de partículas, pero contestar preguntas acerca de cualquier novedad en la ciencia que pudiera estar relacionada con la religión es uno de los deberes no oficiales de cualquiera que trabaje en el Observatorio Vaticano.

Sí, soy un astrónomo en El Vaticano. Mucha gente se sorprende al escuchar que el Vaticano apoya un observatorio astronómico completamente funcional. Somos una docena de sacerdotes y hermanos, procedentes de cuatro continentes, casi todos jesuitas, con estudios avanzados en astronomía y en campos relacionados con la misma, graduados de universidades de todo el mundo, incluidas las de Padua, Oxford y el MIT. Nuestra investigación abarca toda la gama de la astronomía –la teoría de las cuerdas y el Big Bang, la evolución de galaxias y de estrellas, meteoritos y lluvias de meteoros.

Vamos a las mismas reuniones y publicamos en las mismas revistas de cualquier otro astrónomo; después de todo, estudiamos junto con esos astrónomos, colaboramos con ellos en nuestros proyectos, y muchos de ellos son nuestros estudiantes. Participamos en las mismas sociedades científicas; de hecho, muchos de nosotros hemos sido elegidos en posiciones de liderazgo en la  Unión Astronómica Internacional  y la Sociedad Americana de  Astronomía.

Nuestra historia se remonta a antes de Galileo. En 1582, ayudamos a desarrollar el Calendario Gregoriano que el mundo utiliza actualmente. Nosotros realizamos los primeros mapas telescópicos exactos de la Luna, con el sistema de nomenclatura aún en uso (incluyendo los 35 cráteres que llevan nombres de jesuitas; ayuda tener amigos en lugares altos). En el siglo XIX fuimos los primeros en recuperar el cometa Halley y fuimos pioneros en espectroscopía estelar. En el siglo XX, nuestros astrónomos establecieron un laboratorio astrofísico de espectros y fundamos la revista Spectrochimica Acta, que de hecho fue producida en El Vaticano en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Y actualmente nuestro telescopio en el desierto de Arizona, construido en colaboración con la Universidad de Arizona, es un campo de pruebas para las técnicas astronómicas del siglo XXI.

Este historial debería suscitar dos preguntas: ¿Por qué, con esta historia de apoyo a la astronomía, la gente cree que nuestra religión es de alguna manera anti-ciencia? Y por otro lado, ¿por qué una institución religiosa continúa apoyando a los astrónomos hoy en día?

Ciertamente, la respuesta a la segunda pregunta está atada a los prejuicios de la primera; el Observatorio es un testigo viviente en contra de aquellos que quieren creer lo peor de la Iglesia. (Yo vivo en la Iglesia, y la conozco bien, con sus faltas y todo. Hay muchas cosas que hacemos mal, ¿por qué nuestros críticos insisten en inventar otras?) Y trabajamos de cerca con la Academia Pontificia de Ciencias, que aconseja al Papa en temas científicos. (El presidente de la Academia a mediados del siglo XX era el padre George Lemaître, el astrofísico que manejó lo que ahora llamamos la teoría del Big Bang. Por desgracia, no podemos reclamarlo para el Observatorio, era un sacerdote diocesano que enseñaba en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.)

Pero la razón principal de por qué hacemos ciencia está de hecho relacionada con la razón de por qué mucha gente nos pregunta acerca de la “Partícula de Dios”. Las disciplinas de la ciencia y la religión se complementan una a la otra de maneras prácticas. Por ejemplo, las dos están involucradas en describir cosas que están más allá del lenguaje humano y por eso deben hablar en metáforas. La “Partícula de Dios” no sólo no es una pieza de Dios, tampoco es realmente una “partícula” en el sentido de que una mota de polvo es una partícula. En ambos casos utilizamos imágenes familiares para tratar de ilustrar una entidad de gran importancia pero cuya realidad está más allá de nuestro poder para describirla literalmente.

Los misterios revelados por la ciencia moderna son un recordatorio constante de que la realidad es más grande que nuestro día a día. Pero mientras que la física de partículas puede parecer inimaginablemente remota, cualquiera puede ver las estrellas e inclinarse a la contemplación. Como dijo el Papa Pío XI en 1935, al inaugurar nuestros telescopios en el techo del palacio papal de verano, “ninguna parte de la creación se erige como una invitación más elocuente y fuerte a la oración y a la adoración”.

Un aspecto de esa contemplación es reconocer tanto lo limitado que es el entendimiento humano como lo privilegiados que somos al ser capaces de aprender todo lo que hemos aprendido. Una cosa sorprendente de nuestro Universo es que puede ser, al menos en parte, comprensible. Sigue leyes que podemos deducir, leyes que son racionales pero también elegantes y bellas. En ellas encontramos expresada la personalidad de quien las creó.

*Artículo original: http://www.washingtonpost.com/blogs/guest-voices/post/can-the-god-particle-lead-us-to-god/2012/07/11/gJQA4BaCdW_blog.html Traducción de Guadalupe Rivera.

**Sacerdote jesuita y parte del personal del Observatorio del Vaticano. Se especializa en estudiar meteoritos y asteroides.

Para saber más:

Observatorio Vaticano: http://vaticanobservatory.org/

 

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