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Historia de un piano 31887

¡Hacia adelante con Dios, que estará con nosotros
como estuvo con nuestros padres!
Guillermo II, Káiser de Alemania y rey de Prusia

Berlín, 6 de agosto de 1914

Después de un par de meses de infernal adiestramiento castrense, llegó el momento fatídico de partir al frente. Aquel día de octubre de 1914, Johannes se recompuso como pudo ante su madre y trató de animarla.

—No te preocupes, mamá —le dijo con voz a punto de quebrarse. Todos dicen que para Navidad la guerra ya habrá acabado y podremos volver a casa…

…Fue entonces, después de aquel ejercicio colectivo de sinceridad, cuando pasó el primer milagro en el infierno. El 11 de diciembre, el mismo día que la rotación llevó a Johannes de nuevo a la trinchera de primera línea… Hasta que a media mañana, de repente, una voz en inglés…

—¡Buenos días, Fritz!

La trinchera británica estaba tan cerca, apenas unos cuarenta metros más allá de la tierra de nadie, que, según cómo soplaba el viento, a veces se oía a los ingleses hablar o saludar. Cuando eso pasaba, alguien respondía un improperio y ya está. Eso era todo. Así que, esa mañana, como cualquier otra mañana en la que el frío se metía hasta el tuétano de los huesos, oyeron una voz desde el lado británico,

—¡Buenos días, Fritz!

Fritz y Jerry eran los nombres que usaban los ingleses cuando hablaban con los alemanes. Johannes dejó la lectura y vio que todos sus compañeros se miraban en silencio. El frío los tenía paralizados y nadie contestó. Al cabo de unos segundos, volvieron a escuchar la misma voz. Esta vez un poco más forte.

—¡Buenos días, Fritz!

Entonces, Otto dejó los naipes y respondió scherzando (1), con una valentía propia de un Sansón, como para seguir la broma.

—¡Buenos días, Tommy!

Este era el nombre que usaban los alemanes para referirse a los ingleses.

—¿Cómo estás, Fritz?

—¡Bien!

—¡Sal de la trinchera y ven!

—¡No, Tommy! ¡Si salgo vas a dispararme!

—¡No, no te voy a disparar, Fritz! ¡Ven, no tengas miedo! ¡Ven y te daré unos cigarrillos!

—¡No! ¡Si yo salgo, tú también! ¡Salimos los dos y nos encontramos a mitad de camino!

—¡De acuerdo!

Dicho y hecho. El saludo, que había empezado como el de cualquier otro día, se había enredado en una conversación que llevó a Otto a asomarse por el borde de la trinchera. Cuando lo hizo, vio que el británico hacía lo mismo, así que los dos salieron despacio, al unísono y con las manos levantadas. Poco a poco avanzaron hasta encontrarse en la mitad de la tierra de nadie. Tanto los británicos como los alemanes observaban alucinados lo que sucedía desde sus respectivas trincheras.

Cuando se encontraron frente a frente, los dos bajaron los brazos y se dieron la mano. Entonces, tal como había dicho, el inglés le dio un paquete de cigarrillos a Otto y este correspondió con media tableta de chocolate que llevaba en el bolsillo. De repente, los Tommy y los Fritz, los británicos y los alemanes, empezaron a lanzar las gorras al aire y a gritar hurras de alegría. Animados por la sorpresa del momento, unos quince o veinte pro bando se animaron y salieron a la tierra de nadie. Se encontraron todos en medio y se dieron las manos entre vítores y risas. Johannes miraba desde el borde de la trinchera. Por un momento se animó a salir, pero mientras decidía si tenía o no el valor para hacerlo, todos volvieron a sus trincheras y Johannes maldijo su poca audacia.

Fue un momento mágico, un pequeño milagro que duró unos pocos minutos y que se esfumó con el transcurso del día, ya que, por la noche, como si nada de todo aquello hubiera tenido la menor importancia, las hostilidades empezaron de nuevo.

Pero el pequeño milagro se resistió a desaparecer, y como si un aria barroca da capo (2) se tratara, encontró la manera de renacer y repetirse de nuevo. Esta vez con más fuerza, con más intensidad, con más coloratura (3).

Sucedió el 23 de diciembre con un crescendo (4) que nadie supo explicar quién había empezado. Sin saber si habían sido los alemanes o los británicos, lo cierto es que comenzaron a oírse voces que cantaban villancicos. Desde las trincheras de los súbditos del káiser, los alemanes cantaban sus típicas canciones de Navidad. Por su parte, desde las trincheras de los súbditos del rey Jorge V, los británicos hacían lo propio. De pronto como si el azar hubiera puesto todo su empeño en que saltara la chispa, unos y otros se aunaron al son de Noche de paz, noche amor (Stille Nacht, heilige Nacht, cantaron los alemanes. Silent Night, entonaron los británicos). Cada uno en su idioma, se encontraron en un canto de perfecta comunión. Entonces, llevados por la magia de la banda sonora del momento, algunos soldados que estaban en la retaguardia cortaron unas ramas, las decoraron con velas y las plantaron en el borde de la trinchera de primera línea a modo de pequeños árboles de Navidad.

Los villancicos siguieron toda la noche. Al día siguiente, el jueves 24, empezaron de nuevo los saludos, hasta que un inglés, el mismo que había intercambiado cigarrillos por chocolate, con Otto, unos días antes, salió de la trinchera, se aventuró en la tierra de nadie y, a todo pulmón, declamó el hermoso poema In the morning of Christ´s Nativity, de John Milton.

La belleza de los versos de Milton enmudeció los villancicos y provocó un silencio reverencial que no se rompió hasta que Otto, que había reconocido al inglés, también salió de la trinchera. De pie, junto a uno de los arbolitos de Navidad en los que todavía ardían algunas velas, entonó los versos anónimos más famosos de la Navidad teutona.

Llevados por el encantamiento musical de la poesía los soldados abandonaron poco a poco las trincheras y salieron de nuevo a la tierra de nadie, pero esta vez no fueron unos pocos, sino todos. En medio de una respetuosa quietud, cada bando recuperó los cuerpos de los suyos que yacían en ese lugar infame bajo el cielo gris de Flandes y Artois. Un cielo gris que se fundió con un crepúsculo de Nochebuena que trajo una preciosa luna llena, infinita y maestosa (5).

El día 25 siguió sin escucharse ningún disparo… los soldados pudieron comer algo caliente y la tierra de nadie… El día 26 todos volvieron a sus obligaciones. El milagro desapareció en un diminuendo (6) instigado por la absurda lógica de la guerra. Máxime cuando los mandos informaron de que, si alguien osaba confraternizar de nuevo con el enemigo, sería arrestado y castigado con medidas severas. El temor al castigo disolvió cualquier esperanza de entendimiento, de distensión, incluso de paz… La guerra olvidó la memoria de cualquier cosa hermosa y siguió su paso implacable hacia el abismo.

(1) Scherzando. Indicación de interpretar una melodía con carácter juguetón, humorístico.

(2) Da capo. Indicación de volver al inicio de la composición para repetirla desde el principio.

(3) Coloratura. Capacidad de la voz lírica de ejecutar sucesiones de notas rápidas como recurso de ornamentación y embellecimientos del canto operístico.

(4) Crescendo. Indicación de aumentar gradualmente la intensidad del sonido.

(5) Maestoso/a. Término que indica que la música debe interpretarse con solemnidad, majestuosidad, de manera imponente y con dignidad.

(6) Diminuendo. Indicación de disminuir gradualmente la intensidad del sonido.

* [email protected]

** Gener. Ramón. (2024). Historia de un piano 31887. México: Editorial Planeta, S. A.

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