La mentira de Marietta

Sucedió en la madrugada del 16 de marzo de 1863 en la ciudad de Puebla, en la calle de las Doncellas. Con precisión en la azotea aledaña a la casona de la Estrella. El padrino aprendió que cuando no se sabe a dónde ir no se llega a ningún lado, o cuando mucho se camina en círculos, ya sea dentro de la mente o sobre cualquier geografía. De los aproximados ochenta mil habitantes de la ciudad, alrededor de veintisiete mil personas, en su mayoría familias adineradas, habían huido despavoridas desde el mes de febrero. Tenían alguna propiedad segura fuera de la ciudad o parientes caritativos en la capital. En cuanto se avisó del retorno de las tropas francesas, los coches tirados por caballos y las carretas enganchadas a los mulos, todas ellas cargadas hasta las orejas, desfilaron por las calles de Jarcerías, La Santísima y Las Cruces.

 

Esforzándose al máximo mi padrino entonó el popular himno en contra de los conservadores, nacido del ingenio de Guillermo Prieto. “Cangrejos al combate, cangrejos al compás, un paso hacia adelante doscientos para atrás. Casacas y sotanas dominan donde quiera, / los sabios de montera felices los harán… ”

“Lo inesperado podría suceder en el segundo enfrentamiento con las fuerzas de Napoleón III, un ejército herido en su orgullo y reforzado con tecnología militar inimaginable. Luego de la cruenta batalla del 5 de mayo, pocos deseaban entablar amistad con los perfumados franceses, no de las delicadas fragancias parisinas sino por el sudor costeño acumulado en las elegantes casacas de color azul turquí.

En ese entonces y gracias a mi anatomía enflaquecida, había incursionado ya con relativo éxito en algunas casas abandonadas. Hasta ese momento había encontrado un poco de azúcar morena, florecitas de manzanilla o hilitos de canela. En los huertos pude arrancar brotes de papas y acelgas; quedaba claro que en la huida arrearon con todo. También recogí granos de lentejas y arroz esparcidos en los rincones de las cocinas y luego de sacudirles las hormigas los guardé en los bolsillos. Acostumbrados a vivir con lo que otros desechaban, cualquier cosa era buena.

“La cuadratura casi perfecta de las calles de la ciudad, facilitó convertir cada grupo de casas en una ciudadela fácil de defender desde las barricadas levantadas por los ciudadanos y el ejército. Debíamos saltar, brincar o rodear inconvenientes nada molestos, pues sabíamos que si los gabachos franceses decidían ingresar, debían destruir manzana por manzana, casa por casa y abatir mexicano por mexicano. Unos soldados mexicanos, tan jóvenes que parecían niños.

“Al parecer González Ortega y el presidente Juárez estaban seguros de que la intención de Forey era no arriesgarse en Puebla y llegar enterito a México. Opinaron que en cuanto el mariscal notara la fortificación de la ciudad, no se arriesgaría a otro fracaso como el del 5 de mayo y pasaría de largo encontrándose de frente con el ejército de Comonfort camino a México. Luego, el general González Ortega les cortaría la retirada obligando a Forey a rendirse. Al menos esa era la lógica.

“Por la urgencia de madera, habían talado los árboles del Paseo Bravo, los del cementerio y muchos de las inmediaciones de la antigua penitenciaría de San Javier, transformada por el general Joaquín Colombres en una fortaleza.

“Sucedió, sucedió, sucedió. Así fue. Todo pasó de prisa esa semana. Debían destruir la ciudad, y todas las fortificaciones con nombres de santos fueron bombardeadas. Santa Anita, San Javier, Santa Inés, San Sebastián, Santa Rosa, San Pablo del Monte, Santiago.

Ni las vírgenes se salvaron pues los fuertes de Guadalupe y el Carmen recibieron tremendas descargas. ¿Para qué se empeñaban en canjear y canjear prisioneros? Eso nadie lo entendía, como tampoco que el Ejército del Centro, comandado por el general Comonfort, no pudiera romper el cerco y auxiliar a las tropas de Puebla. Sucedió el 17 de mayo de 1863, al esparcirse la noticia de la rendición”

Bear Sanz, María Eugenia, 2013,

La mentira de Marietta,1863.

Puebla sitiada por las tropas de Napoleón III. Puebla,

Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Dirección de Fomento Editorial, 206 páginas.

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