Febrero de 2026
Cruzar de nuevo la entrada del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE) en Tonantzintla tiene un sabor distinto esta vez: una mezcla de nostalgia y emoción me invade. Ha pasado casi una década desde la última vez que caminé por estos pasillos como estudiante. Ahora regreso, pero en un papel diferente, como investigador posdoctoral.
Al caminar por los pasillos y ver a los estudiantes de maestría y doctorado, veo mi propio reflejo de agosto de 2016. Hace no tanto tiempo, yo era uno de ellos, sin imaginar que el INAOE no solo me abriría las puertas de la astronomía, sino literalmente las puertas del mundo. Este lugar fue el inicio de un viaje que me llevó hasta Brasil, me transformó en astrónomo observacional y ahora me trae de regreso para contribuir con lo aprendido al estudio de los Cuerpos Menores del sistema solar.
En 2016 llegué al INAOE para cursar la Maestría en Ciencia y Tecnología del Espacio, en el área de Ambiente Espacial e Interplanetario. Bajo la guía de los doctores José Ramón Valdés y José Guichard, descubrí un mundo que cambiaría mi vida para siempre: la astronomía observacional.
Recuerdo vívidamente ese nerviosismo inicial, esa mezcla de respeto y temor al operar por primera vez la Cámara Schmidt. Mis primeras noches de observación estuvieron marcadas por la incertidumbre: cada movimiento del telescopio me generaba temor, ¿y si dañaba el instrumento? La inexperiencia pesaba, pero la emoción era aún mayor.
Pero sucedió. A pesar de los nervios, a pesar de la inexperiencia, llegó mi primera imagen astronómica: un fondo negro salpicado de puntos blancos. Estrellas, galaxias, asteroides y cometas reducidos a píxeles blancos sobre la oscuridad. Pero en esa aparente simplicidad se escondía todo un universo por descubrir.
Esa imagen fotométrica marcó mi entrada a otro mundo, al mundo de la astronomía. Cada uno de esos puntos blancos guardaba información valiosa sobre objetos que viajan por el espacio, algunos de ellos cruzando peligrosamente cerca de la órbita terrestre. Mi trabajo consistía en obtener el periodo de rotación de asteroides cercanos a la Tierra (NEOs, por sus siglas en inglés) y, en algunos casos, determinar su forma. Era el primer paso de un camino que apenas comenzaba.

https://www.gov.br/observatorio/pt-br/assuntos/areas-de-
atuacao/astronomia-e-astrofisica/oasi/impacton/o-oasi
La maestría no solo me enseñó a observar el cielo; me abrió una puerta francamente insospechada. En 2019, meses después de terminar la maestría, emprendí un viaje que pocos años atrás hubiera parecido, por decir lo menos, inimaginable: mudarme a Río de Janeiro para realizar un doctorado en Astronomía en el Observatorio Nacional (ON) de Brasil, bajo la dirección de la doctora Daniela Lazzaro.
El contraste fue inmediato. Pasar de la tranquilidad de Tonantzintla al bullicio de una ciudad de millones de habitantes como Río, la segunda mayor ciudad de Brasil, fue un choque cultural. Los cariocas, famosos en Brasil por hablar alto y ser extrovertidos sin dejar de ser amistosos, contrastan con lo reservada y conservadora que puede llegar a ser la sociedad poblana. Llegué sin saber una palabra de portugués (un hablante de español puede sobrevivir así, pero no lo recomendaría). Los sonidos nasales del portugués, inexistentes en español, fueron un desafío lingüístico con mayúsculas. Y la comida… bueno, todo mexicano sufre esto al salir del país, pero no voy a negar que terminé enamorado del churrasco brasileño.
Pero el mayor reto era académico. En el INAOE había aprendido las bases de la astronomía observacional. En Brasil descubrí que aquello era apenas una minúscula fracción de todo lo que necesitaba dominar. Me integré al grupo de Ciencias Planetarias y al proyecto IMPACTON (Iniciativa de Mapeamento e Pesquisa de Asteroides nas Cercanias da Terra no Observatório Nacional), una iniciativa que coloca a Brasil en el mapa internacional de la defensa planetaria.
El proyecto IMPACTON opera el Observatorio Astronómico del Sertão de Itaparica (OASI), ubicado en Itacuruba, Pernambuco, en el árido nordeste brasileño. Este telescopio robótico de un metro de diámetro tiene una misión crucial: buscar, seguir y caracterizar asteroides y cometas que podrían representar un riesgo de colisión con la Tierra. Tuve la fortuna de visitar las instalaciones del telescopio en la caatinga pernambucana, un paisaje que desafía toda descripción: árido, hostil y a la vez hermoso, uno de esos lugares que se graban en la memoria para siempre.
Una vez al mes, durante los 15 días alrededor de la luna nueva, participaba en misiones de observación operando el telescopio de manera remota. El objetivo era obtener el periodo de rotación, la curva de fase y el espectro fotométrico de cada objeto para determinar las propiedades de su superficie. Además del OASI, trabajé con el telescopio SOAR (Southern Astrophysical Research) de 4.1 metros de diámetro, obteniendo espectros de NEOs recién descubiertos, y extendí mi investigación a los Marscrossers, asteroides cuyas órbitas cruzan la de Marte. Caracterizar estos objetos no es un ejercicio académico abstracto: es información esencial para desarrollar estrategias de defensa planetaria.
Después de graduarme del doctorado en diciembre de 2023, continué en Brasil con un posdoctorado en el Observatorio Nacional. Pero gracias al programa de estancias posdoctorales de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti), en 2026 se presentó una gran oportunidad: regresar al INAOE, al lugar donde todo comenzó, pero ahora para contribuir con el grupo de cuerpos menores del Instituto.
Mi proyecto actual es una continuación natural de todo lo aprendido: caracterizar físicamente cuerpos menores del sistema solar, particularmente aquellos en la vecindad próxima a la Tierra. Utilizaré tanto el telescopio de 2.1 m de diámetro del Observatorio Astrofísico Guillermo Haro (OAGH) para espectroscopía como la Cámara Schmidt de Tonantzintla para fotometría, combinando ambas técnicas en un enfoque integral para clasificar taxonómicamente estos objetos y determinar su composición superficial.
Los asteroides y cometas son testigos silenciosos de la formación de nuestro sistema solar hace 4 mil 600 millones de años. Estudiarlos es como leer un libro de historia cósmica, pero también recordatorios de que vivimos en un vecindario dinámico y, ocasionalmente, peligroso. Ahora, por primera vez en la historia, somos capaces de detectar estas amenazas con anticipación. Proyectos como IMPACTON en Brasil y el trabajo que realizamos en el INAOE son parte de esta red global de vigilancia.
Miro hacia atrás y veo un camino trazado por decisiones, oportunidades y la generosidad de instituciones y mentores que creyeron en mí. El INAOE me dio las herramientas iniciales, en Brasil pude continuar mi formación, y ahora regreso para devolver algo de lo recibido. Cada noche de observación, cada espectro obtenido, cada periodo de rotación calculado, es una pequeña pieza del rompecabezas que nos ayuda a entender nuestro lugar en el cosmos y, quizás algún día, a proteger nuestro planeta de una amenaza venida del espacio.
El estudio de los cuerpos menores continúa, ahora desde Tonantzintla.
Si desea conocer más sobre el proyecto IMPACTON y el telescopio OASI, puede consultar: https://www.gov.br/observatorio/pt-br/assuntos/areas-de-atuacao/astronomia-e-astrofisica/oasi/impacton
Para la elaboración de este artículo utilicé asistencia de IA (Claude y Gemini) para mejorar la ortografía, redacción y legibilidad. El contenido es completamente de mi autoría.