19 de septiembre: una fecha marcada en Puebla por el terremoto y los daños que dejó

p-13Una fecha anotada en la agenda. Era 19 de septiembre, un día clave en el tema de la protección civil pues se conmemoraban 32 años del sismo de 8.1 grados que, en 1985, estremeció principalmente a la capital del país. Todos se decían listos, confiados, y quizá sí lo estaban. Ese día, después del mediodía, a las 13 horas con 14 minutos, se ponía a prueba lo aprendido: ocurría un sismo de 7.1 grados que sacudía a Puebla, ciudad de por sí sísmica.

En el Centro Histórico de la ciudad todo ocurría en calma. De repente, un trepidante movimiento sacudió los edificios, las lámparas, los árboles, las casonas y los inmuebles antiguos retumbaron: en algunos enseguida se hicieron fisuras, otros se llenaron de polvo y otros más, los menos afortunados, tuvieron derrumbes: desde yeserías hasta cornisas completas.

Mientras sucedía, en esos segundos que parecieron ser largos, algunos corrían, otros se quedaban estáticos y temerosos, unos más se abrazaron y juntaron instintivamente, y los menos se hincaron a rezar.

Tras el movimiento telúrico todo fue confusión: hubo quienes corrieron a las escuelas para buscar a sus hijos, quienes apresuraron su paso hacia su coche estacionado en la vía pública y los que saturaron, enseguida, el transporte público que iba de norte a sur, y de oriente a poniente.

Los teléfonos inteligentes no fueron el lugar cómodo y seguro. Pese a ser sofisticados se quedaron inútiles frente a la que es su principal utilidad: comunicar. Lo que sí, es que sirvieron de herramientas documentales: por su cámara se quedaron los videos y las fotografías de aquel instante.

“¿Puedes decirme tu hora?”, dijo una mujer a otra, mientras se apretaba las manos y contenía su nerviosismo. Se detenía un poco ante el paso irracional de los automovilistas que pretendían moverse más allá de la velocidad permitida. La mujer se detuvo pero enseguida retomó su marcha: iba hacia el Aparicio, una de las escuelas afectadas cuyos alumnos vieron de cerca el derrumbe de una de las torres del templo dedicado a San Francisco.

Quien caminaba por el Centro Histórico tuvo estas y otras perspectivas: el Museo Casa de Alfeñique, el primer museo en Puebla abierto en 1932 del que se desprendieron elementos de su yesería blanca que imita este dulce poblano; la Preparatoria Lázaro Cárdenas del Río de la BUAP de la cual salían sus estudiantes inundando la calle; los daños en los portales del zócalo; las fracturas de la iglesia del Carmen, las cornisas y ladrillos sueltos en las calles en la 12, la 14 y también la 18 Poniente.

Aún sin teléfonos se empezaban a comunicar los demás daños: en plazas comerciales como Angelópolis y Dorada, en bardas dañadas sobre la 3 Norte y caídas en el Mercado Hidalgo.

Una tragedia ocurría en el Instituto Normal del Estado, ubicado sobre la 11 Sur entre la 11 y 13 Poniente. Ahí, por la caída de una cornisa de esta arquitectura porfiriana de inicios del siglo XX habían sucedido las dos primeras muertes: una mujer adulta y una niña.

A ellas, en el triste recuento se sumaba la de un indigente que, en la esquina de la 12 Poniente y 3 Norte, murió de manera instantánea debido a la caída de una antigua barda.

Luego, ya a más de una semana de lo ocurrido existe un reporte oficial que pese a serlo no es estático. En él, se indica que el número de fallecidos es de 45 personas, incluidas las 11 personas acaecidas en Atzala por el derrumbe del templo en el cual se encontraban.

Asimismo, el número de viviendas dañadas por el sismo a nivel estatal asciende ya a 22 mil, detectadas principalmente en los 112 municipios con declaratoria de emergencia. En el rubro educativo, la cifra contempla a 3 mil 300 instituciones educativas con estragos; de las cuales, 300 se encuentran colapsadas.

En el caso de los templos, parte de los bienes patrimoniales históricos, culturales y artísticos de Puebla se contabilizan más de 250: 100 de ellos ubicados en la zona metropolitana que incluye a Cholula, Atlixco y ciudad capital, y el resto edificados en la Sierra Mixteca de la entidad.

Actualmente la delegación en Puebla del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) trabaja en el censo de los inmuebles que se atenderán y que formarán parte de la bolsa de dos mil millones de pesos para su recuperación.

Incluso, la secretaria de Cultura, María Cristina García Cepeda, señaló que los daños al patrimonio se extienden a 11 entidades del país. Esto, dijo la funcionaria, constituye un reto: reconstruir la infraestructura y restaurar el patrimonio. “Es un desafío que por su alcance, dimensión, extensión y costo, nos llama a tomarnos de la mano y sumarnos al esfuerzo conjunto de mantener de pie ese patrimonio cultural, alma y corazón de nuestras comunidades”, dijo en la ciudad de México.

Una casa inhabitable llena de recuerdos, eso dejó el sismo en Atencingo

 

Doña Luisa Arcos García tenía 34 años de habitar su casa ubicada en la calle 17 de febrero número 15, en la junta auxiliar de Atencingo, Chietla. Cuando dice en el cuarto “de los niños” se refiere a sus hijos, hombres y mujeres adultos que pasaron su infancia en aquella casa de dos pisos ubicada en la parte trasera del ingenio azucarero.

Aquí en la ciudad de Puebla, tras el terremoto de 7.1 grados del pasado martes 19 de septiembre doña Luisa y su esposo Julio Benítez se enteraron que su casa tenía aparentes daños.

Una llamada telefónica y unas imágenes enviadas por WhatsApp los alertaron sobre el estado de la construcción que fue hecha a base de esfuerzo, dedicación y trabajo: ella como enfermera del Instituto Mexicano del Seguro Social y él como profesor de una escuela vocacional del Instituto Politécnico Nacional.

Sin dudarlo, un día después del sismo y a temprana hora se desplazaron hacia Atencingo para constatar que las imágenes dejaban ver apenas lo que había significado este tremor: al abrir la puerta se percataron del estado real que paredes, escaleras y techos presentaban con peligrosas fracturas, a la par de derrumbamientos que de haber estado presentes, hubieran puesto en peligro su vida.

La acción siguiente, tras la sorpresa, la tristeza y la impotencia por ver su vivienda, fue recuperar algunas de sus propiedades: lo mismo papeles importantes que objetos personales de la familia, todo ello entre el temor causado por el bamboleo de los pisos y paredes.

El día siguiente al terremoto pasó rápido: entre cargar y resguardar algunas cosas, las más valiosas, a la par de reportar lo sucedido a las autoridades de la junta auxiliar, y ver cómo otros vecinos hacían la misma dinámica.

Bajo el caluroso sol que en diciembre se ensombrece a causa de la caída del tizne provocado por la quema del azúcar que es cosechada en esta región de la Mixteca, la familia no descansó sino hasta la noche, cuando el sueño fue difícil de conciliar.

Ahora, doña Luisa y don Jaime esperan con ansia que las autoridades den aviso de algún tipo de ayuda para recuperar su hogar. Mientras, sentados en una banca ubicada al frente de su casa, ven cómo su vivienda de años está inhabitable y a la vez llena de los recuerdos que juntos, al lado de sus hijos, fraguaron a lo largo de más de tres décadas.

 

Atlixco: el polvo levantado por los brigadistas, el camino hacia el apoyo

 

Además del destrozo, la mañana siguiente al día del temblor las calles del municipio de Atlixco amanecieron repletas de personas. Sin ser fin de semana o día de fiesta, sin que fuera el tradicional Huey Atlixcáyotl o la semana santa que saca a la calle a sus engrillados, las angostas vías rebosaban de propios y extraños. Eran jóvenes que desde la tarde anterior, a cuatro, cinco o seis horas del temblor ocurrido a las 13 horas con 14 minutos del martes 19 de septiembre, iban visiblemente sudorosos, semi organizados, con jeans de marca y gafas oscuras.

Unos seguían a otros. Los primeros a su vez seguían a uno de ellos que levantaba la mano y les daba instrucciones. “Ayer me tocó chambear con uno de la Ibero —la Universidad Iberoamericana—, un chavo de aquí y dos albañiles”, le decía un chico a otro contándole a manera de anécdota. Reunidos, con las botas sucias, se disponían a levantar el polvo y las piedras dejadas por el sismo. Ellos, curiosamente, comenzarían un ejercicio que luego se repetiría, casi de manera circular, cuando las autoridades comenzaron con el derrumbamiento de las casonas antiguas dañadas por el movimiento telúrico.

Entre las polvaredas había algo claro: el ánimo de colaborar de manera desinteresada, un ánimo que se volcaría también a la siguiente exigencia: el recaudamiento de víveres —utensilios de limpieza, alimentos enlatados, casas de campaña, colchonetas, cobijas, objetos de uso desechables, miles de frutos y comida preparada—, que serían llevados a los damnificados.

Sería precisamente ahí, en Atlixco y su junta auxiliar Metepec, donde iniciarían unas caravanas inusuales: aquellas integradas por cientos, miles de automovilistas, que se repartían y se bifurcaban en los caminos serranos de la Mixteca: Izúcar de Matamoros, Atzala, Chiautla de Tapia, Pilcaya, Piaxtla, Tehuitzingo… lo mismo que hacia las faldas del volcán Popocatépetl: Tochimilco, Huejotzingo, Huaquechula, las Cholulas y de vuelta a Puebla.

 

 

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