Parece que fue ayer: 30 años del Observatorio Astrofísico Guillermo Haro

p15bParece que fue ayer esa noche de octubre de 1986 cuando el telescopio de 2.14 metros instalado en la cima del cerro de La Mariquita en Cananea, Sonora,  detectó su primera luz. Después de varios años de trabajo de ingeniería y construcción, esa noche vimos, por primera vez, una imagen reflejada en su espejo principal, el cual había sido tallado y pulido durante seis años en el INAOE y luego enviado a Cananea en un largo viaje para ser instalado en el preciso mecanismo que le permitiría observar el cielo. Después de ver esa primera luz, bajamos a la casa sede en Cananea, contentos para disfrutar del beisbol con Fernando Valenzuela, lanzador de Sonora, el más famoso de las ligas mayores.

Fue hasta el 8 de septiembre de 1987 cuando este grandioso telescopio se inauguró oficialmente y fue puesto en operación. Hace ya 30 años y parece que fue ayer.

El telescopio fue un gran logro para México porque fue el primero que se integró con un espejo completamente tallado en el INAOE, y un sistema de control diseñado y fabricado en nuestro país. Constituye un gran orgullo para la ciencia y tecnología mexicana y para todos los que tuvimos el honor de trabajar en él.

Todo comenzó gracias a la visión del gran astrónomo mexicano Guillermo Haro Barraza, quien siempre tuvo la intención de desarrollar la ciencia mexicana y vio la oportunidad de establecer un observatorio en un lugar con un cielo oscuro y limpio. Guillermo Haro dedicó enormes esfuerzos para realizar este observatorio que hoy lleva su nombre y que ya cumple 30 años de trabajo fructífero en la investigación científica.

La construcción y ensamble de este observatorio están llenos de anécdotas, pasajes interesantes y hasta divertidos, por el esfuerzo de todos los que participamos en este gran proyecto. Y sí, parece que fue ayer cuando el doctor Haro me invitó por primera vez a Cananea, Sonora, para colaborar en el proyecto. La misma noche que llegamos a Cananea, no bien desempacando, el doctor Haro nos llevó a las afueras de la ciudad para ver el cielo lleno de estrellas, nunca antes había visto un cielo más estrellado en mi vida, y nos contó lo que se podría lograr observando con este telescopio desde ese sitio. Esa noche nació un compromiso para trabajar con él y aprender de él. Fueron varios años de constante trabajo pero la recompensa fue grande: muchas tardes platicando con el doctor Haro, escuchando sus anécdotas y aceptando sus consejos, escuchando al hombre sabio relatar las emociones de la investigación astronómica.

Los trabajos fueron arduos: desde la obra civil, la fabricación de la cúpula y la instalación de las ruedas para moverla, lograr abrir las puertas de la ventana de observación, hasta ensamblar el telescopio —“¡la cúpula no se mueve! “, “las puertas no se abren!”. Los ingenieros nos pusimos a trabajar. Con los ingenieros Carlos Palafox y José Luis García reconstruimos las ruedas, cambiamos la relación de transmisión de los motores, y la cúpula se movió, se mejoró su ajuste hasta quedar satisfechos. Asimismo las puertas se abrieron y por primera vez vimos el cielo desde el interior de la cúpula y la alegría del doctor Haro y del astrónomo Braulio Iriarte.

p15aComo no había mucho dinero el valioso espejo fue transportado desde Tonantzintla en un camión ligero manejado por Rafael Minutti, un vecino del observatorio poblano. Iriarte lo acompañó, no paraba de fumar para calmar los nervios, durante los casi tres mil kilómetros hasta Tucson, donde se aluminizó el espejo y luego de vuelta a Cananea, dos veces pasaron la frontera, papeleo, preguntas, trámites, etcétera. Una llanta se ponchó, en el camino a Braulio Iriarte casi le da un ataque, pero llegaron exitosamente con su valiosa carga.

La casa sede del observatorio en Cananea había sido propiedad del fundador de la famosa mina, William C. Greene, aventurero estadounidense, quien forjó una fortuna con el cobre. Ahí mismo comenzaron los levantamientos de la famosa huelga de Cananea, la enorme casa histórica fue pasando de mano en mano hasta que Haro la adquirió para sede del observatorio. Vivamos en esa casa, y eso era otra aventura, la gente decía que ahí espantaban y muchos ni se acercaban, mientras que otros iban felices a tomarse la foto en el porche después de su boda, y la usaban para filmar películas de época.

En sus jardines de más de una hectárea, comenzamos a abrir las cajas que contenían las partes del telescopio procedentes de Holanda. Aparecieron todas las partes, era hora de armar el enorme aparato como un gran rompecabezas.“¡Las instrucciones y los planos están en holandés!”, exclamamos con sorpresa, “bueno, no importa ya lo resolveremos”. La compañía minera de Cananea nos apoyó con grúas y personal, con su ayuda transportamos las piezas desde la casa sede hasta la cima de la montaña, a unos 40 kilómetros de distancia, subiendo más de 1,500 metros, pero el valioso espejo debía ser transportado con extremo cuidado, queríamos llevarlo nosotros mismos, teníamos una pipa para llevar agua al observatorio que transformamos en una plataforma para llevar el espejo. El doctor Haro nos decía: “¿están seguros de lo que hacen?, si pasa algo les juro que los corro”. El día que lo subimos él no estaba, le avisamos que ya estaba arriba a salvo. Todos respiramos aliviados. ¡Uff!, me parece que fue ayer.

Para armar el telescopio y alinear la óptica, llegaron más compañeros del INAOE, de Tonantzintla, entre ellos Pepe Alba, con su equipo humano que trabajaron sin cesar, pero aún así disfrutaban de los juegos del mundial de futbol de 1986. Llegó Jorge Pedraza a instalar la consola de control. Esta consola viajó antes por tierra, tuvo que llegar a la frontera de Agua Prieta y luego bajar a Cananea. Al llegar a la aduana del kilómetro 28 los oficiales la detuvieron alegando que era equipo de importación de Estados Unidos. Muy preocupado fui a la garita para explicar que ese equipo fue fabricado en México por ingenieros mexicanos para el telescopio. Los oficiales dijeron que estaba muy bien hecho para ser mexicano, entonces les solté una de las retahílas que me enseñó el doctor Haro en el sentido de que los mexicanos sabemos hacer las cosas bien, y debemos creer en nosotros mismos. Quedaron convencidos y me dejaron pasar, no sin antes prometerles una visita al observatorio. La consola llegó a su destino.

Mientras nos apurábamos a terminar las instalaciones del observatorio y a alinear la óptica, recibimos dos visitas: una desde el cielo, el cometa Halley que adornaba los cielos ese año y lo observamos desde nuestro nuevo observatorio, nos trajo emociones y hasta el nacimiento de mi hija. Y la otra visita más terrena, la del gobernador de Sonora, Rodolfo Félix Valdez. Entre sus acompañantes estaba un tal Luis Donaldo Colosio, quien pidió pasar la noche en el observatorio contemplando las estrellas y el cometa. Jamás nos imaginamos que sería el tristemente célebre candidato a la presidencia. Su visita quedó anotada en la bitácora. Luis Donaldo pasó toda la fría noche en el observatorio fascinado con el cielo nocturno, y bajó muy contento. Ahora… parece que fue ayer.

Finalmente se terminaron las instalaciones, se probó el telescopio, funcionaba muy bien, todos nos felicitamos y celebramos con la típica carne asada de Sonora y con toda la pompa vino la inauguración oficial el 8 de septiembre de 1987.

Desde entonces el observatorio astrofísico Guillermo Haro ha seguido trabajando y colaborando exitosamente en el desarrollo de la ciencia en México y el mundo. Aunque, qué creen, me parece que fue ayer.

 

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