Date:

Share:

Acerca de Minerva

spot_img
Ruy Pérez Tamayo. (1987) Acerca de Minerva. México: Fondo de Cultura Económica. La ciencia desde México/40.
Ruy Pérez Tamayo. (1987) Acerca de Minerva. México: Fondo de Cultura Económica. La ciencia desde México/40.

VIII. La verdad científica: ¿descubrimiento o invento?

 

Una opinión muy generalizada sobre el científico es que se trata de un individuo objetivo y racion al, dueño y señor de sus emociones, “frío y calculador”, disciplinado y hasta un poco asceta, que se ocupa de examinar un sector restringido de la realidad con objeto de descubrir la manera como está hecha y los mecanismos de su funcionamiento, de lo que podrá derivar leyes y teoría de aplicación más general. Este concepto del investigador científico postula, explícita o implícitamente, la existencia de un mundo exterior cuya realidad es independiente de la del hombre de ciencia que lo examina, en otras palabras, si no hubiera científicos, la realidad seguiría estando “ahí fuera”, tan repleta de hechos maravillosos y de leyes inmutables como siempre. La ciencia resulta ser una mera reproducción imperfecta pero perfectible, del mundo en que vivimos, y por lo tanto depende y se subordina en forma absoluta a su naturaleza y su estructura.

Otra opinión muy común sobre la ciencia es que se trata de una aventura del pensamiento, de un triunfo de la imaginación humana. De acuerdo con esta idea, el científico posee una gran fantasía, es una especie de poeta de la naturaleza. La investigación de estructuras y/o funciones pertenecientes a la realidad consiste primariamente en inventar los esquemas más viables y después obtener la información necesaria para decidir hasta dónde la realidad se ajusta a lo estipulado por la imaginación científica. Según este concepto de la ciencia, la realidad que conocemos es una mezcla de nuestra imaginación y lo que está ahí “afuera”, aunque esto último desempeña un papel secundario, y en muchas ocasiones irrelevante. Es como si la ciencia fuera una estructura creada por el científico en función de la realidad, pero casi independiente de ella, como son las obras de muchos artistas; por ejemplo, Guernica, de Picasso, que reproduce un episodio histórico verdadero pero cuya realización y hasta su misma existencia son ya autónomos de los hechos y de su existencia real.

Las dos opiniones anteriores sobre la ciencia no están limitadas al público no científico; con ciertas restricciones y aderezos (no muchos, pero ciertos) representan la esencia de dos posiciones sostenidas por algunos filósofos de la ciencia contemporáneos, los realistas y los popperianos, y además resumen la visión que los propios investigadores científicos que se ocupan de los aspectos teóricos de su actividad profesional (muy pocos, por cierto) tienen de ellas. Desde el punto de vista de sus conceptos sobre la naturaleza de la ciencia, es relativamente fácil clasificar a los científicos en tres grupos: los que la entienden como la sucesión de una serie de descubrimientos sobre la estructura y función de la naturaleza; y los que la viven como una experiencia creativa, no muy diferente de la creación artística. En mi experiencia (conozco personalmente muy bien a varias docenas de científicos mexicanos y extranjeros) el primer grupo contiene la inmensa mayoría de mis colegas, mientras que los otros dos grupos son minoritarios y además es fácil identificar en él a muchos híbridos, que hoy funcionan como realistas y mañana (o también hoy, pero un poco más tarde) se exhiben como popperianos. Estas líneas pretenden ser una exposición de la dicotomía teórica existente en la ciencia contemporánea. Naturalmente, se trata de una simplificación; el problema se parece mucho más al clásico laberinto del Minotauro, al rompecabezas medieval inventado por Umberto Eco, o al delicioso infinito de la biblioteca maravillosa e imposible soñada por el maestro Borges, que a un “jardín de los senderos que se bifurcan”. Para seguir con la metáfora borgiana, lo que se persigue es lograr una comprensión aceptable de la esencia de la actividad científica; el trazo ciudadano de cada uno de los conceptos, opciones y alternativas que pudieran resultar, al final, en una imagen fiel del científico, con todas sus fealdades, arrugas y lunares, pero también con sus mejores sueños, sus intuiciones más inspiradas y sus descubrimientos más importantes. No sería el ángel de Leonardo, pero tampoco el retrato de Dorian Grey. La pregunta esencial que debemos intentar responder es ¿qué proporción del conocimiento científico actual corresponde realmente a la naturaleza? En otras palabras, lo que queremos saber es si una o más de las verdades científicas de hoy son descubrimientos definitivos de lo que está “ahí afuera”, retratos fieles y completos de la realidad, o si la esencia de la verdad científicamente incluye elementos de incertidumbre, de modificación potencial, de plus ultra. Desde luego, con base en la historia de la ciencia, la respuesta a la pregunta básica enunciada arriba es, “una proporción muy pequeña”. Muy pocos de nuestros conocimientos sobre la naturaleza son definitivos y completos, pero entre los biológicos se encuentran la seguridad de la muerte de los organismos sexuados, el mecanismo molecular de la herencia, y la circulación de la sangre. Esto significa que hoy sabemos que no hay ni puede haber (dada la naturaleza y estructura del mundo en que vivimos) organismos sexuados inmortales, mecanismos no moleculares de herencia, o animales vivos con aparato circulatorio en los que la sangre no circule. De modo que sí existe un “ahí afuera”, independientemente de nuestra existencia humana sensorial, y sí podemos conocerlo de manera completa, siempre y cuando entendamos que, históricamente, el término “completo” está y siempre ha estado sujeto a limitaciones temporales, técnicas y conceptuales.

Mi conclusión frente a la dicotomía planteada en el título de esta nota es que la ciencia es las dos cosas, descubrimiento e invento de la realidad. Yo creo que el mundo externo, el de “ahí afuera”, realmente existe, pero también creo que para conocerlo de manera completa estamos obligados a seguir ciertas estrategias, dictadas no sólo por la realidad misma sino por nuestra naturaleza biológica específica como H. Sapiens; una de estas reglas es que el camino más directo entre el mundo exterior y nuestras ideas de él es a través de la fantasía y de la imaginación. En otras palabras, para conocer al mundo lo primero que debe hacer el científico es inventarlo; pero para saber si su invención es correcta (o mejor aún, para saber hasta dónde equivocada), lo siguiente que debe hacer el científico es compararla con la realidad. A la parte de esta comparación que revela semejanza entre la invención y la realidad se le conoce como descubrimiento científico.

* [email protected]

Más Articulos