–¿Qué significa este dibujo, tlacuilo? (pintor de historia)—preguntó Torquemada señalando con su dedo.
Mi colli (abuelo), que sabía que lo más acertado en ese momento era obedecer, acercó la mirada a los tlacuilolli (códices antiguos), se mantuvo en silencio por un momento con sus ojos recorriendo lentamente cada una de las imágenes que ahí estaban plasmadas, y comenzó a contar:
–Son las siete tribus nahuatlacas que llegaron de Aztlán, que eran los xochimilcas, chalcas, tepanecas, colhuas, tlalhuicas, tlaxcaltecas y mexicas.
–¿Cómo es que se escribe lo que acabáis de mencionar? – Torquemada tenía harta dificultad para com0render los nombres que dábamos, y molesto interrumpía para que lo repitiéramos.
–Pero cuando venían esos nombres –continuó mi colli con su relato–, pues los fueron adoptando de acuerdo con el lugar donde asentaban: los xochimilcas tomaron el nombre de Xochimilco; los chalcas de la ciudad d Chalco; colhuas de Colhuacan; los mexicas de México-Tenochtitlan; los tlaxcaltecas de Tlaxcala y los tlahuicas de Tlahuican; los tepanecas que fundaron la ciudad de Azcapuzalco en el ribera occidental de Texcoco tomaron el nombre de Tepan lugar por ventura en que habitaron antes de fundar aquella ciudad. Tecpanecatl quiere decir habitador de lugar en pedregal.
–¿Vos sabéis escribir? –me preguntó.
–Sí –respondí.
–Pues entonces vos tenéis que escribir estos nombres en esta otra hoja, ya que de no ser así jamás terminaremos con esto –dijo Torquemada y sacó una pluma de pájaro rojo.
Y obedeciendo las órdenes de Torquemada hube de escribir los nombres para que él los copiara en sus hojas. Fue en ese mismo momento que comprendí cuál era mi labor como descendiente de mi abuelo: escribir en la lengua castellana nuestra Tlatollotl (historia). Antes de eso creía que con saber podría enseñar a otros, pero hasta ese día no había comprendido que un día mi colli moriría, y mis hermanos y yo también. Y siendo pocos quienes sabíamos lo que decían los teaomoxtli (libros pintados), al morir, nadie más preservaría la toltecáyotl (filosofía y arte de los antiguos toltecas). Y para desgracia de nuestro altépetl (pueblo) se perdería. Solo se sabría lo que a su entender estos cristianos escribían. Como hicieron muchos tlahtoanis (el que habla, y se refería al rey de Tenochtitlan): cambiaron el tlatollotl para su beneficio, para borrar sus fracasos y para que sólo se supiera de su grandeza. Así los cristianos lo estaban haciendo: escribiendo sus victorias, diciendo que éramos indios, y que éramos adoradores del demonio.
–Seguid con vuestro relato –dijo Torquemada luego de copiar los nombres a su hoja.
–Un año tardaron de Aztlán a Huei Colhuacan, donde estuvieron tres años y donde hicieron su primer adotratorio paa el dios Huitzilopochtli, al que cargaban en un teoicpalli, que se dice en castellano asiento de dios y que era llevado a cualquier lugar donde iban, por cuatro hombres que se decían los teotlamacazque, siervos de dios. Pasaron por varios altepetl hasta llegar a Tolla. ´pasaron muchas hambres y penurias, pues nadie los quería por sus rumbos. Todos les hacían persecución y guerra.
–¿Qué quieres decir con altépetl?
–Altepetl, se dice en castellano pueblo.
–Escribidlo –ordenó Torquemada.
Cuando Torquemada dijo esto un hombre que no era fraile entró al lugar y le dijo que un mexica no quería trabajar y que eran en demasía las horas que trabajaban por día. Torquemada ordenó que se el azotara como castigo. No puede decir a mi colli lo que había escuchado por el mexica que estaba a nuestro lado. Pero pude ver en sus ojos un enojo, pues él también comprendió lo que yo había entendido: que de no obedecer también seríamos castigados.
–Y bien –dijo Torquemada cuando el hombre salió del lugar–, decidme, ¿a dónde se dirigieron?
–Aquí, al lago de Tezcoco. Pero antes de llagar se separaron por no encontrar acuerdo en qué camino tomar para llegar pronto. Atrás se quedaron los mexicas y los tlatelolcas; los otros siguieron el camino aue los trajo muchos años antes que ellos, pues cuando los tlatelolcas y mexicas llegaron ya habían pasado muchos años, tantos que ya los habían olvidado, pensando que se habían quedado en otros lugares.
–Y, ¿ya adoraban dioses –Torquemada preguntón y se persignó; pidió perdón a su dios por averiguar sobre nuestros dioses; y le dijo que lo hacía por saber más de los indios, como él nos decía, y no por falta de fe.
–No. Y tampoco hacían sacrificios humanos; sólo de animales, como aves.
–Es que acaso, ¿vos creéis que soy un imbécil? –dijo Torquemada con gesto de enojo, y se puso de pie. Sacó más papeles que tenía en libreros y leyó en voz alta –; fray Toribio de Motolinía, Bernardino de Sahagún, Gerónimo de Mendieta y Andrés de olmos aseguran que aquí se hacían sacrificios humanos. Y ahora vosotros venís a decidme que sólo sacrificaban pájaros.
Mi abuelo siguió con su hueheutlatolli que en castellano se dice plática con lo viejos: “Se hacían sacrificios humanos en los templos mexicas, mucho tiempo después.”
–¿Qué pasón entonces?
–Por aquellos años se fundaron Cohuacan, Azcapuzalco y Texcoco.
–¿Y Tenochtitlan? –preguntó Torquemada un poco más tranquilo.
–No. Los mexicas llegaron hartos años más tarde, pues de quedaron por muchos sitios, pero ninguno fue tan valioso para hacer hacienda. O en otras ocasiones les hacían guerra y tenían que buscar en otros lugares, donde de igual manera levantaban altares a Huitzilopochtli y luego debían abandonarlos dejando a los enfermos y a los ancianos. De esta manera caminaron trescientas o cuatrocientas leguas, mucho más de los necesario, por no haberse puesto un punto fijo. Así tuvieron que vagar más años, llegando a Tepeyac, a los montes de Chapoltepec y Acocolco, donde estuvieron en miseria, comiendo pescados, insectos y raíces. Su vestido, por habérseles consumido la ropa que traían, era de las hojas de una planta llamada amoxtli, de la cual hay mucha abundancia en la laguna. Sus casas eran unas miserables chozas de carrizo y espadaña. Y aunque la pobreza era mucha, la felicidad ser libres era mayor.