Lekilaltik: Un vivir muy otro

Estamos cerca de concluir e iniciar el primer katún1 después de la aparición pública del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994, y el segundo katún después del primer Congreso Indígena Fray Bartolomé de Las Casas, celebrado en los Altos de Chiapas en 1974. Con ambos acontecimientos históricos se comenzó a hablar de un otro vivir.

En 1994 se cumplían 20 años del histórico Congreso Indígena realizado por los pueblos indígenas tzeltales, tzotziles, tojolabales y choles que marcó el despertar reciente de los campesindios del sureste mexicano (a decir de Andrés Aubry, allí empezaron a renacer los herederos de Zapata). Un despertar logrado después de una larga noche que emprendió su inicio en la Conquista y colonización. En el Congreso se hicieron denuncias profundas sobre la condición en la que vivían los pueblos indígenas, enmarcadas en torno a las problemáticas de la tierra, el comercio, la salud y la educación, de las cuales emergieron diversos acuerdos que planteaban otra forma de vivir (ver Acuerdos en www.coreco.org.mx).

En el amanecer del 1 de enero, vivimos “la vuelta del katún” (como lo indicaba el historiador Antonio García de León), el renacer de un nuevo ciclo. En este “nuevo ciclo” los indígenas del sureste mexicano se levantaron en armas para decir ¡Basta! a la historia de sometimiento en la que estaban inmersos, la cual había sido tema y convocatoria del Congreso Indígena. De esta forma, revivíamos fin y principio, el tiempo cíclico, como en las líneas de un caracol. Los indígenas se encontraban viviendo en condiciones similares a las de 20 años atrás, y nuevamente “renacían” los herederos de Zapata.

El EZLN emprendió una lucha profunda por la dignidad, que fue —y sigue siendo— un referente nacional y mundial. Su primera declaración, conocida como Declaración de Guerra, manifestaba que su levantamiento era por “tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz”. Pero además en ésta se demandaba el permitir a los pueblos elegir libre y democráticamente a sus autoridades, y suspender el saqueo de las riquezas naturales de la que habían sido objeto desde la Colonia.

Así, nuevamente se planteaba otra forma de vivir. Un vivir diferente al propuesto bajo la lógica del desarrollismo, un modelo de crecimiento basado en un tipo de producción y consumo cuyo objetivo no es el bienestar de la mayoría de la población, sino la racionalidad basada en la acumulación de capital, sustentada en la explotación y despojo de la fuerza de trabajo y de la tierra que es violentada en el proceso de extracción de recursos naturales para el proceso industrial.

Muy pronto, después de la “Primera Declaración”, los neozapatistas incorporaron elementos que rescataban parte de las cosmovisiones indígenas y de la idea de mundo que pensaban y vivían. Entre ellas la de “para todos todo”, la de “mandar obedeciendo”, la de “un mundo donde quepan muchos mundos”. Algunas de estas prácticas, como la de “mandar obedeciendo” (ja ma’ ‘ay ya’tel kujtiki, mandar ‘ay kujtik, en tojolabal), ya había sido sistematizada desde los años setenta del siglo XX por Carlos Lenkersdorf, después del Congreso Indígena.

Así, el EZLN planteaba una ruptura profunda con un sistema que históricamente los marginaba y los explotaba. Pero además, algunos de los pueblos del sureste mexicano planteaban formas de vivir que implicaban verdaderas alternativas a la propuesta de “desarrollo” del mundo occidental. Entre ellas el lekil kuxlejal de los tzeltales y tzoztiles y el lekilaltik de los tojolabales, alternativas que siempre estuvieron presentes en estos pueblos, y que hoy, cerca del renacer del katún, comienzan a emerger nuevamente. Pero hoy hay que subrayarlo: estas alternativas son vistas como parte de las salidas a la crisis civilizatoria que estamos enfrentando.

La presencia del lekilaltik (lek, bueno, bien; tik, nosotros, nuestros) se explica porque estos pueblos estuvieron sometidos, primero a las fincas en donde “vivieron” como acasillados, inmersos en la etapa del “baldío” (porque el trabajo se hacía en balde, sin paga alguna), y después a una política agraria que trató, casi al extremo, de no hacerles justicia agraria, “desapareciendo” pueblos (las autoridades declaraban la “inexistencia” de los poblados), reprimiendo violentamente a los demandantes, entregando las mismas tierras a varios poblados solicitantes, entre otros. Frente a esto, decidieron organizarse y caminar en busca del lekilaltik, del “bien de nosotros”, del “bien de todos”; porque el nosotros incluye a la totalidad de los seres que habitan el mundo terrestre (tierra, mujeres, hombres, plantas, árboles, animales, ríos, mares, minerales, piedras); el inframundo (“muertos”, minerales, animales); y el espacio celestial (sol, luna), donde todo en los espaciosmundos tienen vida y corazón, formando parte de un gran cuerpo.

Si alguno de estos seres es violentado, el equilibrio y el bienestar se rompe. Por ejemplo, sin tierra, en donde se vive cotidianamente la milpa, que representa el corazón “técnico” de este otro vivir, no es posible el bien de las comunidades nosotricas (donde todo forma parte del nosotros, de una práctica recíproca). Por eso el saqueo y despojo de recursos naturales desde la Colonia, e intensificado en la época neoliberal (para abastecer las necesidades del capital que emergieron a partir de la quinta revolución tecnológica, y que hoy hace posible tener casi 6 mil millones de celulares activos), que profundiza la crisis civilizatoria, ha revivido el lekilaltik. Pero además, la emergencia del buen vivir en el mundo andino amazónico ha hecho que en México esta propuesta alternativa que cuestiona al desarrollo y a la civilización occidental tuviera eco en quienes durante años han caminado en busca de este mismo objetivo, de otro vivir, diferente al vivir de occidente, que parte de otra matriz civilizatoria y se constituye en prácticas para una estrategia revolucionaria.

Por esto el buen vivir, que está en construcción, comienza a recorrer los mundos rurales, en donde se han debatido —y debaten— resistencias (Atenco, Tepeaca, Tepoztlán, La Parota, San Juan Copala, Cherán, Wirikuta, Huexca, Temacapullin, Capulálpam, entre otros) que van aportando a la construcción del buen vivirMundo, y que pueden perfilar el fin y la llegada de un nuevo katún, que marque otro camino civilizatorio, un vivir muy otro.

Nota

1 Cada 20 años concluye e inicia un katún, que hace referencia al fin (y principio) de ciclo de los mayas. Pero este fin nuevamente es el “principio”, debido a la concepción circular del tiempo. Es decir, es fin y principio de un nuevo ciclo.

*conch[email protected]· UAMXochimilco