Pan y curro

Sin demeritar ni ignorar los múltiples méritos de la actual gestión presidencial, entre otros, los incrementos reales al salario, el aumento de la tasa de ocupación; el abatimiento de la pobreza y la menor desigualdad social;  la mayor cobertura de los programas sociales; las menores tasas de violencia; transparencia, probidad y eficiencia en el quehacer gubernamental; obras de infraestructura y recuperación de la soberanía energética y muchos más, el crecimiento de la economía es una promesa no cumplida, por lo menos en los términos en que fue ofrecida: 4 por ciento anual.

De las siete últimos gestiones presidenciales, la de peor comportamiento económico fue la de Miguel de la Madrid Hurtado (MMH): el Producto Interno Bruto (PIB) cuando concluyó fue menor que al inicio; la de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) crecerá en seis años, 6.1 por ciento, en ese sentido, fue la segunda peor posicionada. Si consideramos tasas medias de crecimiento anual a través de medias móviles trianuales, el registro de MMH fue de 0.22 por ciento y la de AMLO crecerá, si las estimaciones de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público para 2024 se cumplen, 0.85 por ciento. La tasa de crecimiento de México durante la globalización económica es menor a la observada durante el llamado milagro mexicano y apenas unas décimas de punto mayor al crecimiento poblacional. Calculada las tasas de crecimiento anual del PIB por habitante a través de medias móviles trianuales, con MMH fue de -1.98; con Felipe Calderón (FCH) de -0.07 por ciento y con AMLO, de 0.02 por ciento, en los dos primeras gestiones, el producto por persona al inicio fue mayor que al final. La tasa de crecimiento medio anual del producto por habitante a largo plazo es de 0.41 por ciento (1980-2024), muy pequeña para solventar un crecimiento digno del ingreso laboral y del empleo, por lo que urge una política pública consensada que se comprometa a que el PIB real crezca al menos dos puntos por arriba de la población y para ello se requiere más inversión pública, protección de mercados nativos, fomento industrial y autosuficiencia alimentaria y energética.

El PIB terciario (comercio y servicios) fue el de mayor dinamismo en este siglo, una décima abajo, el primario; en cambio, el PIB industrial tuvo un crecimiento menor al de la población. La globalización anuló las estrategias nativas de industrialización, privilegiándose la importación de bienes manufacturados con la subsecuente pérdida de empleos de empleo y mayor déficit comercial. La integración actual al mercado norteamericano es en un contexto de proteccionismo industrial y de crecimiento moderado en esta actividad, lo que disminuirá el crecimiento económico que el nearshoring pudiera ocasionar; el gobierno de México debe aumentar la inversión para lograr mejores tasas de crecimiento y de empleo.

La SHyCP estima que por un aumento de un punto porcentual del PIB se adiciona a la recaudación fiscal 53 mil millones de pesos (Pre-Criterios Generales de Política económica 2025), además de que el crecimiento crea puestos de trabajo, aumenta la masa salarial y el consumo privado. El gasto programable del año entrante será tres puntos del PIB menor al estimado para este año, ello significa que la inversión pública decaerá así como el gasto corriente, ya que el objetivo es disminuir el déficit presupuestal de 5.0 puntos del PIB actual a 2.5; el pago del servicio de la deuda, las participaciones y Adefas permanecen inalteradas. La creciente inversión pública se puede fondear con los ahorros de los trabajadores, a quienes se les puede otorgar dividendos mayores a los que reciben de las Afores; por compra de bonos de la tesorería por parte del Banco de México; por gravámenes al capital financiero y por la ampliación de la base tributaria. Contener el gasto en 24 puntos del PIB es suicida para garantizar el usufructo de los derechos consignados en el artículo 4 Constitucional.

 

Alimentos

 

Durante esta gestión ha llovido sobre mojado: desaceleración de la actividad económica en otoño de 2018, decrecimiento del PIB en 2019, pandemia en el 2020, y desde el invierno de 2020 hay una Niña, a veces Niño, que genera alteración del régimen de lluvias, crisis climática y agrícola. Durante 19 meses en la gestión de AMLO (otoño 2020, invierno 2020, primavera 2021, primavera 2022, invierno 2022, verano-otoño-invierno de 2023 y primavera 2024), más de la mitad de la superficie censal de México ha experimentado sequía y desde hace 19 meses más de la mitad de los municipios presentan algún grado de sequía, lo que alteró la producción agrícola de 2021, 2022 y probablemente la de 2023-2024, de las cuales aún no se libera la información.

La superficie agrícola disponible es de 30 millones de hectáreas (15 por ciento del territorio nacional), de la cual hay que deducir 4 millones donde no hay unidades económicas que las trabajen y otros 4 millones que están en descanso o no se cultivan por falta de dinero, enfermedad o mal tiempo, nos restan 22 millones de ha, lo que significa que disponemos de una hectárea para alimentar a seis personas. Atendiendo al tiempo que duran los cultivos, dos centenas de productos son de ciclo corto, se siembran mayoritariamente en primavera (52 por ciento de la superficie), otros en otoño-invierno (18 por ciento); otros cultivos tienen ciclos de vida mayor a un año, se les denomina perennes, éstos se siembran en 30 por ciento de la superficie. La mayor parte de los alimentos agrícolas se siembran en tierras de temporal (73 por ciento de la superficie agrícola), donde los cultivos requieren que llueva antes de la siembra y durante su gestación; si no llueve cuando el cultivo lo requiere, hay mermas en la superficie cosechada y/o menores rendimientos por unidad de superficie y en la producción; el cambio estacional de las lluvias y/o su escasez  merman la disponibilidad de agua en presas y mantos freáticos, lo que merma la superficie sembrada con acceso al riego (27 por ciento) y los rendimientos, la escasez hídrica también genera una mayor evotranspiración.

Nuestra alimentación ha cambiado con la estandarización del consumo occidental, la ingesta de nutrientes de origen animal ha desplazado a los de origen vegetal: en proteínas, las de origen vegetal representaron 70.4 del consumo en 1961, seis decenios más tarde, era 45.5 por ciento, las de origen animal fueron 24.1 por ciento y 46.4 por ciento, respectivamente; en energía, los de origen vegetal pasaron de 79.9 a 66.2 por ciento en el periodo referido y las de origen animal  de 11 por ciento a 20 por ciento; en grasas, las de origen vegetal pasaron de 54 a 45 por ciento y las de origen animal de 37.2 a 47.7 por ciento entre 1961 y 2019. Este desplazamiento se ha dado con aumentos absolutos en el consumo per cápita de nutrientes: en términos porcentuales, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO), entre 1961 y 2019 nuestro consumo por persona de proteínas aumentó 48 por ciento; el de energía, 38 por ciento y el de grasas, 93 por ciento. Las exigencias concomitantes a este tipo de consumo son mayor suministro interno (ya sea por incrementos de la producción agropecuaria local y/o mayor importación) y mayores tasas de prevalencia de obesidad (36 por ciento en 2018-2019) en adultos mayores a 19 años y por asociación, crecimientos de las tasas de prevalencia de diabetes (10.3 por ciento en adultos de 20 años y más) e hipertensión (18.4 por ciento), según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2018 del Inegi.

No solo aumenta la población y el consumo por persona de los alimentos (nutritivos o no), sino que hay usos alternos al consumo humano directo: una ingesta acrecentada de proteínas, energía y grasas de origen animal demanda un incremento de la producción de aves, porcinos, vacunos, ovinos, caprinos y demás fauna animal y lograrlo expeditamente y con bajo costo, es usando los subsidiados cereales para alimento animal. En maíz es nuestro principal alimento, nos proporciona casi 30 por ciento de las proteínas, 32 por ciento de las kilocalorías consumidas y 11 por ciento de las grasas. El uso del maíz ha cambiado, ha disminuido el consumo humano directo y aumentado el consumo para alimentar al ganado (pienso): en 1961, 76 por ciento del suministro interno fue para alimentos y 10 por ciento para pienso; en 2019, 36 por ciento se destinó a la alimentación y 46 por ciento a pienso.

Cada año consumimos 120 kilos de maíz blanco por persona y producimos 177 kilos de maíz blanco y 204 kg de todos los maíces (amarillo, blanco, azul, pozolero, otros colores), somos autosuficientes en alimentación, pero nuestros requerimientos totales de maíz son de 324 kg por persona, ya que hay que satisfacer lo demandado para elaborar aceites, harinas, cereales y  pienso; para lograrlo, importamos y tenemos déficit en balanza comercial y una creciente dependencia alimentaria.

La mitad de la superficie de cultivos cíclicos se destina a la siembra del maíz —el  blanco acapara 92 por ciento de la superficie sembrada con maíces y aporta 87 por ciento de todo el maíz—, agregados los otros tres granos básicos de nuestra dieta (frijol, trigo y arroz), la superficie sembrada con granos básicos concentra dos terceras partes de la superficie de cíclicos, y si incluimos a otros seis productos agrícolas importantes (soya, ajonjolí, algodón hueso, cártamo, sorgo grano y cebada grano), la superficie sembrada con esta decena de productos cubre 82 por ciento de la superficie sembrada con cultivos cíclicos.

El promedio anual de la  superficie sembrada con cultivos cíclicos durante la gestión de AMLO (2019-2022) es menor en 1.1 millones de ha respecto al promedio anual de la gestión de EPN y probablemente sea mayor cuando concluya la actual administración por la prolongada presencia de Niña-Niño y la  pronosticada Niña para el invierno de 2024; entre los cultivos que más tierras dejaron de sembrar con AMLO se ubican el maíz con -320 mil ha, el sorgo con -237 mil ha, el frijol con -140 mil ha, el trigo con -115 mil ha y la soya, con -71 mil ha.

En los cultivos perennes no hay tanta variabilidad por sequías, heladas, granizadas, ondas de calor y ciclones, por lo menos no en la superficie sembrada ni en la cosechada, pero sí en la producción. El promedio anual de la superficie sembrada con cultivos perennes durante la gestión de AMLO fue superior en 310 mil ha al promedio anual de la gestión de EPN. Los cultivos que más subieron fueron pastos y praderas, nuez, palma africana, limón, agave, aguacate, mango, espárrago y naranja, mismos que han estado al alza desde la entrada en vigor del Tratado Comercial con Estados Unidos y Canadá en 1994.

No obstante que la superficie sembrada y cosechada durante la gestión de AMLO es menor a la de EPN, la producción agrícola aumentó ligeramente debido a un mayor rendimiento, y el valor de la producción a precios constantes también fue superior en la gestión de AMLO debido a que el precio medio rural de los productos agrícolas también subió a precios constantes. Considerando los 10 productos agrícolas más importantes, el promedio anual de las medias móviles trianuales de la gestión de AMLO (2019-2022) fueron superiores a la gestión de EPN (2013-2018), en producción, rendimientos, precio medio rural constante y el valor de la producción a precios constantes; fueron menores en superficie sembrada y cosechada y producción per cápita. De los diez principales productos, en cuatro de ellos (maíz, arroz, algodón hueso y cebada) en la gestión de AMLO aumentó la producción por persona y en seis (frijol, trigo, soya, ajonjolí, cártamo y sorgo grano) bajó, fue menor al promedio anual de la media móvil trianual de la gestión de EPN. El valor agregado de las actividades agrícolas, ganaderas, silvícolas, caza y pesca durante la gestión de AMLO creció a una tasa media anual de 0.97 por ciento en tanto que ese registro con EPN fue de 4.2 por ciento. El crecimiento de la producción de la actual administración, siendo positivo, es pequeño para satisfacer la demanda interna, entre ellas, la de alimentación.

El déficit de productos de origen agrícola se compensó importando más producto adquirido a precios al alza, elevando el ya secular saldo negativo de la balanza comercial de granos básicos; desde que entró en vigor el Tratado Comercial en 1994, el saldo de la balanza comercial de granos básicos ha sido de -88 mil 544 millones de dólares, 64 por ciento de ese saldo corresponde al maíz y 24 por ciento, al trigo. Por gestiones, 23 por ciento del saldo negativo de granos básicos corresponde a FCH, 24 por ciento, a EPN y 36 por ciento a AMLO. Urge un programa que promueve la producción y el acceso a granos de la calidad y variedad demandados y se fomente tanto su producción nativa como un red de comercialización que abarate los costos de acopio, transporte y almacenamiento; no solo requerimos más y mejores alimentos, sino también que las prácticas culturales utilizadas en sus cultivos sean generosas con el medio ambiente y dignifiquen la calidad de vida de los productos agropecuarios. La mono producción agrícola mecanizada de alto rendimiento consume más de dos terceras partes del agua dulce, utilizar los alimentos para abaratar el pienso no garantiza la sustentabilidad de la agricultura, otros consumos habría que promover: menos proteínas de origen animal y más de origen vegetal.

Hace 19 meses que más de la mitad de los municipios de México presentan algún grado de sequía, lo que afectará la producción agrícola de 2023 y 2024, en particular la de usos intensivo de agua y agroquímicos. La milpa, el policultivo, la agroecología, la rotación de cultivos son labores conocidas y practicadas por los pueblos originarios que se podrán seguir fomentando para ser autosuficiente en alimentos y preservar los equilibrios de los ecosistemas. Ya están en ejecución programas que apoyan la producción de pequeños y medianos productores, se distribuye fertilizante gratuito, hay precios de garantía, se apoya la captura de CO2, esa política permitió que la producción agrícola no haya colapsado con las sequías, pero no son garante de ser autosuficientes, es necesario ampliar su cobertura y revisar el monto de los recursos aplicados.  En las entidades de Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Tabasco y Veracruz se ubican los mayores beneficiados del programa Sembrando Vida y se cubre más de la mitad de sus respectivos municipios con dichos programas, ahí, la superficie sembrada y cosechada de maíz y su producción aumentaron durante la vigencia de dicho programa; su inexistencia habría magnificado la gravedad del abasto local de alimentos.

 

 

 

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