Los sistemas diagnósticos en salud mental, durante las últimas décadas, han cumplido una función de organización fundamental: nombrar patrones, orientar intervenciones y facilitar lenguajes comunes entre profesionales del área. No vamos a negar la utilidad que el sistema médico ha tenido; sin embargo, estos mismos sistemas también han sido aplicados de forma rígida y descontextualizada, abonando a la patologización de conductas aprendidas y reforzadas por ambientes invalidantes y reduciéndolas a listas de criterios individuales, perdiendo así el foco en los procesos sociopolíticos y culturales que dan origen y perpetúan el sufrimiento.
Desde una perspectiva transdiagnóstica no se niegan los diagnósticos, sino que se aboga por la comprensión funcional y contextual de las conductas específicas que generan malestar y limitan la vida cotidiana. Este enfoque resulta especialmente útil para analizar las trayectorias de muchas mujeres adultas diagnosticadas con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) que posteriormente descubren que también se encuentran dentro del espectro autista, muchas veces sin acompañamiento clínico suficiente.
Lejos de tratarse de un fenómeno anecdótico, esta convergencia invita a revisar críticamente cómo se construyen los diagnósticos, qué conductas se privilegian en su identificación y qué aspectos del contexto quedan invisibilizados. Desde la Terapia Dialéctica Conductual (DBT), Marsha Linehan conceptualiza el TLP no como un defecto estructural de la personalidad, sino como la expresión observable de una desregulación emocional desarrollada en interacción con ambientes crónicamente invalidantes (Linehan, 1993). La teoría biosocial plantea que la Desregulación Emocional surge de la interacción entre vulnerabilidades biológicas —predisposiciones neuronales, diferencias sensoriales u hormonales— y entornos que castigan, minimizan o niegan la experiencia interna de la persona.
Esta formulación es transdiagnóstica porque no se enfoca únicamente en listados de síntomas, sino en las conductas problema específicas, el entorno que las sostiene y los procesos de regulación implicados. Paralelamente, la comprensión actual del autismo reconoce que muchas personas dentro del espectro presentan divergencias sensoriales, cognitivas y emocionales que incrementan su vulnerabilidad en contextos sociales rígidos o poco sensibles a la diferencia (American Psychiatric Association, 2022; Pellicano et al., 2018). En mujeres, estas divergencias suelen quedar ocultas por procesos de camuflaje social aprendidos tempranamente, los cuales permiten la adaptación externa a costa de un alto desgaste interno.
La combinación de hipersensibilidad sensorial, esfuerzo constante de adaptación y ausencia de apoyos adecuados configura un terreno fértil para el desarrollo de patrones de desregulación emocional. Desde la perspectiva transdiagnóstica no se trata de que sea autismo o TLP, ni de asumir que las desregulaciones emocionales (DRE) desaparecen al identificar el neurotipo, sino de preguntarnos cómo se organizan los patrones sensoriales, emocionales y relacionales a lo largo del tiempo, así como la función que cumplen en la vida de cada persona. En este enfoque conductual, la morfología de la conducta puede variar, pero la función que cumple es el verdadero centro de la intervención clínica.
Por ello, el diagnóstico de autismo no elimina automáticamente los patrones de desregulación emocional, del mismo modo que el diagnóstico de TLP no explica por sí solo la presencia de divergencias sensoriales o cognitivas. Comprender que ambas dimensiones convergen implica reconocer la interacción entre nuestras vulnerabilidades biológicas y los ambientes invalidantes, núcleo explicativo de la teoría biosocial.
Uno de los puntos de convergencia más relevantes entre el TLP y el autismo se encuentra en la sensibilidad aumentada al entorno. En ambos casos, los sistemas nerviosos tienden a registrar con mayor intensidad los estímulos emocionales, sensoriales y relacionales. Cuando esta sensibilidad se desarrolla en contextos donde las necesidades no son reconocidas y la diferencia es castigada, el malestar se incrementa y las conductas de regulación se intensifican. Desde la teoría biosocial comprendemos que estas conductas pueden entenderse como soluciones aprendidas en entornos que no ofrecieron herramientas alternativas.
Las conductas tradicionalmente asociadas al TLP —intensidad emocional, miedo al abandono, impulsividad, conductas autolesivas o intentos desesperados de mantener vínculos— pueden comprenderse como estrategias desarrolladas para regular estados internos insoportables en ausencia de recursos más efectivos. En mujeres autistas no reconocidas, estas estrategias suelen emerger tras años de invalidación sensorial y emocional, negligencia en el reconocimiento de necesidades básicas y exigencias constantes de adaptación social.
Desde la lectura transdiagnóstica no afirmamos que el autismo explique o reemplace el TLP ni las DRE, ya que hacerlo sería reduccionista. Reconocer el neurotipo permite comprender mejor por qué ciertas estrategias de regulación se desarrollaron y por qué determinadas intervenciones resultan insuficientes cuando no consideran las divergencias sensoriales y neuronales. En DBT, el tratamiento de la desregulación emocional se centra en habilidades específicas como regulación emocional, tolerancia al malestar, efectividad interpersonal y mindfulness (Linehan, 2015). Sin embargo, en personas autistas la aplicación de estas habilidades requiere adaptaciones sensibles al perfil sensorial, identificadas mediante análisis funcionales o análisis en cadena.
Intervenir sobre conductas asociadas al TLP sin considerar la sobrecarga sensorial, la fatiga social o las dificultades en el procesamiento interoceptivo puede incrementar la invalidación y reforzar el malestar que se busca reducir. Una intervención transdiagnóstica no sólo se pregunta qué habilidades enseñar, sino bajo qué condiciones específicas pueden sostenerse fuera del espacio terapéutico. Esto implica regular también el entorno: ajustar demandas, reconocer alcances sensoriales, validar formas distintas de experimentar emociones y vincularnos desde posturas más contextualizadas.
En términos éticos, esta propuesta invita a cuestionar prácticas clínicas que, al centrarse únicamente en manuales diagnósticos, dejan de lado las divergencias neurobiológicas y los ambientes que producen y mantienen las conductas problema. Cuando las intervenciones se conducen desde el punitivismo y la culpa, suelen resultar ineficaces para cualquiera de los diagnósticos implicados.
En conclusión, los diagnósticos importan porque funcionan como herramientas que otorgan validación social y comprensión. La mirada transdiagnóstica, articulada desde la teoría biosocial, permite reconocer que autismo, TLP y desregulación emocional comparten vulnerabilidades que se intensifican por ambientes invalidantes. Desde ahí es posible cultivar una práctica clínica más contextual, compasiva y efectiva que acompañe a las personas en el desarrollo de estrategias de regulación que consideren sus divergencias sensoriales y neuronales sin reducirlas a etiquetas rígidas.
Referencias
American Psychiatric Association. (2022). DSM-5-TR: Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.).
Linehan, M. M. (1993). Cognitive-behavioral treatment of borderline personality disorder. Guilford Press.
Linehan, M. M. (2015). DBT skills training manual (2nd ed.). Guilford Press.
Pellicano, E., den Houting, J., & Adams, D. (2018). A future made together: New directions in the ethics of autism research. Autism, 22(2), 82–85. https://doi.org/10.1177/1362361318786721