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Regular la importación de maíz

Desde 1995 el abasto nacional de maíz se ha sustentado en la importación: la tasa de crecimiento anual de la producción apenas llegó a 1 por ciento, en tanto que la tasa de crecimiento anual de las importaciones fue de 7.7 por ciento. No ha habido una política agropecuaria soberana para autoabastecernos de maíz y año tras año tenemos un saldo negativo cada vez mayor, tanto por incrementos del volumen y a veces, también por el alza del precio internacional. Durante la gestión de Felipe Calderón el promedio anual importado de maíz fue de 8.6 millones de toneladas (mt); con Enrique Peña Nieto fue de 12 mt y con Andrés Manuel López Obrador de 18.1 mt; ahora, en los meses de enero y febrero se importaron 3.95 mt de maíz, con lo cual la importación anual de este año podría ser de 20 mt, o de 4 mil 500 millones de dólares.

Es inobjetable que el maíz es nuestro cereal, dependemos de él para una ingesta saludable y placentera, somos lugar de origen y domesticación y es gracias a nuestros ancestros que el teocintle se volvió maíz; hay semillas, saberes, milperos y tierras de labranza para hacer posibles volúmenes de producción acorde a nuestras necesidades alimentarias, faltan estrategias y políticas para salvaguardar soberanía y autoabastecernos de este grano. Nuestras importaciones proceden del vecino del norte y una decena de empresas transnacionales controlan la producción y distribución del grano, y para ellas no hay política soberana que pueda limitar la realización de sus ganancias.

Estamos en el periodo de renegociación del tratado comercial con los Estados Unidos y es prudente revisar las condiciones de comercialización, ya sean las importaciones a través de un sistema de cuotas o aplicar un arancel a las importaciones fuera de cuota o excluirlo del tratado en un periodo no mayor a un decenio. Colateralmente habría que diseñar una política para apoyar a los productores nacionales de maíz que sea sustentable con el ambiente, que no genere inflación y cuya producción sea inocua; también será necesario promover cambios en el consumo de proteínas de origen animal y en el pienso que consumen, ya que, de seguir usando los cereales para alimentar al ganado, no habrá producción de maíz que garantice el consumo humano y el consumo animal. Nuestra dependencia actual de soya es de 96 por ciento; la de arroz, de 88 por ciento; la de trigo, de 80 por ciento, y la de maíz, del 50 por ciento; el pequeño detalle es que el maíz es básico en nuestra dieta y una dependencia     mayor a 25 por ciento nos hace muy vulnerables de las empresas trasnacionales que lo comercializan y de sus gobiernos.

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