Ley de voluntad anticipada

Foto: Abraham Paredes

Philippe Ariès (1914-1984) fue un historiador francés que publicó en 1949 un libro que tiene por título Attitudes devant la vie et devant la mort du XVIIe au XIXe siècle, quelques aspects de leurs variations (Actitudes frente a la vida y frente a la muerte del siglo XVII al XIX, algunos aspectos de sus variaciones), y aunque me fue literalmente imposible conseguirlo, resulta particularmente interesante la gran cantidad de veces en la que este autor es citado con respecto al escabroso tema de la muerte; y la innumerable cantidad de información que se puede encontrar, solamente tecleando su nombre en cualquier “buscador” de internet.

Desgraciadamente la mayor cantidad está en francés, pero existe una buena cantidad de ensayos en español que vale la pena revisar, en esta época marcada por la incertidumbre de cómo enfrentar este paso, hasta ahora, infranqueable de la vida.

Todos sabemos que vamos a fallecer, y aunque no sabemos cuándo, en un sentido literal podemos clasificarnos como enfermos desahuciados. Sin embargo, la historia de la humanidad ha tenido una variedad de actitudes que son difíciles de calificar en función del conocimiento social y antropológico del fenómeno.

Al principio de la época medieval, morirse no era un proceso particularmente aterrador. De hecho se consideraba algo común, inevitable, universal y normal. Philippe Ariès denomina a este concepto “la muerte sumisa”, y la define como un sentimiento ubicado entre la resignación pasiva y la convicción mística de aspirar llegar al cielo o al paraíso. Se esperaba la muerte boca arriba viendo hacia el cielo, en una especie de ceremonia que si bien tenía tristeza de por medio era una variedad de reconciliación con el mundo, los seres queridos, la familia y hasta los enemigos, con quienes se trataba de resolver cualquier aspecto que extendiera por tiempos indefinidos, querellas en las que los descendientes no debían tener ninguna injerencia, evitando en la medida de lo posible, venganzas o desentendidos. Entonces debe comprenderse que un fallecimiento tenía como protagonista principal al enfermo moribundo, en una ceremonia donde sobresalían la sencillez y la naturalidad.

Ya en plena Edad Media fueron dándose una serie de transformaciones en las que se agregaban a los personajes (el moribundo y acompañantes) los ángeles, santos y demonios que en una lucha trataban de llevarse el alma o espíritu del falleciente. Un arrepentimiento sincero ante la iglesia condicionaría el morir bien e ir al cielo; pero si contrariamente la egolatría, soberbia el orgullo y la desesperación lo dominaban, irremediablemente sería conducido al infierno. Aquí la iglesia juega un papel determinante como un juzgador que, a través de la figura sacerdotal, podrá intervenir en la vida eterna celestial, o la violenta y sempiterna estancia infernal. Philippe Ariès denomina este cambio de actitud como la mort de soi o la muerte de uno, ya que lo comunitario deja de ser el aspecto sustancial de la ceremonia, para centrarse en lo que el individuo había hecho con su vida y en el marco, benéfico y perverso, de su biografía.

Esto continúa más o menos sin variantes hasta el siglo XVIII, cuando en la denominación de Ariès como la mort de toi o la muerte tuya, todo adquiere un tinte extremadamente dramático, trascendente, apasionado y hasta patético. Continúa la ceremonia, pero desaparecen los enemigos, amigos y llegan las emociones desbordadas de pasión, llanto, expresión de dolor, rasgado de vestiduras y hasta pérdida de la conciencia. La separación se convierte en un fenómeno insuperable desde el punto de vista emocional. Estas manifestaciones adquieren un tono exagerado incluso frente al moribundo. Surgen los vestidos de luto ostentosamente ataviados, los velos negros que cubren esos rostros de los deudos durante semanas, meses o incluso años, y los prolongados rezos que impondrán al dolor como la máxima muestra de incapacidad para poder superar una pérdida biológica. Ya no se le teme a la muerte propia, sino a la del otro.

Entonces llegamos al momento actual. Una amalgama tremenda de sentimientos encontrados esconde o busca ocultar al enfermo en fase terminal la realidad que enfrenta.

Si en el pasado el destino de la muerte tenía como pronóstico una asunción espiritual que planteaba como meta la vida eterna en paraísos que podían incluso calificarse como grandiosos, ahora es un tema prohibido y a veces vergonzoso. Si yo expreso que quisiera morir pronto, de inmediato surge el comentario inflexible e intolerante de que no se debe pensar así. Además, representa un acto de extrema crueldad que se hable con la verdad, ante la inminencia de la muerte, directamente a la cara de un paciente moribundo pero consciente. Sin embargo, hay algo que considero peor y que se circunscribe al ocultamiento de la verdad a los familiares, amigos y conocidos, para culminar con la noticia una vez que aconteció el último respiro y toda la parafernalia de aspectos religiosos con velorios prolongados, expresiones de falso dolo y cuchicheos que en una mínima parte se refieren al finado y que se orientan a temas tan triviales como el destino de la selección nacional de futbol. Y para terminar de complicar este tenebroso asunto, ya no se fallece en la casa, sino en un hospital, alejado de la familia y los miembros comunes más allegados. Salas de terapia intensiva invaden la anatomía en procedimientos extremadamente dolorosos, y lejos de buscar prolongar la vida, lo que se dilata es la agonía.

Esta situación ha tomado tintes tan inhumanos que ya se ha planteado legislar el denominado “Testamento vital”, también conocido como Ley de voluntad anticipada. La Declaración de Derechos Humanos, que fue proclamada en 1948 por la Organización de las Naciones Unidas, en el artículo tercero señala que todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona; y en el artículo quinto estipula que: “Nadie será sometido a torturas ni a penas ni tratos crueles, inhumanos ni degradantes”. La decisión de cómo se espera morir debe recaer en cada uno de nosotros, y es por eso que en el estado de Puebla ya se creó una iniciativa de ley propuesta en el año 2008, y que vale la pena revisar en la siguiente dirección electrónica: (http://congresopuebla.gob.mx/index.php?option=com_docman&task=cat_view&gid=5&limit=10&order=name&dir=DESC&Itemid=8&limitstart=80), aunque con solamente teclear “iniciativa de ley de voluntad anticipada Puebla” se puede hallar muy fácilmente.

Pensar en la muerte no es tan malo, y de hecho debemos hacerlo. Como sea y de la misma forma en la que siempre lo he expresado, yo no le temo a la muerte. A lo que verdaderamente le tengo pánico es a… dejar de vivir.

*jgar.med@gmail.com