No enseñes robótica a los niños

Actualmente está de moda en las escuelas y con los padres de familia que los niños tomen cursos de robótica. Se les enseña cómo se construye un robot, las partes del mismo e inclusive se resalta la importancia de las ciencias en esta disciplina. No en vano se dice que el lenguaje de los robots son las matemáticas, y que sin física no se pueden calcular sus movimientos, y así se va entendiendo cómo esta disciplina es multidisciplinar. Pero lo que no he visto en ninguno de estos talleres es una reflexión acerca de las relaciones de los humanos con los robots y los futuros posibles a partir de la forma en cómo actuemos con ellos.

p-08cEn la película de Olivier Peyon, Comment j’ai détesté les maths (Cómo odiaba las matemáticas, 2014), se describe cómo los matemáticos empezaron a descomponer en pasos más simples los procesos complicados de las matemáticas, tan simples que hasta una máquina pudiera hacerlos. Y esa fue la idea germinal de la computadora, el cerebro de los robots.

Más adelante en el filme, Rocco Servedio, de la Universidad de Columbia, pregunta: “¿Crees que somos la última generación de matemáticos?”  y menciona cómo Watson, un programa de inteligencia artificial desarrollado por IBM, ha leído todos los libros de la biblioteca, y es capaz de responder preguntas de todo tipo. Rocco imagina que tal vez en un futuro nada lejano las computadoras puedan demostrar teoremas, dejando a los matemáticos poco trabajo, tal vez siendo el último trabajo hecho por los humanos.

El temor a que las máquinas hagan mejor el trabajo del hombre o que inclusive lo reemplacen definitivamente ha sido bautizado por Isaac Asimov como “Síndrome de Frankenstein Industrializado”. Esto significa que la creación científica se vuelve contra su creador, como es el caso de la novela de Mary Shelley. Asimov todavía pudo ver la película en 2001, donde este elemento es fundamental en la trama y que este 2015 se reestrena.

Otra serie de películas que está presente en la memoria de esta generación es la de Terminator, donde la inteligencia artificial se vuelve contra los humanos y les declara la guerra. Y no olvidemos The Matrix, donde además somos convertidos en energía para las máquinas. Ambas son ejemplos extremos del temor de Rocco en cuanto a lo que pronto podría pasar, dado el avance de la inteligencia artificial y su expresión física, o más bien de hardware, los robots.

Y digo ejemplos extremos porque un maestro de la ciencia ficción, y de Asimov, Jack Williamson, trabaja esta idea de modo un poco menos violenta en su obra Los Humanoides. En estas historias algún sabio decide que la humanidad no tiene por qué sufrir, así que pasa años inventando una tecnología que permite hacer robots perfectos. Robots capaces de detectar las necesidades de los humanos y que tienen como único medio el bienestar y seguridad de las personas.

p-08aEsto les gustaría a las señoras que en las pláticas sobre robótica preguntan si les podemos hacer un robot que haga las tareas del hogar. En esta obra existen esos robots y se adelantan a tus deseos, y cuidan de que no te hagas ni un rasguño.

Como dicen por ahí: “Ten cuidado con lo que pides porque se te puede cumplir”.

Así que la humanidad empieza a tener estos seres a su lado y creen que están muy bien porque los trabajos pesados los hacen los robots. Pero poco a poco empiezan a darse cuenta de que en realidad ya no pueden hacer ninguna cosa interesante. No pueden tener algún hobby que implique usar herramientas porque podrían lastimarse. Tampoco pueden hacer deportes porque podrían sufrir una lesión. Los niños solo pueden jugar con muñecos especiales porque la pelota o la cuerda son peligros potenciales. Así entonces, los humanos empiezan a sentirse como en una celda acolchonada, y no falta el que quiera suicidarse sin conseguirlo.

En la vida real se ha hecho un estudio que ha resultado interesante. Se va presentando a las personas un robot y se va midiendo su reacción hacia el objeto. Se ha descubierto que mientras más realista sea la cara, mientras más natural y “humano” sea el robot, más rechazo sufre. Al principio la curva sube, a la gente le gustan los robots, pero en el momento en que se parecen demasiado a nosotros la curva desciende abruptamente. Después de este parecido la cara del robot se empieza a exagerar y la persona deja de rechazarlo. A esa parte donde la curva desciende se le llama valle inexplicable. Algunas teorías apuntan a que este rechazo es una respuesta natural por el miedo a ser desplazado.

Conclusión lógica: no hagas robots porque pueden desplazarnos. ¡No enseñes robótica a los niños! Pero esto es darse por vencido antes de la batalla.

La compañera de Rocco, Tal Malkin, al oír sobre su idea de que los robots nos desplazarán, le menciona que las máquinas carecen de características humanas: curiosidad, necesidad de resolver problemas, creatividad. “Siempre habrá quien resuelva un problema por el simple hecho de saber el resultado, por curiosidad”.  Estoy con ella. Creo que evitar pasar por un río no evita que éste se desborde, por lo que la mejor manera de protegernos es estudiándolo y comprendiendo sus mecanismos.

Lo mismo pasa con los robots. En todo el mundo se están construyendo más y más robots, y cada vez más sofisticados. Pronto  tendremos robots que convivan en nuestras casas y nos acompañen a todos lados. Pero dependerá de nosotros que su inteligencia artificial comprenda que somos especies que pueden convivir, y dependerá de nosotros también valorar a esta nueva especie como compañeros y no solo como esclavos.

En la película The Mighty (Peter Chelson,1998), dos niños, ambos con problemas para adaptarse a la sociedad, logran sobreponerse al unir sus capacidades. Habilidad mental de uno, potencia física del otro, logran complementarse y convertirse en un ser poderoso que puede luchar y vencer los obstáculos que les impone la sociedad y la vida. Así creo que debemos hacer nosotros con los robots. Debemos conocerlos y convivir con ellos para compartir habilidades y lograr un mejor mundo para ambos.

Y para conocerlos debemos entender lo que tienen dentro. Saber que tienen mecanismos que los hacen moverse, como nosotros, que tenemos músculos. Que tienen sensores que les permiten captar al mundo, y nosotros lo hacemos con nuestros sentidos. Que tienen una fuente de poder que les da energía al igual que nosotros cuando comemos sano. Y que, como nosotros, tienen un cerebro donde guardan recuerdos, y rutinas y donde está esa inteligencia artificial que pronto nos reconocerá como amigos de juegos. Y debemos ser buenos compañeros de juegos porque pronto ellos serán más rápidos y fuertes. Pero nos necesitarán todavía para soñar, para inventar historias, para pintar cuadros, para llorar tragedias.

Nuestros niños deben estar preparados para tratar con estos nuevos jugadores y ser sus aliados, no sus enemigos.

Hay un ejemplo de esta búsqueda en Astroboy mi robot favorito. En el anime de 2003 se puede ver su lucha para que los humanos y los robots coexistan pacíficamente y logren construir una sociedad que sea adecuada para ambas inteligencias.

Es bueno enseñar robotica a los niños. Pero no solo la parte técnica, sino, como en todas las disciplinas, los valores, que harán de nuestros futuros ingenieros seres pensantes que pueden trabajar al lado de una inteligencia artificial sin temerle ni abusar de ella.

d.mocenca@gmail.com