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La Novena: Marcela Serrano*

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*Serrano, M. (1976). La novena. España: Alfaguara
*Serrano, M. (1976). La novena. España: Alfaguara

El perro. El puto perro. Si no fuera porque decidió cruzar la calle justo cuando venían los pacos con las bombas lacrimógenas y las mangueras con sus feroces chorros de agua, si el muy huevón hubiera elegido otro minuto, un instante previo, una hora antes, si no se hubiese dejado arrastrar por la sorpresa, el miedo y el desconcierto de las piedras que caían sobre su pobre lomo, no hubiera sentido el impulso de cruzar la Alameda en ese preciso momento, el mismo exacto en que corría yo, desesperado, con una manga de pacos persiguiéndome y yo rogándole a mis piernas, que mantuviesen su fuerza, que tomaran más velocidad, y cuando mis putas piernas deciden hacerme caso, me tropiezo con el perro, por la mierda, y los dos nos caemos como una sola masa compacta e indivisible, las patas del perro enredadas entre las mías, nuestras caras confundidas en una, mojadas, babosas, como si nos hubiesen tirado desde la altura, una encomienda que, con su propia velocidad de caída, da contra la tierra como un enorme fogonazo, y, zaz, la Alameda estaba vacía, solo el perro y yo botados en la calle y los pacos culiaos acercándose gustosos a su botín.

Al perro lo dejaron ahí tirado, a mí me llevaron preso.

 

2

Miguel Flores pasó cinco días en la sucia comisaría de la calle Santo Domingo, como un estudiante más de los que marchaban en las complicadas fechas de ese invierno chileno, porque cinco días bastaron para que los archivos revelaran su verdadero yo, sus actividades subversivas y su militancia: en vez de dejarlo libre luego de una buena apaleada, como los otros con quienes compartía la celda, decidieron relegarlo.

Así se enteró Miguel Flores de su condena.

Definición de la Real Academia Española: Relegación: pena temporal a perpetua que había de cumplirse en el lugar designado por el Gobierno.

Firmó el acta.

—¿Entiende bien sus obligaciones? —le preguntó el paco encargado del retén, luego de leérselas.

Sí, se dijo más tarde Miguel Flores, no es muy difícil entenderlo. No tengo autorización para salir después de las diez de la noche ni antes de las siete de la mañana. No puedo desplazarme sino dentro del valle. Debo firmar todos los días en el retén de Carabineros. El alojamiento y la comida son de mi absoluta responsabilidad. No puedo trabajar en ningún punto del lugar de relegación, Debo avisar en caso de cualquier enfermedad. Vale.

 

5

—Necesitarás darte una ducha, ¿verdad?

La voz lo atraviesa. Acurrucado sobre su saco de dormir, helado, desguarnecido y triste se hace preguntas inútiles y a pesar de sus promesas, se autocompadece. Un buen sobresalto: no calza esa voz con su paisaje inmediato, con las tablas endebles, con el fría que se cuela entre ellas, con la tetera y la taza verde de fierro enlozado junto al hornillo de un solo plato, con la ampolleta descubierta de 40 watts que cuelga del techo. Da la impresión de que la mujer que está en la puerta llena el espacio entero; sin embargo, no es especialmente alta ni gruesa, es solo una figura imponente, quizás porque su aspecto es absolutamente ajeno a los campesinos de los alrededores o porque su olor le recuerda a Miguel algo impreciso de los buenos tiempos.

—¿Tú eres el relegado?

—Sí, soy yo.

—Ya, vamos —se lo dice sin acercarse, siempre desde la puerta, como la cosa más natural del mundo. Trae tus cosas de baño.

—¿Qué cosas?

Ella lo mira descorazonada.

—No sé, tu bolsa de aseo.

Él mira hacia la tabla horizontal claveteada arriba del único lavatorio, revisa el vaso plástico amarillo, la escobilla de dientes con la pasta. La peineta café. La pastilla de jabón rosado.

—¿Esto?

—Sí, eso.

—¿Es usted de por aquí?

—Ah, perdón… olvidaba las presentaciones, él es Peter Pan, yo soy tu vecina. Me llamo Amelia.

—Soy de la Novena, aquí al ladito, colindo con El Pimiento.

—Sí, he oído hablar de La Novena… ¿Es un fundo?

—Es la novena parte de una antigua hacienda.

—¿Me equivoco, señora, o usted es la dueña de estas tierras?

—Sí, ¿por qué? —responde ella con un poco de risa en la garganta. Y no me digas señora. Dime Amelia. Y si te resulta difícil, entonces doña, es más castizo. ¿Puedes bajarte y abrir el portón?

 

6

Nunca en mi vida, ni siquiera en la universidad, había visto tanto libro junto. ¡La puta que la parió! Yo en mi casucha cagándome de frío y aburrimiento, y la muy perla con trescientos metros cuadrados por lo menos, todos a su disposición y, más encima, el fuego en la chimenea crepitante, tibio y acogedor (esas habrían sido sus palabras, no las mías). Menos mal que era una señora de cierta edad, de haber sido joven la agarro a puteadas de puro resentimiento, de la puta rabia que da este país de mierda con su pendeja desigualdad. ¿Quién putas es esta mujer? ¿Quién en el universo puede llamarse del mismo modo que su tierra, como si agregar el “santa” lo resolviera todo?, ¿qué tal? ¿Por qué ayuda a un pinchi relegado? ¿No se supone que soy su enemigo, o no me toma en serio? Su deber nomás cumple, quisiera haberle dicho, carajo, la burguesía se lo debe a los que hacen la resistencia a los militares. (Las cosas no son blancas o negras, me dijo, no todos los ricos —como tú les llamas— están con los milicos, ¿o tú crees que a nosotros no nos importa el prójimo?) Y su maldito perro, que me huele y me huele el muy idiota, con nombre de maricón, más encima, privilegiado miembro de la familia, que no la deja un momento sola. Pero me ablandó la ducha, claro que me ablandó, qué quieren, el agua calientita, la toalla enorme y el olor a café que me alcanzó desde la cocina. No sabía cómo dirigirme a ella. En mi puta vida me he relacionado con esa gente. Debe tener la edad de mi viejo.

 

* Serrano, M. (1976). La novena. España: Alfaguara.

 

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