Glup Aventuras en el canal alimentario

Roach, Mary (2014). Glup Aventuras en el canal alimentario. Barcelona: Editorial Crítica, pp 288.

Roach, Mary (2014). Glup Aventuras en el canal alimentario. Barcelona: Editorial Crítica, pp 288.

En 1968, en el campus de Berkeley de la Universidad de California, seis jóvenes llevaron a cabo una actuación irregular y sin precedentes. A pesar del lugar y del clima social de la época, nada tenía que ver con la desobediencia civil, ni con sustancias que alteraran la consciencia. Dado que tuvo lugar en el Departamento de Ciencias Nutricionales, no puedo asegurar que los participantes llevaran pantalones acampanados o patillas de tamaño inusual. Solo estoy al corriente los hechos básicos: los seis individuos entraron en una cámara metabólica y permanecieron en su interior dos días, probando comidas hechas a partir de bacterias muertas.

Estábamos en los albores de la investigación espacial. La Nasa tenía a Marte en su punto de mira; sin embargo, era prácticamente imposible lanzar una nave espacial con la comida que la tripulación necesitaría para una misión de casi dos años. Así, se impuso la idea de desarrollar cosas que pudieran ser  “biorregeneradas”, es decir, cultivadas en elementos de los residuos de los astronautas. El título del artículo resume con delicadeza los resultados: “La intolerancia humana a las bacterias como comida”. Dejando a un lado los vómitos y mareos, después que el Sujeto H tuviera que defecar trece veces en doce horas, habría cabido esperar que la investigación simplemente se hubiera detenido por cuestiones de estética. El Aerbacter gris pálido, servido como “batido”, se describió como desagradablemente baboso. La bacteria H. eutropha tenía un sabor “parecido al halógeno”.

 

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El factor repulsivo

Podemos curarlo, pero hay un pequeño detalle

Es una invitación corriente a una fiesta. Tiene un mapa del vecindario, la dirección y la hora de la fiesta, y ciertos ánimos para llevar a la familia. Sin embargo, los elementos decorativos son algo extraños: una ilustración recortada del colon humano, con sus diferentes partes bien etiquetadas. Sobre todo esto destaca un cartel escrito con letras de tipo alegre: ¡Fiesta de la microflora intestinal! El anfitrión de la fiesta es Alexander Khoruts, un gastroenterólogo y profesor asociado de Medicina de la Universidad de Minnesota. Junto a las habituales colonoscopias y consultas sobre dispepsia, realiza trasplantes de bacterias del colon, también llamadas microflora intestinal.

La mayoría de las cepas de E. Coli no producen síntomas en el interior del colon. El sistema inmunológico está acostumbrado a luchar contra un gran número en el intestino. No existe motivo de alarma. Si esa misma cepa se dirige hacia la uretra y la vejiga, entonces es percibida como un invasor. En este caso, el mismo ataque inmunológico crea los síntomas en forma de inflamación.

Ni siquiera la Clostridium difficile (C. diff.) es inherentemente mala: 30 por ciento de los niños son infectados por esta bacteria y no sufren efectos nocivos. Se sabe que el 3 por ciento de los adultos lo albergan en el intestino sin padecer problema alguno. Otras bacterias prácticamente no fabrican tóxicos, o el número es demasiado pequeño para que creen síntomas apreciables.

Los problemas comienzan a menudo cuando el colon se limpia por completo con antibióticos, porque el C. diff. tiene oportunidad de abrirse paso. Por muy cuidadosos que traten de ser los hospitales, las esporas están por todas partes. Y ciertas condiciones del colon son propicias para que el C. diff. prospere. Las bolsas diverticulares de las paredes del colon tienen que esforzarse al máximo para mover los desperdicios y, si existe un punto débil en esa pared, la materia seguirá el camino con menor resistencia. El punto débil se hinchará hacia afuera y formará una pequeña bolsa y entonces, las esporas de C. diff. infectarán las bolsas.

80 por ciento de las veces, los antibióticos acaban con una infección de C. diff; en 20 por ciento de los casos, esta infección se vuelve a producir una o dos semanas después. El C. diff. arraigado en los divertículos es difícil de aniquilar. “Los antibióticos son una arma de doble filo: eliminan el C. diff. pero también acaban con las bacterias que lo mantienen bajo control”. Cada vez que el paciente tiene una recaída, la posibilidad de otra recaída se duplica. Las infecciones con C. diff. acaban con la vida de unos dieciséis mil estadounidenses al año.

Previamente a los trasplantes fecales, éstas son trasladadas en auto por diez minutos desde la entrega por el donante hasta el laboratorio. Resulta que se tarda más en estacionarse que en efectuar el procesamiento. El equipo es muy sencillo: una mezcladora de laboratorio y un juego de tamices de suelo. A la tapa de la mezcladora se le han acoplado dos tubos para bombear nitrógeno y sacar el oxígeno. Dos o tres periodos de veinte segundos con el modo licuar suelen ser suficientes, y luego hay que pasar a los tamices. Por razones obvias, todo se hace bajo una campana de gases. Matt charla mientras tamiza, y de vez en cuando aparta un elemento reconocible: una piel de chile, un trozo de cacahuate.

El paciente de hoy en día tiene divertículos que se han convertido en abscesos. Múltiples ataques severos de colitis le han causado diarreas tan graves que algunas veces ha tenido que ser alimentado por vía intravenosa. Uno no podría adivinar nada de eso ahora al verlo en la sala de exploración…

Una enfermera trae el recipiente. A menos que se observe de cerca, un trasplante fecal se parece mucho a una colonoscopia. Lo primero que aparece en el monitor de video es la veloz visión de ojo de pescado de la sala de exploración cuando saca la cámara de su soporte y la lleva hasta la cama. Si usted es tan joven como para no saber qué es una colonoscopia, lo invito a que imagine la pistola de soda de un mesero: el largo y flexible tubo de color negro, con lo controles montados sobre un cabezal manipulado.

Utilizando un émbolo en el cabezal de control, Khorutus suelta un trozo del material de trasplante. Como el colon ha sido limpiado previamente con antibióticos, los recién llegados unicelulares no tienen que luchar contra un montón de nativos. No obstante, muchos de ellos sobrevivieron a los antibióticos, pero los inmigrantes están seguros de poder ganar. En dos semanas, según muestra la investigación de Khoruts, los perfiles microbianos del donante y el receptor están sincronizados.

 

 

Mary Roach es periodista y licenciada en Psicología. Ha escrito varios libros de divulgación científica como Fiambres: la fascinante vida de los cadáveres. Sus escritos se han publicado en Outside, Wired, National Geografic y The New York Times Magazune, entre otros.

 

 

acordero@fcfm.buap.mx