Trotsky en Puebla

Obra en miniatura de Josefina Albisua, tomada de http://www.upaep.mx/museo/index.php?option=com_content&view=category&id =8&Itemid=105

Obra en miniatura de Josefina Albisua, tomada de http://www.upaep.mx/museo/index.php?option=com_content&view=category&id =8&Itemid=105

Josefina Albisua y Trotsky se conocieron durante la primavera de 1938, entre el amorío con Frida Kahlo y la ruptura con Diego Rivera, poco antes de la llegada de André Breton a México, durante un periodo en que la vida de Trotsky transcurría atendiendo a las discusiones y conflictos internacionales entre las distintas organizaciones que conformaban la Cuarta Internacional, escribía en algunos periódicos nacionales y extranjeros para defenderse de la infinidad de calumnias y ataques promovidos desde los comités centrales de los partidos comunistas a las órdenes de Moscú, y trabajaba en su obra, La revolución traicionada.

Mientras tanto, maduraba la idea de “suprimir el cuartel general de Trotsky” en la mente de David Alfaro Siqueiros y otros excombatientes de la Guerra Civil Española que estaban por volver a México, que se concretaría en el intento de asesinarlo la madrugada del 24 de mayo de 1940. “No era un asunto menor asesinar a Trotsky —escribe Pierre Broué—, como no era un problema menor asesinar en México a un hombre que era huésped del gobierno, un extranjero que había recibido asilo. Era necesario esforzarse al máximo para disimular el crimen con razones nobles y de ser posible patrióticas”. Se requería entonces presentar a Trotsky en la lógica de los procesos de Moscú como un agente de Alemania, amigo de la Gestapo, un fascista, enemigo de las democracias, principalmente de la estadounidense. Simultáneamente y aunque perdiese todo sentido, se le presentaba también como un peligroso aliado del gobierno de los Estados Unidos, un aliado de los intereses de la burguesía internacional y un traidor de la clase obrera. Ni más, ni menos.

Mi hermano Fernando fue un hombre muy inteligente, de un gran corazón y muy humanitario. Cuando era joven, a los 21 años, fue presidente de la Asocia-ción Católica de la Juventud Mexicana, Caballero de Colón de tercer grado,  miembro activo de la Cruz Roja, pero no era de esos que nomás están sentados; no,  él se iba a la calle a recoger a los heridos, iba a los asilos a jugar ajedrez con los ancianos, vaya, era un hombre generoso y caritativo, iba a visitar a los presos y como tenía el don de la palabra, porque era hablador, los catequizaba, los convertía, y cuando cumplían su condena y salían libres los llevaba a la casa y les ofrecía una comida de recepción para que entraran a su nueva vida. Mi mamá le decía: “Ay m´hijito, un día te matan”; no mamá, le decía, matarán a los demás, pero a mí me quieren.

Cuando Trotsky llegó a México Fernando era presidente de los autobuses foráneos y hubo una comida que organizó Ruiz Galindo en el hotel Garci Crespo de Fortín de las Flores. Se reunieron el secretario de Comunicaciones, que se apellidaba Díaz Lombardo, el señor Antonio Hidalgo, que era el director de las islas Marías, el pintor Diego Rivera y su esposa Frida Kahlo, León Trotsky y madame Natali, su esposa, el general Múgica y algunos propietarios de líneas de autobuses, como el señor Cacho y Linaje. Y en la comida, hablando de distintas cosas, el general Mújica dijo: “Yo quisiera hacerle un regalo al viejo, pero ¿qué podríamos regalarle? si ha vivido en el Kremlin”. A Trotsky le decían “el viejo”, aunque en realidad no lo era. Sus hijos, cuando eran chiquitos, dicen que Lenin jugaba con ellos, que los correteaba, que los quería mucho porque Lenin no tuvo hijos. Total que uno de los comensales, creo que Cacho, le dijo al general que Fernando tenía una hermana que hacía miniaturas, que por qué no le encargaban un retrato y se lo regalaban. Entonces viene mi hermano muy contento de regreso de esa comida, y me dice: “Ya te encontré chamba, queremos que nos hagas el retrato de Trotsky”.

El caso es que a los pocos días vinieron a mi casa para que hiciera una miniatura del retrato de Trotsky. A este señor yo no lo conocía, pero su nombre me era familiar porque así se llamaba mi gatito, fue mi papá el que le puso ese nombre, así que para mí Trotsky era el gato de la casa. En fin, me puse a buscar en revistas y periódicos algún retrato suyo y lo pinté. Fer me contó con lujo de detalles lo que Lenin y Trotsky habían hecho en Rusia y don Antonio Hidalgo me regaló cinco libritos de la autobiografía de Trotsky para que me inspirara, pero la verdad ni los leí. Al hacer la pintura se me ocurrió vestirlo de blanco y pintar al fondo algunos de los edificios más representativos de Europa que yo conocía por las pláticas de Luís de la Borbolla en las sobremesas de mi casa.

Cuando vino a recoger la pintura don Antonio Hidalgo, el jefe de las Islas Marías, que por cierto era un hombre imponente, alto y fornido, habrá sido un matón y no un hombre culto, me acuerdo que en su cara resaltaba la mirada fija de un ojo de esmalte, tomó entre sus manos la miniatura y me dijo: “Mira nada más, yo pensé que era una viejita la que pintaba las miniaturas, nunca me imaginé encontrarme con esta sorpresa, es indispensable que el viejo Trotsky te conozca”. Y viendo con más detalle la miniatura me dijo con un tono de asombro “¡Pero qué barbaridad! Le has puesto iglesitas y él es enemigo de todo esto”. Entonces Díaz Lombardo se acercó y después de mirarlo detenidamente le dijo al señor Hidalgo: “Oiga usted, pues ni la torre Eiffel, ni el Big Ben ni el foro romano son iglesitas”. “Pues a mí no me gustan —dijo don Antonio— que se las quite”. Entonces yo, muy enojada, le dije: “Pues mejor voy a hacer otra pintura porque no estoy haciendo chalupas a las que les pueda quitar el chile.” Y como él ya estaba inconforme comenzó a inventarle peros a mi pintura y dijo que yo le había puesto lentes y que Trotsky no los usaba porque no era burgués. Yo me sentía ofendida, había trabajado con empeño en ese cuadro, entonces, conteniendo mi coraje, fui a traerle la revista de donde había copiado el retrato, pero no hubo manera de tenerlo conforme. Yo me enojé mucho y me mantuve en que no quería borrar mi pintura. Por fin, al poco tiempo Hidalgo me trajo un retrato de Trotsky con fondo negro para que hiciera otra miniatura y en ella me puse a trabajar, aunque de mala gana. Curiosamente este otro retrato sí le gustó y me dijo que era necesario que me conociera “el viejo”. La verdad yo no quería tener tratos con nadie, pero Fer me dijo: “Ándale, no te pongas así” y simplemente me convenció. Entonces me llevó a Coyoacán para que personalmente le entregara el retrato a León Trotsky. Recuerdo que cuando tocamos abrieron un poco la puerta sin quitar la cadena y podía verse que el portero estaba armado. Yo estaba bien asustada. Entramos por un jardín que no tenía una hoja seca en el piso, subimos unas escaleritas y nos recibió Trotsky en su despacho. Todo estaba bien aseado, todo exageradamente pulcro, pobre, pero todo muy ordenado y limpio. Su presencia imponía, no era muy alto, pero sí muy fuerte. Entonces mi hermano, que hablaba un poco de francés, me presentó como la autora de la miniatura, yo no comprendí lo que le respondió, pero entendí que le pidió permiso a Fer para darme un beso. Como era una reacción que no esperaba me espanté. Luego Fer me fue traduciendo lo que decía y fue muy generoso en sus comentarios, dijo que yo era el Mozart de la pintura y que escribiría un artículo sobre mí, pero enseguida se corrigió y dijo que si lo hacía podía perjudicarme en el futuro. Yo lo veía encantado con la pinturita, la miraba detenidamente y decía: “Es maravillosa”. Entonces yo le dije: “Señor Trotsky, es mucha bondad de su parte todo lo que me dice”, y él respondió: “No, no es bondad, es la verdad, voy a mostrárselo a Diego Rivera”, a lo que yo contesté que a Diego Rivera no le iba a gustar. Así comenzó mi amistad con él y con su esposa, a quien yo siempre llamé madame Natali.

El 24 de abril de 1938 Trotsky le envió una carta a Josefina, en la que le decía:

“Muy estimada señorita, puede usted creer que soy un individuo olvidadizo e ingrato y atribuir a ambos defectos la falta de cumplimiento a mi amable compromiso para con usted. No he incurrido en ingratitud ni olvido, sino que he sido víctima tan sólo de la situación particular de los compromisos que mi amigo Antonio Hidalgo ha tenido, derivados de su posición oficial y así he sido remiso, pero no ingrato, pues ahora con la colaboración del mismo Hidalgo, que ha podido venir conmigo para cumplir con su cometido de corresponsal, colaborador en español, le dirijo esta carta, con la que van mis felicitaciones por su capacidad artística y mi agradecimiento de modelo. He mostrado su micro óleo a mis amigos, en primer lugar, a Diego Rivera. El gran pintor se manifestó encantado. Cuando le dije “He aquí un magnífico juguete” me respondió con severidad: “No es un juguete, es arte verdadero”. Precisamente la respuesta que esperaba oír de él. Vio una y otra vez la pintura con la más grande atención y después dijo: “Tiene la sensibilidad personal del color, precisamente notable”. La esposa de Diego, Frida Rivera, pintora también, estuvo encantada de la pintura de usted. Puedo decir lo mismo de todos mis amigos que la han visto. Me pregunto constantemente cómo puedo manifestarle mi agradecimiento. Espero que tendré la oportunidad de expresarlo. Con los saludos más afectuosos de Natalia, mi esposa, envío a usted los particulares míos.

Devotamente

León Trotsky”

 

El secretario de Trotsky —recuerda Josefina— era un joven francés de 24 años que según el señor Hidalgo había ganado la medalla de oro Julio Enrique Poncairé, en París, en un concurso de matemáticas. Se llamaba Jean van Heigenoort y hablaba varios idiomas, era muy correcto y bien parecido, rubio, de ojos verdes. Durante la temporada de toros íbamos a México cada semana mi hermana Esperanza, que ya ganaba dinero dando clases de piano, y yo. Cada domingo estrenábamos desde los sombreros hasta los zapatos, siempre íbamos muy elegantes y La Pera todo lo compartía conmigo. Nos íbamos desde el sábado en el autobús, visitábamos algún museo, yo iba a comprar mis pinturas a una tienda que se llamaba El Renacimiento, que estaba en la calle de Bolívar, luego les hablábamos a nuestros primos y por la tarde merendábamos mi hermana y yo con Trotsky y madame Natali en Coyoacán. La Pera tocaba la guitarra y cantaba y ellos lo disfrutaban mucho. El domingo en las mañanas, muy piadosas, —dice con una sonrisa irónica— íbamos a misa a san Felipe y luego íbamos al encierro de los toros. En cierta ocasión quisieron Trotsky y su esposa acompañarnos al hotel, pero al pasar por Reforma y detenerse el coche un momento, alguien vio a Trotsky en el asiento de adelante, junto a Jean, que iba manejando, y gritó: “¡Ahí va Trotsky!”. Madame Natali se puso muy nerviosa y cada vez que se acercaba un vendedor decía muy afligida: “No, no queremos nada.” Trotsky sacó un pañuelo y se tapó la boca y la barba. Al llegar al hotel quiso bajar a despedirse, pero su secretario se lo prohibió severamente.

Jean se hizo muy amigo nuestro y se aficionó a las corridas de toros, creo que a mi hermana le gustaba. Una vez, estando en plena corrida nos dijo que quería que el señor, como le decía a Trotsky, fuera a pasear a Puebla para visitarnos. Nos preguntó si el coche podía entrar hasta la casa y le dijimos que sí. Así que un día cualquiera llegaron a la casa de la 3 Oriente, les abrimos el zaguán para que entrara el automóvil y los guardaespaldas se quedaron afuera. Madame Natali y Trotsky nos trajeron regalos: a mí un cofre antiguo para que guardara mis miniaturas, pues cuando las llevé a enseñar a México las metí en una caja de zapatos, yo creo que él se dio cuenta y por eso me trajo el cofrecito que siempre he tenido en mi tocador. Además, recibí una caja de laca con chocolates, un perfume y una mañanita de lana muy fina. Le mostré entonces el retrato que había hecho antes, el que había rechazado el señor Hidalgo. Al verlo me dijo: “¡Oh, pero ¡qué significa esto! ¿Acaso soy un fantasma que recorre Europa? Veo Alemania, Francia, Inglaterra.” Él captó perfectamente el mensaje que yo quise reproducir. Mamá invitó a madame Natali a pasar a la cocina por si quería preparar ella misma algún alimento para Trotsky, por su seguridad, pero él replicó que comía de todo, demostrándole a mamá su confianza en nosotros. En mi casa sabíamos que madame Natali personalmente guisaba todo a su esposo por temor a que lo envenenaran. Mamá se sentó en la cabecera para atender de un lado a Trotsky y del otro a su esposa. Estaban en la mesa Jean van Heigenoort, Fer, su esposa y sus hijos Fercito y Pancho, La Pera, Eduardo y yo. A Trotsky le hacía mucha gracia oír a Panchito cuando le decían que hiciera como gato y a propósito croaba como rana para hacernos reír.

Después de comer nos fuimos a la iglesia de San Francisco Ecatepec, que era preciosa antes del incendio que consumió el maravilloso retablo que tenía, con cientos de angelitos tallados en madera. Nosotros íbamos adelante en nuestro coche para mostrarles el camino, y una vez que visitamos la iglesia ellos se fueron a México y nosotros regresamos a la casa. Así nos fuimos haciendo amigos. Yo le tejí a madame Natali unas servilletitas, porque ella era muy pulcra para comer. Tenía silla de palo como las mías, de esas de Michoacán, sillas de palo, pero muy pulcras, no faltaba la servilletita, y entonces yo les tejí unas de croché. El día que se las di me dijo: “No, no pierda el tiempo, esto es mucho trabajo ¡usted a su pintura, a su pintura!” Madame Natali hablaba apretadito, con los labios casi cerrados, nos entendíamos con el poco español que conocía.

Retrato de León Trotsky, de Josefina Albisua; tomada de http://www.elementos.buap.mx/num85/htm/61.htm

Retrato de León Trotsky, de Josefina Albisua; tomada de http://www.elementos.buap.mx/num85/htm/61.htm

Jean se fue haciendo aficionado a los toros y algunas veces venía con nosotras a las corridas. En la nota que nos dejó de despedida (fechada el 5 de noviembre de 1939) lo lamenta, dice Josefina entregándome un papel amarillento donde se lee: “Estimadas señoritas: Debo salir súbitamente de México por algún tiempo y no es sin tristeza que dejo este país. Espero que mi viaje será bastante breve, para estar de vuelta antes de que la temporada de toros haya terminado; quizá estará apenas empezada. Reciban ustedes mis afectuosos saludos.” Heigenoort fue a Nueva York a intentar la conciliación de fracciones trotskistas enfrentadas entre sí y a punto de separarse. La eterna historia de la Babel izquierdista. No volvió a México y cuando la temporada de toros comenzó Josefina y su hermana extrañaron a su acompañante. Los primeros días de agosto de 1940 estuvieron, fascinadas, en el concierto que ofreció como director invitado Igor Stravinski dirigiendo a la orquesta sinfónica de México. La propaganda para anunciar el concierto en el que se tocaría El pájaro de fuego y El beso del hada, reproducía un dibujo de Stravinski hecho por Picasso. Dos días después, domingo de toros, la Empresa Unión Taurina anunciaba “la extraordinaria corrida de Xajay. A la vista en los corrales para: Felipe González Guerrita y Joel Rodríguez”. Heigenoort, el mejor guardaespaldas de León Davidovich debía estar ahí, y quizá la suerte de Trotsky hubiera sido otra. Como íbamos seguido mi hermana y yo a los toros —recuerda Josefina— y tirábamos el abrigo, pues ya estaba hecho una desgracia. Entonces Trotsky nos mandó hacer unos abrigos y nos los hizo la esposa de su secretario particular, un pistolero alemán de los más furiosos que puede haber, su esposa era modista y ella nos hizo los abrigos a la medida. La prensa la confundió al principio con la esposa de Trotsky.  Madame nos compró la tela y luego esta señora nos prendió todo el cuerpo con alfileres y a los ocho días ya teníamos los abrigos hasta forrados. Decían que ese Otto Schuessler fue el que cogió al que mató a Trotsky.

 

1 Tomado del libro: Glockner, Julio, (2011). Un retrato para Trotsky. De los recuerdos de Josefina Albisua, México: ed. Educación y Cultura-BUAP,

 

julioglockner@yahoo.com.mx