La medicina teúrgica

p-14Una de las experiencias más significativas que me impulsaron a estudiar la carrera de medicina fue un sangrado nasal. Por supuesto de niño quería ser bombero, pero jamás se podrá borrar de mi mente la forma en la que una hemorragia de la nariz, particularmente abundante y aparatosa, fue controlada presionando el “plexo de Kiesselbach”, que se encuentra en la porción anterior de la nariz, precisamente en donde se encuentra el cartílago, al nivel en el que se dejan de palpar los huesos propios nasales. Yo no sabía absolutamente algo de anatomía, tampoco lo que es un plexo, ni mucho menos, lo que son las arterias etmoidales ni esfenopalatinas. Simplemente fue algo literalmente mágico, el que una maniobra tan simple como apretar una región determinada, cohibiera una salida de sangre verdaderamente dramática.

Así resulta para todos al visualizar una respuesta rápida, con una acción precisa, un resultado inmediato y generando un estado de sorpresa o hasta de estupefacción. Y ante la incertidumbre y la incapacidad de encontrar una explicación que se ajuste a nuestros mecanismos de pensamiento, lo más fácil es atribuir a un fenómeno sobrenatural, la respuesta a una maniobra.

La naturaleza se nos presenta en manifestaciones tan complejas, que lo más fácil para no ahogarnos en la frustración que genera la ignorancia, es refugiarnos en la magia, la superstición, el ocultismo y hasta la religión. No considero que esto sea malo. De hecho, no es necesario tener un conocimiento profundo de la física, para entender lo que es la radiofrecuencia y así, disfrutar de la televisión o de la comunicación por medio del teléfono celular, la computación e internet. Y si bien estamos familiarizados con estos elementos de la tecnología que nos maravillan y no provocan sentimientos orientados a la hechicería ni a la brujería, ante fenómenos tan complejos como es el enfrentamiento con la muerte o el dolor, nuestra total incapacidad de comprender lo que sucede nos lleva a buscar un alivio que se encuentra en el dogma o en la fe, como creencias a prueba de toda duda.

Nos duele dejar el mundo y la idea de perder por siempre a un ser querido, duele mucho, condicionando un anhelo que gira en torno al concepto de vida eterna en cualquier forma o medida. Así ha sido a lo largo de toda la historia de la humanidad. Por supuesto, en función de que se establecieron observaciones, se confió en la capacidad curativa de la naturaleza y los griegos nos heredaron esta facultad y si bien, originalmente la atribución de dioses ante fenómenos naturales dio origen a los conceptos teúrgicos (palabra que deriva del griego εουργία o teúrgia, que significa hacer con Dios y permitir que Dios haga en nosotros), invocando a seres superiores para establecer una comunicación, aprender, manipular lo que se encontraba en el mundo y sobre todo, obtener un beneficio, implicaba rituales con elementos de magia que atraían a entes supremos. Sin embargo, esta capacidad no se cristalizaba en cualquier persona sino en ciertos elegidos con características especiales, que fueron denominados teurgos, y se podría decir que fueron los médicos de esas épocas.

Sin embargo, en una sociedad en la que evolucionaba el pensamiento a través de la filosofía y la vinculación de los fenómenos con la naturaleza, observando y hasta experimentando, generó una visión distinta del mundo. Independientemente de que había condiciones que sin poder tener una explicación lógica, debían tener atribuciones divinas, fue surgiendo el concepto de técnica o Tékhne Iatriké, que lleva una teoría y una práctica, conociendo el acontecimiento, suceso, el hecho y sus consecuencias, para hacer algo sabiendo el por qué. Esto significó un avance espectacular en la medicina pues se orientó a eliminar todo elemento sobrenatural tratando de comprender físicamente lo que sucedía, basándose en la búsqueda del equilibrio con lo natural. Entonces los médicos indagaban la forma de armonizar todas las funciones orgánicas, a través de medidas lógicas como la buena alimentación, el ejercicio cotidiano, la moderación en las conductas y la racionalización.

El cuerpo humano, para ellos estaba constituido por cuatro humores que se limitaban a la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra, que eran un reflejo de la naturaleza a través de cuatro elementos (aire, tierra, viento y fuego). Si había una ruptura del equilibrio en estos cuatro componentes, se condicionaba la enfermedad y el quebrantamiento del bienestar. Por supuesto se comenzó a curar, aunque no se abandonaron creencias teúrgicas y tampoco dejaron de existir los teurgos, sin que necesariamente estuviesen actuando en la clandestinidad, pues la visión de lo sobrenatural, siempre llena de conmoción y sobrecogimiento.

La historia a partir de entonces está repleta de sucesos verdaderamente conmovedores cuando hablamos de enfermedades, vida, salud y muerte. Nos encontramos siempre ante procesos que no podemos comprender totalmente, ni siquiera aplicando toda la gama de conocimientos que hemos adquirido a lo largo de miles de años. No existe una enfermedad totalmente conocida y esto condiciona que en la actualidad, sin que se emplee el concepto de teúrgica, se continúe pensando en la influencia de deidades o dioses en nuestros fenómenos de salud y enfermedad.

Hace muy poco hablé con un curandero con quien crucé unas palabras. Me ofreció un producto curativo para “il diabetis” (sic), la hipertensión, cáncer, dolor de huesos y un sinfín de enfermedades que constituyen problemas de salud que tienen a nuestro sistema político sanitario en una encrucijada de solución extremadamente complicada y sin posibilidades de arreglo a corto plazo. Sin llegar a la discusión, nos comunicamos bajo un lenguaje distinto, pero en un área similar y no nos pusimos de acuerdo, cada quien defendiendo su verdad. Lo cierto es que, en este punto, la experiencia aunada a la práctica, difícilmente va a ser peor que el conocimiento adquirido en la universidad, bajo la lectura de textos que nos permiten un conocimiento parcial de lo que es la enfermedad. La ciencia no es exacta y si bien, en estos momentos constituye un auxiliar que nos parece lo mejor para acercarnos al conocimiento de la verdad, no es infalible, preciso, justo ni invariable. Así es el concepto de Dios, contrapuesto al materialismo histórico. Creer o no creer no es la base para ser mejores personas; sin embargo, hay algo que definitivamente sí es determinante para aspirar a ser superiores humanos. Hablando en términos de bienestar, la educación generará un mejor perfil de salud, lo que se refleja en un estado de bienestar que sí puede contribuir a la aspiración de crecer como individuos y en la colectividad. Este crecimiento debe ser la base de nuestra construcción social y un constructo firme, nos puede brindar la posibilidad de ser felices, lo que debe ser aquello que marque la meta, en este proceso que de alguna manera arbitraria, hemos denominado vida, con dios y sin él.

 

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