Conocido principalmente por su libro El Principito, el piloto de guerra y poeta Antoine Marie Jean-Baptiste Roger, conde de Saint-Exupéry (1900-1944), mejor conocido como Antoine de Saint-Exupéry, en el corazón abrasador del desierto de Libia, al borde de la muerte por sed, alcanzó a vislumbrar la verdad más profunda y simple sobre la existencia, en un accidente de avión, cuya experiencia quedó grabada para siempre en las páginas de otro de sus libros, menos conocido y titulado Tierra de hombres (1939). Su meditación sobre el agua trasciende lo literario para convertirse en un manifiesto ecológico y humanista de una vigencia desgarradora, especialmente cuando miramos hacia nuestra propia realidad en la ciudad de Puebla y sus alrededores.
La experiencia de Saint-Exupéry es un viaje hacia lo esencial. Perdido con su mecánico tras el accidente aéreo, la sed deja de ser una sensación para transformarse en la lente única a través de la cual se observa el mundo. En ese estado límite, donde “un gramo de agua adquiere el poder de hacernos estremecer”, el escritor descubre que el agua no es un recurso, sino el fundamento mismo de la vida y la civilización. Esta revelación cristaliza en un pasaje de una belleza y una profundidad magistral.
Traducido, el fragmento pierde algo de su musicalidad, pero no su potencia: “Agua, no tienes sabor, ni color, ni aroma… No eres necesaria para la vida: tú eres la vida… Eres la mayor riqueza que hay en el mundo, y también la más delicada… una divinidad susceptible… Pero difundes en nosotros una felicidad infinitamente simple.”
He aquí una definición que la química y la economía nunca podrán dar. El agua como “divinidad susceptible”. Un elemento puro que no acepta mezclas ni alteraciones sin dejar de ser lo que es. Esta representación no es un mero recurso literario sino una advertencia profética. Saint-Exupéry nos dice que el agua tiene una integridad propia, una pureza que la actividad humana puede violar, tras lo cual deja de ser “agua” en su sentido pleno, vital, y se convierte en un líquido estéril o venenoso. “Se puede morir a dos pasos de un lago de agua salada”, advierte. La abundancia engañosa, la cercanía inútil. Esto me golpea la conciencia.
Dejando de imaginar el desierto libio y situándonos en el valle de Puebla, la frase “Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua” podría reformularse para Puebla hoy. Y es que resulta verdaderamente aterrador que nuestra ciudad, bajo su aparente normalidad, esconde una crisis hídrica profunda. No estamos en un desierto de arena, pero nos enfrentamos a una aridez creciente, estructural, inequitativa y multidimensional.
El problema del agua en la Zona Metropolitana de Puebla es la crónica de una muerte anunciada. No es una simple escasez temporal por sequía meteorológica que se agrava con el cambio climático, sino el resultado de un modelo de gestión insostenible y depredador que ha violado, una y otra vez, la condición de divinidad susceptible del agua.
Hemos tratado el subsuelo como un banco con fondos infinitos. La extracción masiva para uso industrial, agropecuario y urbano supera con creces la recarga natural. El resultado son pozos que deben profundizarse cada vez más, mayores costos energéticos y el riesgo real de agotar la fuente. Extraemos el agua pura, en el seno de la tierra, a un ritmo que no le permite regenerarse.
El agua no soporta la alteración. Sin embargo, nuestros ríos (el Atoyac, el Alseseca) son tristemente emblemáticos de la contaminación industrial y doméstica. El agua, que una vez fue ciclo de vida, se transforma en vehículo de tóxicos. También la contaminamos en su origen. La deforestación de las zonas de recarga en la Malinche, el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl reduce la capacidad de filtración y acelera la erosión, degradando la calidad misma del recurso.
Un sistema de distribución con fugas monumentales es la antítesis del respeto por “la mayor riqueza”. A esto se suma una distribución socialmente injusta. Hay colonias que reciben agua por tandeo, de dudosa calidad, mientras otras disfrutan de un suministro continuo. El agua, que para Saint-Exupéry era el vínculo fraternal supremo (“ningún hombre tiene derecho a una gota si va acompañado”), se convierte aquí en un marcador de desigualdad.
La ciudadanía, especialmente en las zonas urbanas con servicio “constante”, padece lo que podríamos llamar “la ilusión de la abundancia”. El agua sale del grifo como un milagro cotidiano y barato, lo que nos aleja de la comprensión del milagro real que es. Hemos olvidado “el gusto de la vida esencial” del que hablaba el aviador. No valoramos lo que no nos ha costado sudor y angustia conseguir.
La lección de Tierra de hombres es dual. Nos muestra el valor absoluto del agua y la fragilidad de nuestro vínculo con ella. Para Puebla, el camino ya no es solo técnico (aunque se necesitan urgentemente reparación de redes, plantas de tratamiento eficientes, proyectos de recarga), sino fundamentalmente ético y cultural.
Debemos replantear nuestra relación con el agua desde la filosofía que emana del desierto. Reconocerla como vida y no como un simple recurso. La gestión hídrica debe partir del principio de que el agua es un bien común y un derecho humano, pero también un recurso ecológico con derechos propios a fluir, mantenerse limpio y recargar sus ciclos. La Ley de Aguas debe reflejar esta visión ecocéntrica.
Frente a la crisis del agua, la actitud no puede ser de dominio, sino de uso reverente y frugal. Campañas de concientización, tecnologías ahorradoras en hogares e industrias y el reaprovechamiento de aguas grises deben ser la norma. Proteger y reforestar las cuencas altas y las zonas de recarga no es simplemente un proyecto ambiental sino un acto de supervivencia colectiva. Es proteger el “pozo” que embellece y hace posible nuestro valle.
Garantizar el acceso mínimo vital a toda la población es el primer mandato de una sociedad que se pretenda humana. Es hacer realidad la fraternidad del desierto en la complejidad de la ciudad.
Saint-Exupéry concluye su himno al agua diciendo que esta “difunde en nosotros una felicidad infinitamente simple”. Esa felicidad —la seguridad, la salud, la paz que da saber que el agua fluye limpia y suficiente— está en peligro en Puebla. Recuperarla exige más que infraestructura. Exige un cambio de conciencia. Exige recordar, antes de que la sed nos lo recuerde con violencia, que el agua, sin sabor, color ni aroma, es, sencilla y literalmente, la vida que nos constituye. Cuidarla no es una opción política o económica. Es, como nos enseñó el poeta del desierto, un acto de amor, a la vida misma.