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Así lo recuerdo…

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno
recuerda y como la recuerda para contarla.”
Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, 2002.

No es sencillo responder a la invitación, pues se trata de un ejercicio de memoria, que irremisiblemente se pierde conforme vamos pasando en el tiempo. Con frecuencia, el olvido de un hecho es sustituido por la imaginación para completar la historia. Espero poder doblegar la imaginación, a cambio de la objetividad.

En este caso, intentaré escribir lo que recuerdo, y si en algún momento olvido, o confundo algún nombre, o soslayo un hecho o la fecha en que ocurrió, la culpa es de la vida, pero en ningún caso se pierde o se oculta la idea principal de lo que se pretende exponer.

Por supuesto, si es difícil ordenar, por lo menos cronológicamente, los hechos resulta mucho más complicado expresarlos de manera medianamente coherente sin caer en la nostalgia, que muchas veces no reconoce límites con lo cursi, o en reflexiones que dicen poco o nada a quienes no estuvieron involucrados en los acontecimientos.

En 1972 en Puebla acontecen dos hechos dolorosos: los asesinatos de dos militantes y universitarios señeros: el 20 de julio de ese año muere asesinado Joel Arriaga en una emboscada criminal en la que fue acribillado. El crimen sigue impune. Ese mismo año, el 20 de diciembre, al llegar a su domicilio, Enrique Cabrera, ingeniero y valioso líder universitario, cae asesinado por un solitario criminal. El crimen sigue impune.

En el ámbito universitario, hace 60 años, en el primer patio del edificio Carolino, donde ya se ubicaban las escuelas de Administración de Empresas y la de Contaduría, se iniciaron las actividades académicas de dos escuelas que el Consejo Universitario había aprobado meses antes: Filosofía y Letras y la de Economía que, sin exageración alguna, podemos afirmar habrían de contribuir, y no en poca monta, con su quehacer académico y social a transformar, no sólo la vida intelectual de la entonces Universidad Autónoma de Puebla, sino también, en buena medida, contribuyeron a superar el ambiente levítico prevaleciente en aquel entonces en la ciudad de Puebla, en donde el centro histórico y los portales, “en los que todo pasaba” (Ángeles Mastreta dixit) y los cafés en los cuales se hablaba de lo “humano y lo divino”, concentraban la aletargada vida de la ciudad, hasta que irrumpieron los universitarios y la ciudad de Puebla adquiría nuevos impulsos que la transformaban.

Desde el inicio de las actividades de la hoy Facultad de Economía, quienes la fundaron adoptaron el Programa de Estudios de la Escuela Nacional de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Pronto, una duda respecto del economista que se deseaba formar se convirtió en una certeza: los profesionales de la economía debían conocer la teoría económica, sin duda, que analiza y expone los procesos económicos que suceden en el mercado, pero también era necesario pasar de esa teoría positivista a la economía científica, es decir, abundar en la Economía Política. Se reflexionaba, entonces, sobre lo que escribió un “viejo que sabía mucho” en el sentido que la economía no trata de cosas que se intercambian en el mercado, sino fundamentalmente de relaciones entre personas, es decir, relaciones sociales que surgen del proceso económico. Así, en sus primeros años de existencia de la escuela de Economía, con la renovación de la planta de profesores se debatía sobre ambas posturas.

La definición de la economía como ciencia social, por supuesto, provocó la primera crisis. Un numeroso grupo de profesionistas, que se inscribieron en 1965 formando un grupo académico, donde por cierto se inscribió el arquitecto Joel Arriaga. Para el siguiente curso, ese grupo se desintegró al no cubrir sus expectativas de manejo de las finanzas privadas y de todo lo que ocurría en el mundo de los negocios. Pero la Escuela de Economía sobrevivió con dos grupos uno matutino y otro vespertino.

En fin, a partir de ahí sabíamos que las relaciones sociales de producción, distribución, circulación y consumo, junto con la dominación de clase, eran el faro que debía guiar nuestras andanzas por el mundo de la Economía como ciencia fundamentalmente social.

Pero saberlo no nos resolvía el problema, lo agravaba pues ahora teníamos que introducirnos al mundo del valor y las mercancías, el desarrollo desigual, el crecimiento económico, la explotación, la pobreza, las crisis, la distribución del ingreso, el déficit fiscal y la deuda. De la misma manera aumentaron nuestros desvelos teóricos para comprender la relación social que permite al trabajo ser el único creador del valor, en fin, la economía política nos permitió caminar un largo trecho para consolidar nuestra presencia social y caminar por ese resbaladizo pero fascinante universo del estudio teórico y la práctica política de la economía, que nos aceptaba, como nos sigue aceptando a todos, con nuestras diferencias y coincidencias.

Esas y otras preocupaciones de la misma importancia permitieron que, de manera simultánea a la docencia, se iniciaran, casi de manera simultánea, las actividades de investigación que hoy forma parte de la vida cotidiana de la Facultad. Sin duda, el esfuerzo sin excepción de los docentes, los investigadores, los estudiantes, y quienes han participado en las actividades no académicas, ha logrado forjar una Facultad con un elevado nivel académico, con dos licenciaturas y un postgrado integrado por dos maestrías y un Doctorado en Economía Política del Desarrollo, reconocidos como programas de excelencia por el Conacyt.

Son logros significativos, sobre todo para quienes valoran los esfuerzos académicos empeñados en ofrecer, a los jóvenes, programas donde se privilegia la reconstrucción teórica y el pensamiento crítico, que guían la acción transformadora de la realidad, que para eso se hace ciencia.

Nació la Escuela de Economía luego de una de las décadas más convulsas de América Latina y eso marcó su rumbo.

En 1971 era director de la escuela de Economía el licenciado Salvador Carmona Amorós, cuando, de manera imprevista, envió su carta de renuncia al Consejo Universitario. Más tarde, el licenciado Carmona intentó retirarla, pero ya estaba incluida en la orden del día de esa instancia y se le negó el retiro. En la siguiente reunión del Consejo se discutió la solicitud del licenciado Carmona y el Consejo negó su petición y se acordó aceptarla, además de ser aceptada su solicitud de renuncia. De inmediato se procedió a nombrar al académico que sustituyera al licenciado Carmona Amorós, recayendo la distinción en mi persona.

En mi breve gestión ocurrió un hecho fundamental para la universidad. Ese año se agudizó la lucha de los universitarios por lograr que el Hospital Civil, administrado por el gobierno del estado pasara a ser administrado por la universidad. Por supuesto, los más interesados eran los médicos y estudiantes de medicina, que contaban con el apoyo de todos los integrantes de la comunidad, incluido el rector interino licenciado Martín Carbajal Caro (nombrado en enero de 1972). Que era apoyado por un grupo del amplio abanico de fuerzas que integraban los carolinos en la universidad.

En los primeros días de junio, la rectoría convocó a una reunión del Consejo Universitario con el propósito de exigir la entrega del Hospital Civil a la universidad. A la reunión llegaron decenas de estudiantes de Medicina que llegaban invitados al asunto del Hospital; sin embargo, ya en la sesión se agregó un inciso para designar a Martín Carbajal Caro rector definitivo. Esto motivó una riña entre los estudiantes de medicina y los carolinos que habían llegado a Consejo, para también apoyar la exigencia de entrega del hospital. El resultado fue la salida de Martín Carbajal y del secretario general y la suspensión de la sesión del Consejo.

Para convocar a la siguiente sesión del Consejo Universitarios se siguió la línea de sustitución del rector y se encontró que, en ausencia del secretario general, el cargo correspondía al Jefe del Departamento Escolar, que en ese momento era el doctor Ernesto Cruz Quintas, quien convocó a la reunión del Consejo, que resultó fallida, pues siendo el quórum mínimo de 21 consejeros solo llegaron 19. Nuevamente se convocó a una reunión para el 10 de junio, y nuevamente se me asignó la tarea de invitar a los consejeros y esta vez llegaron 23 y se realizó la reunión del Consejo donde se nombró al químico Sergio Flores rector interino. Más tarde, el 10 de septiembre se designó rector definitivo a Sergio Flores, iniciándose una etapa de desarrollo y logros de la Universidad crítica, democrática y popular, con la conducción del Partido Comunista y tres rectores militantes: Sergio Flores, ingeniero Luis Rivera Terrazas y maestro Alfonso Vélez Pliego.

Una versión preliminar de este texto se publicó en Saberes y Ciencias No. 157, abril de 2025.

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