Las fotógrafas en México constituyen un tema que se ha estudiado con mayor interés en los últimos años. Hemos recuperado diversas historias que nos permiten entender por dónde han trabajado y de qué manera fueron abriéndose espacio en un mundo laboral altamente masculinizado. José Antonio Rodríguez, Emma Cecilia García, Lourdes Almeida, Deborah Dorotinsky, Laura González, Elizabeth Chávez, Samuel Villela, entre otros y otras destacados/as estudiosos/as que han rescatado a diversas mujeres detrás de la lente. Ese camino permite visualizar sus dificultades y sus aportaciones en el mundo de la imagen, de qué manera se han insertado en el medio laboral y cómo trabajaron en cada etapa del desarrollo fotográfico.
Es posible advertir que las mujeres en el siglo XIX tuvieron muchas dificultades para establecerse porque requerían de un sujeto masculino que tuviese la capacidad moral y legal de rentar o adquirir un espacio como estudio fotográfico. Es el caso por ejemplo de Guadalupe Suárez –estudiada por Elizabeth Chávez–, quien se dedicó a fotografiar desde una perspectiva arquitectónica diversos edificios de la Ciudad de México. Al parecer es la primera mujer que tuvo un estudio, en el año 1880. Después se dedicó a realizar retratos de los obreros, algo inusual e interesante para la época. Por su parte, Natalia Baquedano, analizada por Eli Bartra, vino de su natal Querétaro y estableció su estudio por ahí de 1895, en la calle de Alcaicería num.6, esquina 5 de Mayo, en la Ciudad de México, y realizó retratos de una gran calidad y con un fuerte acento prerrafaelita.
Por su lado, en plena revuelta armada, Sara Castrejón vino a estudiar fotografía a la Ciudad de México, y de regreso a su natal Teleolapan, Guerrero, puso su estudio fotográfico, por donde pasaron amigos y enemigos de la Revolución. Sus retratos muestran a los grupos antagónicos en retratos en el exterior e interior de su estudio fotográfico.
La posrevolución nos dotó de otras figuras destacadas, pues con el cambio de régimen tuvieron mejores posibilidades las mujeres, al tener su propio estudio, como es el caso de Ana y Elena Arriaga, hijas de José Arriaga, y el de Catalina Guzmán –rescatadas por César Jerónimo González. Las imágenes de Catalina responden a una nueva visualidad modernizante.
Por su parte, María Santibáñez, desde 1919, estuvo al frente de un estudio fotográfico y se especializó en el retrato femenino, caracterizando a las mujeres con ropajes y vestidos evocativos de otras épocas o ambientes bucólicos –estudiada ahora por Elizabeth Chávez. Para Carlos Córdova ella forma parte de los fotógrafos pictorialistas en los años veinte del siglo pasado.
En este entorno es justo mencionar las labores de Tina Modotti, quien llegó al país en 1923 con el fotógrafo Edward Weston. Su labor destacada pasó de imágenes evocativas a la nueva objetividad para una militancia visual, al apuntalar causas sociales de su época. Fue acusada injustamente de atentar contra el presidente Pascual Ortiz Rubio y en 1933 fue expulsada del país. Regresó en 1942 a morir en México. María Amparo Hernández publicó en la revista Todo, de Félix Palavicini, y en 1934 publicó fotos de mujeres realmente atractivas y sensuales.
En los años siguientes tendremos fotógrafas interesadas más en un ámbito antropológico y humanista –como las ha llamado Lourdes Almeida–, quienes sobre todo trabajaron a partir de los años 50. Es el caso de Ruth D. Lechuga, Gertrude Duby Blom, Bernice Kolko y la fotógrafa Mariana Yampolsky, entre otras, quienes erigieron una mirada empática en la búsqueda del México profundo, captando el paisaje, las tradiciones, las formas de vida de los pueblos originarios y la arquitectura vernácula. Son Flor Garduño y Graciela Iturbide quienes desde su labor independiente han visto a las mujeres con gran afinidad; con una perspectiva temática y estética recuperan retratos y formas originarias de lo propio, buscando lenguajes renovados. Flor Garduño ha recibido reconocimientos, realizado publicaciones y exposiciones internacionales. Por su parte, Graciela Iturbide es ahora una de las más connotadas fotógrafas, reconocida internacionalmente, con destacadas imágenes que han dado la vuelta al mundo. Merecido porque su mundo interno nos ha dotado de obras de una gran calidad, de un fuerte simbolismo y de una profundidad inusual.
Es ahora necesario señalar a las fotoperiodistas y documentalistas que abrieron espacios importantes en el medio editorial a fines del siglo XX mexicano. Un medio exclusivo de los hombres y muy duro de penetrar. Sin embargo, con la presencia de nuevos diarios de renovada presencia con un interés social y político más profundo fue factible que abrevaran las mujeres con sus cámaras. Es el caso del diario Unomásuno (1977), proyecto creado a partir del boicot contra el diario Excélsior por Luis Echeverría Álvarez en 1976. En este proyecto trabajó por varios años Martha Zarak, primera fotógrafa mexicana de la guerra en Nicaragua. Por su parte, la fotógrafa Christa Cowrie se incorporó –pues venía del Excélsior–, y realizó imágenes de gran peso. Trabajó ahí hasta los años noventa, cuando se dedico a realizar fotografía de teatro y danza.
Para cuando se inició el diario La Jornada, se abrió otra puerta de trabajo sustancial para las fotógrafas. Desde un principio Frida Hartz trabajó al lado de esta nueva propuesta editorial, desde la creación del número “0”. El periódico se fundó el 19 de septiembre de 1984. Ella fue la primera mujer coordinadora de fotografía en un diario, una tarea nada fácil, pues los compañeros no estaban acostumbrados a recibir órdenes de trabajo de parte de mujeres. Y con ello las puertas se abrieron para otras mujeres que venían con formación universitaria. Así ingresaron al diario Ángeles Torrejón, Elsa Medina, Cecilia Candelaria, a quien por desgracia recientemente perdimos, entre otras. La Jornada dio un paso definitivo en el mundo editorial al contratar a las jóvenes y valorar sus formas, contenidos y propuestas estéticas, de claras posturas político–ideológicas.
El levantamiento Zapatista de 1994 del (EZLN) les dio una oportunidad mayor a las fotógrafas. Las “jornaleras” se fueron a trabajar en el campo zapatista, a presenciar las formas de vida colaborativa de sus militantes. Vieron y captaron a las mujeres alejarse de los helicópteros militares en los sobrevuelos; salir con los niños y bebés en mano, enseñarles el valor del silencio y camuflajearse entre las ceibas con sus rebozos, como lo hizo Ángeles Torrejón. O aquellas imágenes de los ejercicios militares del EZLN que Cecilia Candelaria tomó con su lente, o de la hermosa mujer amamantando con el rostro cubierto con un paliacate, que resalta sus almendrados ojos. Patricia Aridjis –quien trabajaba para la revista Mira, de Miguel Ángel Granados Chapa–, nos muestra a Dominga, quien carga a su bebé y posan ante la cámara. Elsa Medina se introdujo en el campamento y en una Asamblea de Mujeres del EZLN, captó su cotidiano y sus intensas faenas comunitarias.
Ellas y otras más, a finales del siglo XX, irrumpieron en la prensa nacional. Ellas hicieron historia al mostrarnos su fuerza y la de sus imágenes. Ellas dejaron los prejuicios, las ataduras y dieron inicio a una forma de trabajo antes vetada; este diario abrió las puertas del fotoperiodismo y el fotodocumentalismo remunerado para las mujeres. Mucho que agradecer a ese grupo de mujeres con su mirada, pues fueron y han sido fundamentales en el nuevo siglo XXI, ya bajo la era digital.