Date:

Share:

Redes y memoria. La fotografía en la era digital

¿Fotografía de bodas? Va para el álbum. ¿Foto de una pizza particularmente apetitosa? Para Instagram. ¿Una foto de pareja frente al mar? Probablemente ambos sitios.

La fotografía tiene desde sus origines una fuerte relación con la memoria y los recuerdos. Fiestas de la universidad, familiares fallecidos, o la sonrisa del hermano que se fue a otro estado a trabajar. La fotografía captura tiempos pasados, eventos importantes y personas queridas. Muchos de ellos guardados en el álbum familiar, archivo y guardián de los tiempos pasados.

Sin embargo, la llegada de las redes sociales y de la fotografía digital han alterado las dinámicas de lo que significa la fotografía para la sociedad. Ahora, en lugar de contar cuidadosamente las fotos que quedan en el rollo que luego debe llevarse a revelar, uno puede tomar 20 fotografías casi idénticas y seleccionar la mejor imagen para subir a redes. En estos días, en lugar de guardar cuidadosamente la fotografía del niño frente a la pirámide del Tajín, se sube en una historia que durará 24 horas a la vista de los seguidores y recibirá, a lo mucho, algunas reacciones digitales y comentarios de la familia.

Este cambio en la naturaleza de la fotografía está bien documentado y estudiado. La transición digital lleva preocupando y asustando a los historiadores del arte, teóricos de la imagen y casi cualquier persona que se detenga a reflexionar sobre la imagen fotográfica. Las conclusiones son variadas. Por un lado, hay quienes desde hace décadas vaticinaron el fin de la fotografía y la completa destrucción de la evidencia fotográfica como testimonio documental. Que periódicos, tanto físicos como digitales, sigan usando fotografías prueba que la catástrofe aún no es tal. Por otro lado, hay quienes piensan que la fotografía en redes es una simple continuación del fenómeno de la fotografía analógica, que dio el salto a las plataformas con un cambio ligero de materialidad, pasando de papel y compuestos químicos a una pantalla y códigos digitales.

La realidad, como en muchos otros casos, es un complejo punto medio. Por un lado, la esencia de la fotografía es muy similar, una imagen plana, congelada en el tiempo mediante el click de un botón. Por otro lado, la reproductibilidad fotográfica se ha disparado exponencialmente, las fotografías que se suben a redes tienen el potencial de alcanzar cientos de miles de espectadores en cuestión de horas, cruzar mares y continentes en diálogos visuales y sociales imposibles de predecir o contener.

Estas dinámicas sociales han cambiado el foco de la fotografía, que se convierte de un guardián de la memoria a una declaratoria de localización. Las redes sociales, Instagram, facebook y demás, no son solamente un recopilatorio de recuerdos, sino una declaración social. Estoy aquí. Fui a este concierto. Visité este país en mis vacaciones. Este grupo de amigos estuvo en esta fiesta. Rasgo distintivo de esto es la dificultad que algunas redes tienen para recorrer publicaciones y fotografías de años pasados. Más que recordar, consultamos que hacen nuestros contactos.

En estas dinámicas, la fotografía es una cuestión social. En este mundo hiperconectado, tomamos fotos para compartir lo que vemos. La foto del gato haciendo algo curioso, el reporte de lo que alguien comió. Las historias desaparecen, las imágenes de chats privados son impermanentes, se organizan sesiones de fotos con 10 versiones de la misma pose, donde luego se hace una cuidadosa curaduría para seleccionar la que va a historia diaria, la que se guarda en privado, y la que se manda al chat grupal. Estos ejercicios moldean y modifican las dinámicas sociales. Publicar fotografías en línea se volvió un ritual que permite relacionarse con otras personas. Sin embargo, la sobreproducción y exposición de fotografías ha empezado a generar un efecto contrario.

La generación Z (1996–2010), sobre todo en países desarrollados, vivió su infancia en los inicios de las redes sociales y la sobreexposición de la vida personal. Es hasta cierto punto vox populi que, contrario a sus antecesoras, la generación Z no publica fotografías en redes sociales; algo que, para algunos teóricos, parecería ser el camino del futuro.

Joan Fontcuberta, teórico y fotógrafo español, es quien más aboga por lo que él llama “ecología de lo visual”, una manera de reusar imágenes ya existentes y reducir la creación de nuevas imágenes.[1] ¿Es necesaria una nueva fotografía de la Catedral de Puebla? ¿Verdaderamente necesitamos cientos de videos mal grabados del último concierto de K–Pop?

El panorama de la fotografía digital parecería devastador. Una crisis de saturación de imágenes, pérdida de la privacidad y reducción de la calidad técnica y visual de las imágenes que consumimos diariamente. Una vez más, regreso al punto medio complejo.

Las exigencias del mundo contemporáneo nos obligan a tener cierta presencia en línea, particularmente en ámbitos como el arte o la comunicación. Para artistas emergentes, un perfil cuidado de Instagram es tanto o más relevante como un portafolio propiamente dicho, pues el mundo de las galerías y los museos se mueve particularmente en esa red social. Para estos artistas la fotografía es clave, incluso si usan otros medios de expresión y creación. Pese a ello, un balance es posible, mantener separados perfiles públicos y privados, íntimos y profesionales.

Incluso en los contextos de redes sociales, donde destaca más la aparente saturación y fugacidad de la fotografía, esta sigue teniendo una fuerte cualidad de memoria. Volviendo a Instagram, la red permite conservar y archivar algunas de las historias efímera, dando permanencia a una función pensada para ser fugaz. Recae en el usuario la decisión de la selección de imágenes, una curaduría de la memoria diferente a la selección que exigían las cámaras de rollo, pero con símiles.

La saturación de imágenes y la facilidad de filtros y herramientas de edición para conseguir una fotografía decente parecerían sepultar la necesidad de fotógrafos profesionales o artistas, pero la profesión sigue teniendo relevancia. Entre concursos y exhibiciones, individuos e instituciones siguen buscando la fotografía especial, desde los cursos y talleres que imparte el Centro de la Imagen en México a las reflexiones sobre la “selfexpression” que hace la galería londinense Saatchi. Mientras que el arte digital se apropia de la estética del fallo y el error “glitch”, la fotografía contemporánea reflexiona sobre las selfies, y la estética de las redes.

Los cambios tecnológicos y sociales requieren una necesidad de adaptación por parte de los usuarios y los individuos. Décadas después del advenimiento de la fotografía digital, queda claro que no fue la catástrofe que algunos teóricos esperaban para la fotografía tradicional, pero si alteró la percepción de los usuarios de manera significativa. Mientras que algunos se tuvieron que entrenar para poder reconocer dobles revelados o superposiciones en fotografías, otros aprendieron a reconocer links con virus o imágenes editadas con Photoshop. Actualmente, cada vez más usuarios se ayudan entre sí a reconocer imágenes creadas con inteligencia artificial. Cada nueva tecnología exige nuevos desafíos a sus usuarios, pero como muchas otras, la fotografía está para quedarse.

[1] Joan Fontcuberta, “Manifiesto postfotográfico,” La furia de las imágenes, p. 39

Más Articulos