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Si es usted fotógrafo, esto le interesa… Concurso de belleza EL UNIVERSAL, 1920

En los años veinte del siglo pasado, la fotografía se estaba consolidando como medio de comunicación masivo en las páginas de los diarios ilustrados. En este contexto, el periódico El Universal promovió su “Concurso de Belleza” para encontrar “a la mujer más bella de la República Mexicana” (El Universal, 5 de abril de 1920). El “gran premio” para la ganadora sería el título de “La Belleza Mexicana de 1920”, un diploma, una medalla de oro con su nombre y, de manera sobresaliente para nuestra mirada actual –acostumbrada al registro audiovisual y publicación inmediata de casi todo–, también se le premiaría publicando su retrato fotográfico “a plana entera y a colores” en las próximas ediciones en cromograbado que inauguraría el periódico.

Tal importancia y novedad constituyó entonces aparecer en la prensa —¡y a color!—, pues hacía apenas 26 años, en 1894, Rafael Reyes Spíndola había creado el primer semanario con fotografías en la Ciudad de México. A partir de esas fechas la difusión de noticias, avisos, anuncios comerciales y notas culturales ilustradas fotográficamente en los periódicos transitó por distintas etapas: el final del Porfiriato, el cambio de siglo y la primera guerra del siglo XX, la Revolución mexicana; todo ello opacó en cierta medida el crecimiento del medio en sí mismo. Aun así, tanto las revueltas armadas como los acontecimientos políticos y culturales que siguieron a ellas constituyeron un amplio catálogo de sucesos y novedades que fue importante comunicar, y la imagen fue su salida óptima.

Durante la posrevolución la prensa ilustrada tuvo mayor cabida, no solo por los adelantos técnicos, sino por su evidente potencial comunicativo en medio de la reorganización política y sociocultural del país. Así, el Estado continuó subvencionando títulos que difundían sus mayores logros mientras condenaban a sus detractores; pero también existieron publicaciones independientes promoviendo intereses particulares, principalmente ligados al poder económico. En conjunto, la prensa ilustrada de los años veinte generó sus propios y nuevos públicos. Las dinámicas sociales que fomentó en sus páginas, además de la continua demanda por noticias sobre los conflictos bélicos y políticos a nivel local y mundial, estuvieron influenciadas por el comportamiento de las publicaciones extranjeras y sus audiencias.

Las revistas ilustradas mexicanas buscaron alternar el contenido crudo del fotoperiodismo y atender otros temas e intereses como la moda, los deportes o la cultura. En este sentido, se enfocaron en el público habitual de la prensa desde el siglo XIX: las mujeres de clase social acomodada. Además de ser su mayor consumidora, la figura de la mujer en los diarios estuvo más presente que otros sectores poblacionales. Sus representaciones se configuraron bajo diferentes esquemas estéticos, pero a inicios de los años veinte mexicanos el estilo más practicado fue el pictorialista, mediante el cual se intentó dotar a la fotografía de cualidades propias de la pintura para incrementar su apreciación acercándola al ámbito del arte, al que se consideraba ajena.

El Universal, el gran diario de México, fundado por Félix Palavicini en 1916, de distribución nacional, editó desde 1917 su “Semanario Artístico Popular”, El Universal Ilustrado, cuyas portadas se imprimían en tricromía sobre papel couché, y los interiores a una tinta en papel revolución.

Ambas publicaciones tenían secciones con notas sociales y culturales; no obstante, a diferencia del diario, el semanario había nacido con el propósito de dar mayor espacio a la imagen que a la palabra. De hecho, en sus primeros meses El Universal Ilustrado presentó los retratos de sus “Colaboradores Fotográficos” (19 de octubre de 1917): Martín Ortiz, José Arriaga, Heliodoro J. Gutiérrez, Emilio Lange y Adolfo de la Porta. Todos eran fotógrafos profesionales con sus propios y afamados gabinetes de retratos instalados en la mejor zona comercial de la Ciudad de México.

Otras empresas publicaron suplementos similares. Por ejemplo, Revista de Revistas, el semanario nacional, estaba en circulación desde 1910 y El Hogar, que dirigió una mujer, Emilia Enríquez de Rivera, duró de 1913-1942; fueron antecedentes de Jueves de Excelsior, impreso a partir de 1917. Incluso entre las páginas del diario Excelsior se incluyó semanalmente la sección México en Rotograbado, con imágenes impresas en una calidad superior. Así, la fotografía en las revistas, especialmente en las secciones de sociales, significó un nuevo espacio laboral para los estudios y para la escuela pictorialista, donde predominó la intención artística ligada a la belleza y a lo femenino. Los diarios solicitaban a las damas de distintas comunidades o estados que enviaran su mejor retrato con el fin de documentar su participación en eventos sociales: un festejo, una boda, una presentación… pero también convocaban a los fotógrafos para que presentaran sus trabajos a publicación de manera gratuita a cambio de promocionar su talento entre la potencial clientela. El retrato de estudio estaba en boga y fue aún más popular mediante estos instrumentos.

En el contexto del “Concurso de Belleza de ‘El Universal’ de 1920”, el papel de los retratistas fue relevante al grado de que los organizadores decidieron otorgar un premio independiente a quien enviara la mejor fotografía, aunque ésta no retratara a la mujer ganadora del concurso. Por eso difundieron el anuncio que aquí se reproduce, que intentó atraer a los fotógrafos con las preguntas: “¿Necesita buenos objetivos?”, “¿Quiere usted un premio en oro?” Prometiendo a cambio de “sus mejores fotografías” publicidad y dinero.

A este llamado respondieron artistas fotógrafos como el poblano Ismael Rodríguez Ávalos, que recién emprendía en la Ciudad de México después de su gran éxito en la llamada “Ciudad de los Ángeles”; el exalumno de la Academia de San Carlos, Antonio Garduño, conocido ya en la prensa como “el fotógrafo de las novias”; y la fotógrafa independiente apenas hacía dos años, María Santibáñez, que atravesaba una fuerte crisis económica por falta de clientes; entre otros. La fotografía premiada fue la elaborada por Santibáñez, cuya modelo fue la actriz Graciela de Lara. Su retrato se reprodujo al menos en tres ocasiones, dos en El Universal y una, a color, en El Universal Ilustrado; así como en la revista Arte Gráfico, de la Asociación de Industriales de Artes Gráficas y Anexas del D.F. El premio “en oro” fue de 200 pesos, que sirvieron a la fotógrafa para saldar sus deudas, mientras que la difusión de su obra ganadora en la prensa le abrió una puerta hacia el prestigio y éxito que pudo sostener durante toda la década de 1920, exponiendo nuevos retratos en esta y otras publicaciones al menos hasta 1932.

106 años después de la celebración de este concurso de belleza y su rama de certamen fotográfico ¿qué preguntas despierta la relación entre fotografía y arte, entre belleza y mujeres? ¿Qué implicaciones tiene hoy la imagen fotográfica en el ámbito de los concursos, cómo se valora, cómo se difunde y cuáles son sus alcances? El anuncio de 1920 nos muestra con su propia estética las pautas esperadas en las obras concursantes, ¿qué tanto se han transformado esos cánones? ¿cómo sería hoy una convocatoria similar?, ¿qué se premia, qué se castiga, cómo se concursa? ¿quién ganaría?

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