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El Plan México, los polos de desarrollo y la Frontera Norte: ¿hacia una nueva estrategia territorial?

La economía mexicana atraviesa un momento de redefinición. La reconfiguración de las cadenas globales de valor, las tensiones geopolíticas y la próxima renegociación del T-MEC han colocado nuevamente a México y a su frontera norte en el centro de la integración productiva de América del Norte. En este contexto, el Plan México, impulsado por el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, propone una estrategia que busca ir más allá del crecimiento basado exclusivamente en exportaciones, mediante la articulación de polos de desarrollo regional orientados a fortalecer el mercado interno, los encadenamientos productivos y la cohesión territorial.

Cabe destacar que el patrón de inserción internacional de México se caracteriza por una elevada concentración geográfica del comercio exterior. Actualmente, más de 80 por ciento de las exportaciones mexicanas se dirigen al mercado estadounidense, proporción que en varios estados fronterizos supera 90 por ciento. Esta dependencia ha generado importantes beneficios en términos de empleo y crecimiento, pero también ha expuesto las limitaciones de un modelo basado en bajos costos laborales y escasos encadenamientos productivos. Diversos estudios han señalado que, a pesar de la magnitud del sector manufacturero de exportación, el contenido nacional de la producción sigue siendo reducido en múltiples ramas de la industria maquiladora, frecuentemente por debajo de 30 por ciento. Esta estructura limita la difusión de los beneficios del comercio hacia proveedores locales y regiones no integradas directamente a las cadenas globales de valor.

Polos de desarrollo y política territorial en el Plan México

En este escenario, los polos de desarrollo propuestos en el Plan México representan un intento por reorientar la política económica hacia un enfoque territorial e industrial más integral. Inspirados en la tradición estructuralista latinoamericana, estos polos buscan concentrar inversión pública, infraestructura, capacidades productivas y formación de capital humano en regiones estratégicas, con el objetivo de generar efectos de arrastre sobre el resto de la economía.

De esta manera, la creación de polos responde a la necesidad de enfrentar la heterogeneidad estructural de la economía mexicana, donde coexisten sectores altamente productivos con amplios segmentos rezagados. Esta desigualdad se manifiesta claramente en el territorio: mientras algunos estados de la frontera norte registran niveles de PIB per cápita comparables a los de economías de ingreso medio alto, diversas entidades del sur sureste presentan niveles considerablemente menores.

Cabe destacar que el Plan México plantea que los polos de desarrollo no deben limitarse a atraer inversión, sino promover encadenamientos productivos locales, innovación tecnológica y mayor participación de empresas nacionales. En el marco del Plan México, los polos de desarrollo se conciben como instrumentos de política pública orientados a coordinar inversión en infraestructura productiva, energética y logística, junto con programas de formación de capital humano, innovación tecnológica y fortalecimiento de proveedores locales. Estas acciones buscan aprovechar las ventajas específicas de cada región del país, promoviendo una mayor articulación entre empresas, gobiernos locales e instituciones educativas.

La frontera norte como laboratorio de desarrollo regional

En el caso de la frontera norte, los polos de desarrollo adquieren una relevancia particular al vincular el fenómeno del nearshoring con objetivos de mayor contenido nacional, transición energética y mejora de las condiciones laborales, con el fin de transformar la integración comercial en un proceso de desarrollo regional más equilibrado y sostenible. Los estados de la frontera norte, por su proximidad con Estados Unidos, su infraestructura industrial y su experiencia en la manufactura, son un espacio fundamental para la articulación de polos de desarrollo orientados al nearshoring. No obstante, el reto consiste en transformar la integración comercial en desarrollo regional sostenible, evitando que el crecimiento se concentre solamente en enclaves exportadores.

Desde esta perspectiva, los polos de desarrollo en la frontera norte pueden funcionar como laboratorios de política pública, donde se combinen inversión en infraestructura, fortalecimiento de proveedores locales, transición energética y mejoras en las condiciones laborales. El éxito de esta estrategia dependerá de la capacidad del estado para coordinar actores públicos y privados, así como de articular la política industrial con objetivos sociales y territoriales.

Experiencias de clusters productivos en México

Las experiencias de clusters o aglomeraciones productivas en México ofrecen elementos útiles para reflexionar sobre el alcance y los límites de los polos de desarrollo propuestos en el Plan México. Si bien estos procesos no siempre han sido resultado de una política industrial explícita, su evolución permite identificar condiciones clave para la articulación territorial del crecimiento económico.

En la frontera norte destacan los clusters de electrónica y dispositivos médicos, particularmente en Baja California y Chihuahua. Estas aglomeraciones productivas han generado empleo y una fuerte inserción en cadenas globales de valor; sin embargo, su desarrollo ha estado marcado por una elevada dependencia de insumos importados. Este rasgo refuerza el argumento de que los polos de desarrollo deben orientarse a fortalecer capacidades productivas locales y no solo a la atracción de inversión extranjera.

Adicionalmente, un caso ampliamente documentado es el cluster automotriz del Bajío, que abarca entidades como Guanajuato y Aguascalientes. Esta región ha logrado atraer inversiones de empresas armadoras y proveedoras de distintos niveles, apoyadas en infraestructura logística y parques industriales. No obstante, diversos análisis señalan que, pese a su dinamismo exportador, los encadenamientos con proveedores nacionales de mayor valor agregado siguen siendo limitados.

Finalmente, el cluster aeroespacial de Querétaro muestra una trayectoria distinta, caracterizada por una mayor vinculación entre empresas, instituciones educativas y centros de investigación. Esta experiencia ilustra el potencial de los polos de desarrollo cuando se combinan inversión productiva, formación de capital humano y coordinación institucional, elementos centrales en la estrategia del Plan México.

En este contexto, el Plan México y su énfasis en los polos de desarrollo representan una oportunidad para replantear la relación entre crecimiento económico, integración comercial y desarrollo regional. La frontera norte, lejos de ser solo un espacio de exportación, puede convertirse en un eje articulador de una estrategia más equilibrada, capaz de generar encadenamientos productivos, reducir desigualdades territoriales y fortalecer la soberanía económica del país.

Puede concluirse que la política de polos de desarrollo presenta desafíos considerables. Sin una política industrial coherente, una coordinación efectiva entre niveles de gobierno y una visión de largo plazo, los polos de desarrollo corren el riesgo de reproducir las asimetrías existentes. El debate abierto por el Plan México invita, por tanto, a reflexionar sobre el papel del estado, el territorio y la industria en la construcción de un modelo de desarrollo más incluyente para México.

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