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Los polos de desarrollo del Plan México y los retos para superar las desigualdades territoriales

Desde su anuncio por parte del gobierno federal a inicios de 2025, el Plan México ha planteado la creación de corredores industriales y, en torno a ellos, los denominados Polos de Desarrollo para el Bienestar (Podebis), estos consisten en áreas delimitadas destinadas a la construcción de parques industriales orientados hacia lo que llaman sectores estratégicos.

Uno de los principales retos que enfrenta este proyecto radica en las profundas diferencias territoriales preexistentes entre regiones. El Plan México y los polos de desarrollo no parten de un terreno homogéneo ni de una “cancha pareja”. El territorio, en sí mismo, es un espacio donde se reproducen y profundizan desigualdades de diversa índole. Si bien el objetivo de cualquier estrategia de desarrollo de largo plazo debería ser reducirlas, es necesario dimensionar que muchas de estas brechas representan obstáculos estructurales difíciles de superar. El propósito de estas reflexiones es reconocer la complejidad del Plan México y subrayar que la reducción de las desigualdades territoriales debería colocarse entre los objetivos prioritarios de esta estrategia.

Antecedentes: distribución territorial desigual de la industria

La desigualdad socioeconómica entre las regiones del país está estrechamente vinculada con sus perfiles o vocaciones productivas, que han marcado el rumbo del desarrollo de cada entidad federativa. A esta escala de análisis es posible identificar patrones regionales claros de actividad económica. En las entidades del centro hacia la frontera norte predominan las actividades manufactureras. Tras la apertura comercial y la firma del TLCAN, la industria automotriz se consolidó como un sector estratégico que articuló el desarrollo regional. Ciudades como Aguascalientes, León, Puebla o Saltillo experimentaron un notable auge económico gracias a la llegada de armadoras que detonaron cadenas productivas e impactaron positivamente en su entorno regional. Como resultado, se configuraron patrones de especialización regional bien definidos: el Bajío y el Norte presentan, desde entonces, un perfil industrial acompañado de indicadores relativamente favorables de desarrollo económico.

En el centro del país, y particularmente por el peso económico de la ciudad de México, si bien existe actividad industrial, destacan sobre todo los servicios financieros, profesionales, el comercio y el transporte, sectores que han definido la vocación económica de la región. En contraste, el sur-sureste no recibió en esos años un impulso comparable para promover el desarrollo industrial, manteniéndose principalmente un perfil agropecuario y turístico. Actualmente, esta región presenta condiciones de alta vulnerabilidad socioeconómica, siendo Chiapas, Guerrero y Oaxaca las entidades con mayores rezagos, según diversos indicadores. En este sentido, un buen inicio del Plan México debería ser priorizar a las regiones con mayor vulnerabilidad económica y social. De no hacerlo, existe el riesgo de que las desigualdades no solo persistan, sino que se profundicen con el tiempo.

Si se deja a las entidades competir libremente por la atracción de capitales nacionales y extranjeros, es previsible que las regiones con mayores ventajas, ubicadas en el centro-norte y el bajío continúen posicionándose como las “ganadoras”. Mientras tanto, el sur-sureste podría quedar aún más rezagado, alejándose del promedio nacional y ampliando la brecha respecto a las regiones más dinámicas. Ante este panorama, el papel del Estado resulta indispensable para promover el desarrollo en todo el territorio nacional, con especial énfasis en las regiones con mayores rezagos. No obstante, alcanzar este objetivo al mismo tiempo que se impulsan sectores estratégicos que requieren condiciones mínimas para despegar,  no es una tarea sencilla ni existen recetas únicas para lograrlo.

Sectores estratégicos y vocaciones productivas

De acuerdo con el Plan México, se contempla la construcción de varios corredores industriales que albergarán polos de desarrollo en los que se instalarán empresas conforme a los sectores estratégicos asignados a cada región. Estos sectores se definen, en principio, con base en la vocación productiva de cada entidad federativa, lo cual implica reconocer las particularidades locales.

Sin embargo, uno de los riesgos a considerar conforme avanza la implementación del Plan México, es limitar el análisis únicamente al perfil individual de cada entidad. Resulta igualmente necesario visualizar el mapa completo del país, reconociendo sus desigualdades desde una perspectiva integral que permita identificar no solo dónde existe mayor potencial productivo, sino también dónde hay mayor necesidad o urgencia de canalizar recursos y esfuerzos. En este sentido, se vuelve fundamental impulsar y, al mismo tiempo, proteger a las regiones históricamente desfavorecidas por la apertura comercial, especialmente el sur-sureste, así como a entidades que no lograron articularse plenamente ni en los servicios ni en la industria, como Sinaloa o Michoacán que, además, enfrentan retos adicionales en materia de seguridad.

La competencia territorial y las desigualdades regionales

El Plan México contempla la articulación de corredores industriales con una visión de política industrial de alcance regional como se muestra en el cuadro 1; aquí reaparece una encrucijada central: no todas las entidades, ciudades o regiones parten de las mismas condiciones para impulsar estos polos de desarrollo.

No es equivalente promover sectores de alta tecnología, como el aeroespacial o los semiconductores, en entidades que ya cuentan con capacidades instaladas como Querétaro o Jalisco, que hacerlo en regiones donde no existen las condiciones básicas para un desarrollo equilibrado. Estas capacidades incluyen infraestructura carretera y servicios esenciales para la industria (electricidad, agua, gas e internet), así como infraestructura educativa, de salud y vivienda. A ello se suman las capacidades técnicas de la mano de obra y la posibilidad de formar capital humano especializado. La desigualdad territorial también se observa en la concentración de profesionistas en investigación y desarrollo (I+D). Estos indicadores muestran nuevamente el patrón de desigualdad ya conocido.

Si bien es poco probable que sectores estratégicos de alta tecnología surjan de manera espontánea en regiones donde no existen condiciones mínimas, y aunque impulsar su desarrollo desde cero implique mayores costos y esfuerzos, reducir la desigualdad territorial debe ser un objetivo central del Estado. Solo a través de una planeación de largo plazo es posible avanzar hacia un desarrollo más equilibrado.

Como reflexión final surge una pregunta clave: ¿debe priorizarse el impulso a los sectores estratégicos o a las regiones? No existe una respuesta única ni sencilla. Sin embargo, tratándose de un proyecto de interés nacional y reconociendo la deuda histórica con el sur del país, mi postura es que primero debe cuidarse y fortalecerse a la región, y posteriormente al sector. Esta es, desde luego, una opinión que busca abrir el debate.

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