En nuestra entrega pasada, querido lector y esperando que la haya disfrutado, abordamos las problemáticas que enfrentan algunas poblaciones humanas alrededor del mundo y a quienes se les ha denominado refugiados climáticos. Pero si hablamos de la enorme cantidad de problemas ambientales que nos rodean y que de manera directa o indirecta nos afectan, desde esa perspectiva todos somos refugiados climáticos; tan solo basta ver a nuestro alrededor: residuos sólidos urbanos y sus lixiviados que no son manejados adecuadamente, mala calidad del aire, aguas subterráneas y superficiales contaminadas, alimentos cultivados con aguas residuales, sin contar pesticidas e insecticidas que también contaminan los alimentos, matan a los polinizadores, insectos principalmente, aunque hoy sabemos que estos productos agroindustriales tienen efectos en otras formas de vida. Insistimos, incluida la nuestra. Microplásticos que hoy se encuentran en nuestra sangre y en la leche materna. Estas problemáticas ambientales, de una u otra manera, nos afectan a todos; por ello sostenemos la idea de que hoy en día cada uno de nosotros es un refugiado climático.
Sin el afán de minimizar los graves problemas de salud, seguridad alimentaria, pérdida de tierras idóneas para la producción de alimentos y desplazamientos forzados a causa del deterioro ambiental, en esta ocasión hablaremos de los otros refugiados climáticos y de los que sí se habla en términos de especies amenazadas, pero no así de la vulnerabilidad de su hábitat o de estos hábitats compartidos que a su vez forman parte de corredores biológicos. Especies carismáticas e icónicas como el jaguar ven día con día cómo su hábitat desaparece, pues los bosques tropicales son deforestados a gran velocidad. Tan solo en el periodo de 2021 a 2024, de acuerdo con lo reportado por la Conafor, se deforestaron 85 mil 669 has. por año, lo que evidentemente pone en riesgo no solo a las especies como el jaguar, sino a miles de especies más. Si entendemos la deforestación como la pérdida permanente de la vegetación forestal por causas inducidas o naturales, implica el cambio de uso de tierra forestal a cualquier otro uso de la tierra, tales como el uso agrícola, praderas, asentamientos humanos, humedales u otras tierras (Conafor 2024), entonces comprendemos que plantas, animales, hongos, microrganismos del suelo, se ven afectados. Y no solo eso: si visualizamos a los bosques como las fábricas de agua, ya sean templados como los que encontramos en los volcanes Iztaccíhuatl, Popocatépetl, Malinche y Pico de Orizaba en los que la cobertura vegetal regula el clima propiciando así la precipitación del agua, como los tropicales (selvas), que no solo regulan la temperatura, sino que crean sus propias nubes al permitir la evaporación de la humedad de sus hojas producto de su respiración y de la misma condensación del agua.
Entonces, clarificando ideas, pensemos en un ecosistema en donde por alguna razón se tienen objetivos diferentes a la conservación y se lleva a cabo la deforestación del lugar, dejando a especies de aves, anfibios, reptiles y mamíferos sin hogar y obligándolos a desplazarse a otros sitios en los que tendrán una competencia más cerrada por los recursos, y pensemos también en las lluvias; estas llegarán y erosionarán el suelo del lugar y probablemente la materia orgánica que se encuentra en la capa más externa del suelo, siendo la misma desplazada hasta el río más cercano; entonces no solo ese suelo quedará desprovisto de materia orgánica, sino que ahora tendremos un río con una carga enorme que se desplazará río abajo, gracias al caudal y se irá depositando en diferentes regiones; hasta aquí todo parece favorable. Pero echemos un vistazo con lupa al problema. La región deforestada y ahora erosionada no podrá albergar vegetación que permita la restauración; esas semillas dispersadas por aves y murciélagos caerán en terrenos poco fértiles; los hongos que antes dependían de las raíces de algunos árboles y otras plantas ahora no encontrarán forma de subsistencia alguna; los pocos microorganismos que aún se encuentren en ese suelo seguramente morirán al encontrar un terreno ahora susceptible a la pérdida de humedad y a la poca nula materia orgánica.
Por otro lado, los ciclos bioquímicos se verán alterados, teniendo consecuencias en la dinámica del hábitat de los organismos de ríos, humedales, lagos y lagunas, y si tomamos en cuenta que los sistemas de agua dulce superficial son el hogar de 40 por ciento de las especies de peces, sin contar a las bacterias, gusanos, insectos, anfibios, reptiles, aves y mamíferos que de ellos dependen y que en algunos casos son especies endémicas o algunas de ellas presentan cierto grado de selectividad tanto en su alimentación, lugares en donde se aparean y anidan, desovan, regulan su temperatura, eclosionan, germinan, etcétera. De esta forma, los daños son catastróficos. ¿Y cómo sabemos esto? Mediante el estudio del “caudal ecológico”, el cual es una forma de interpretar la dinámica de los ríos, su ecología y los usos por parte de las comunidades humanas.
Mucho se habla del aumento de la temperatura en el planeta, el aceleramiento del cambio climático y de los efectos que este está teniendo en diferentes latitudes; recordemos lo acontecido recientemente en Nepal y la frontera con China, en donde una riada colapsó a toda esta región. Con este ejemplo y todo lo anterior sin duda ya estaremos pensando que indudablemente todos somos refugiados climáticos (incluyendo a todas las formas de vida).
Si quieres saber más, ve a la plataforma nuestrocine.mx y busca el documental ¿Qué les paso a las abejas? (2019), de Adriana Otero Puerto y Robin Canul, en donde las abejas y los humanos son los protagonistas.