El azar y la necesidad

Hacer un resumen del libro El azar y la necesidad, de Jacques Monod (1910-1976) escapa de mi intención, pues podría simplificarse en algo tan sencillo como describirlo haciendo referencia a una verdadera obra maestra, o analizarlo con cientos de libros que abarcan una gran cantidad de ciencias.

Imagen tomada de http://infogen.org.mx/wp-content/uploads/2013/08/cromosomas.jpg

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Junto con los sabios François Jacob (1920-2013) y André Michael Lwoff (1902-1994), formó un grupo de científicos franceses que fueron galardonados con el premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1965, por sus descubrimientos en la síntesis de enzimas desde el punto de vista genético, además de algunos de los intrincados procesos de replicación de virus, dando lugar al nacimiento de la biología molecular.

Monod en su libro, parte de una cita atribuida al filósofo griego Demócrito (c. 460 a. C. – c. 370 a. C.), quien mencionaba que “Todo lo que existe en el universo es fruto del azar y la necesidad”. Pero es realmente sorprendente que hablando en términos cosmológicos, aunque los seres vivos aparentemente somos distintos al resto del universo inanimado, compartimos las mismas leyes de la física que explican el comportamiento de toda la materia.

El lenguaje que utiliza Monod para darle sustento a sus ideas es bastante simple y hasta podríamos decir que coloquial, pero sumergirse en el pensamiento que ubica a la ciencia como la vía protagónica para alcanzar la aspiración de conocer el universo, nos lleva a una lectura analítica, que obliga a la necesidad de establecer pausas entre párrafos y páginas, el retorno obligado a capítulos enteros y sobre todo, ese fenómeno extraño de encontrar conceptos nuevos que nacen de lecturas que ya se habían llevado a cabo. Con lo anterior quiero decir que independientemente del número de veces que tomemos este pequeño libro de apenas doscientas y tantas páginas (no llega a las 210), encontraremos ideas, en innumerables ocasiones, que nos harán reconsiderar nuestras percepciones.

Cuando los seres humanos nos enfrentamos al conjunto de fenómenos que identificamos como vida, además de recibir el impacto del asombro, caemos en la frustración y la incertidumbre pues no alcanzamos a comprenderla, ni siquiera en sus semblantes más básicos. En apariencia percibimos marcadas diferencias entre lo inerte como la tierra, el viento, el aire y el agua, en comparación con las plantas, los animales, los hongos y hasta los microbios. Sin embargo, a medida de que se va desarrollando el conocimiento de los fenómenos físicos, químicos y biológicos, se encuentran elementos de coincidencia en función de las leyes naturales que rigen todo el cosmos. Entonces el concepto de la vida adquiere otra dimensión, pues a medida que pasa el tiempo y se incrementa el entendimiento, se va haciendo menos probable encontrar principios y leyes naturales que exclusivamente se apliquen a los seres vivos. En pocas palabras, hablamos de la física, la química y la biología en interacciones fascinantes y tan complejas, que nos llevan a la necesidad de pensar en un orden superior que debió haberse dado por un diseño preconcebido. Surge la necesidad de recurrir a la explicación de lo divino como elemento creador, para poder compensar nuestros huecos de comprensión que nos permita la comodidad de sentir seguridad en la percepción de nuestro origen y hacia a dónde vamos.

De aquí parte el irreconciliable concepto de la creación o la evolución que ha marcado divisiones en los seres humanos desde tiempos inmemoriales, con repercusiones pedagógicas, educativas, políticas, culturales y prácticamente en todas las esferas del comportamiento social.

Evidentemente hablamos de un problema; sin embargo, el apasionamiento con el que se aborda, siempre crea malentendidos, confusiones, tergiversaciones y desbordantes exaltaciones. Pero bajo una óptica juiciosa, los conceptos de evolución y creación no necesariamente deben plantearse como algo mutuamente excluyente, independientemente de que en efecto existen percepciones creacionistas que son incompatibles con la evolución y lo contrario, es decir, un evolucionismo que rechaza la visión creacionista de la vida. De hecho, he encontrado fanáticos religiosos que me afirman contundentemente que no existen suficientes evidencias científicas para demostrar el origen de la vida y sin embargo, aceptan como un dogma de fe, la existencia de un ser creador sin que necesariamente tengan que someter sus creencias a un proceso de demostración.

Sin desear que se polemice sobre este asunto, se debe partir de que el universo tuvo un principio y de que es evidente el fenómeno constante de evolución. Pero evidentemente el azar, es decir el suceso casual que da lugar a un acontecimiento, se encuentra presente en muchas manifestaciones de la naturaleza. Puede haber pequeños remolinos de viento que surgen de una cantidad impresionante de variables y que solamente nos llaman la atención, cuando en una forma descomunal, se transforman en tornados devastadores; sin embargo, ambos eventos, no alteran la presencia del aire y tienen el azar como una constante. Así funciona la biología molecular que Monod describe en forma particularmente elegante.

La evolución ha dejado de ser una teoría para ser un hecho ya demostrado y quien haga un planteamiento de que no es así, debería comprobar que no existe, condición extremadamente complicada pues muchas áreas del conocimiento la han dado por sentado a través de innumerables estudios.

Si pensamos en la genética y la variedad de todos y cada uno de los seres vivos en diferencias sutiles pero también determinantes, tenemos que imaginar procesos de azar que nos hacen diferentes. Tengo material genético heredado de mis padres y soy un individuo biológicamente distinto, a cada uno de mis hermanos. Este principio se da inclusive a nivel celular.

Después de leer El azar y la necesidad creo que he encontrado un sentido a mi vida, al margen de la religión. Puedo comprender, aunque sea en una mínima parte lo que la naturaleza me muestra en una forma cotidiana y en una proporción formidable, crece mi capacidad de asombro ante los sucesos aparentemente más insignificantes. Esto me brinda más felicidad, dudas, expectativas e inquietudes que le imprimen dinamismo a mi vida; de modo que lo prefiero, antes que cruzarme de brazos y someterme al argumento de inmutabilidad del universo, que fue creado por un ser superior, bajo un plan estático y un principio definido.

Fuente: Título original. Le hasard et la nécessité (Essai sur la philosophie naturelle de la biologie moderne, 1970) Jaques Monod. Traducción al Español por Francisco Ferrer Lerín. Ed. Planeta Mexicana, 1993.

 

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