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Eclipses y embarazo

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Es común que en las poblaciones rurales se piense que si una mujer embarazada se expone a un eclipse o bien, que si mira a la Luna llena, tendrá el riesgo de que su hijo tenga una malformación congénita, específicamente labio leporino.

En el medio urbano, habrá quien esboce una sonrisa ante esta conducta. Menospreciamos las ideas que se contraponen a la nuestra y de inmediato calificamos o descalificamos a quienes reflexionan distinto.

Pienso mucho en esto, pues si analizo, con lógica y sentido común, qué es lo que en un momento dado podría afectarme en función de un eclipse (entendiéndolo como la proyección de una sombra en un cuerpo celeste, en este caso el Sol y la Luna, con la Tierra), forzosamente debería de pensar en la fuerza de atracción gravitatoria. Impresiona cómo por efecto de la Luna, se dan las mareas que podemos observar en las costas y las playas. Si la Luna puede influir en algo tan grande como el mar, por supuesto se antoja lógico que debe de generar un tipo de influjo en nosotros, diminutos seres humanos. De hecho la palabra influenza viene de “influencia”, por supuesto, de los astros sobre nosotros.

Siempre me ha parecido conmovedor que Isaac Newton (1642 – 1727) pudiese deducir la forma en que dos cuerpos se atraen, de acuerdo a una ley que establece, cómo existe un elemento de atracción entre los cuerpos, que es directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de su distancia. Aparentemente esto es muy difícil de comprender; sin embargo, realmente no es algo tan complejo. En la medida en la que un cuerpo sea más grande, ejercerá un proceso de atracción más intenso, sin embargo, esta fuerza disminuirá en la medida en la que se aleje. La genialidad de Newton se puede percibir en la forma en la que estableció los cálculos, para poder comprobar esta afirmación, teniendo como elemento de demostración el comportamiento de los astros, que ya habían establecido otros sabios como Domingo de Soto (1494 – 1560), Johannes Kepler (1571 – 1630), Tycho Brahe (1546 – 1601) y Robert Hooke (1635 – 1703).

Si yo, médico, estoy frente a una persona enferma, puedo deducir que un cuerpo ubicado en el cielo, va a estar ejerciendo una fuerza sobre mi interlocutor. Esto es cierto; sin embargo, es necesario considerar que debido a la distancia, aunque mi masa es mucho menor que la de un astro, como estamos más cerca, mutuamente (el enfermo y yo), nos afectamos más, hablando en términos gravitatorios. Esto no se puede percibir con facilidad. Es muy difícil medir lo que percibimos, incluyendo la fuerza de atracción amorosa.

La construcción de este modelo de pensamiento requiere de un poco de educación básica, que en algunas personas pasa a formar parte del cúmulo de los olvidos. Realmente no hay problema. Es mucho más sabroso simplemente ver a la Luna, que estar pensando en las fuerzas gravitatorias y la forma en la que nos afectan. Sin embargo, es particularmente común que se menosprecie al conocimiento tradicional y hasta folclórico, cuando en el medio urbano encontramos fabricaciones de pensamientos incomprensibles, como el movimiento “antivacunas”, los terraplanistas, es decir, aquellas personas que están convencidas de que la Tierra es plana, los conspiracionistas, aquellos que promueven la idea de que el centro de la Tierra es hueco y habitado por una especie de seres llamados reptilianos y un sinfín de ideas que, sin tener un sustento científico, se encuentran firmemente aferradas en el pensamiento de gente, incluso extraordinariamente preparada. Personalmente no puedo criticar a una persona que se niegue a ser vacunada, como tampoco puedo convencer a una mujer embarazada del medio rural a que mire los eclipses sin temor a que su hijo llegue a padecer una enfermedad congénita. Aquí el caso es que estas posturas deben de ser estudiadas para poder establecer estrategias orientadas a prevenir enfermedades y conductas que socialmente, son inconvenientes para poder construir sanas convivencias sociales.

A través de los siglos se van estableciendo normas que sorprenden en lo absurdo y al mismo tiempo, en lo coherente; sin embargo, aunque en este momento creemos que el método científico representa la mejor forma de conocer el mundo y el universo, definitivamente es una herramienta que nos brinda algo parcial y no nos ofrece el conocimiento certero en una forma totalmente completa.

Ahora se utiliza la ley de la gravitación para poder estudiar a escala, el comportamiento del sistema planetario solar; sin embargo, ya sabemos que teóricamente está desfasada y para estudiar el fenómeno gravitatorio en su forma total, es necesario referirse a la teoría de la relatividad general. No es que Newton estuviese mal, pero definitivamente su conocimiento fue incompleto.

Así se van generando las formas de pensamiento, mezclando en representaciones impredecibles, ideas, conceptos, opiniones y percepciones que pueden partir de observaciones y parecer concluyentes aunque escondan un alto grado de falsedad. Es particularmente común dejarse llevar por el apasionamiento y el arrebato, generando errores conceptuales que son vistos y juzgados de acuerdo a una generalidad, que se califica a sí misma como verdad, dependiendo del número de individuos que la crean y la divulguen; sin embargo, a final de cuentas podemos concluir, que como dijo el poeta español Ramón María de las Mercedes (Pérez) de Campoamor y Campoosorio (1817 – 1901), mejor conocido como Ramón de Campoamor: En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira.

 

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