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Pancho Villa

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La División del Norte

 

Katz, Friedrich. (2018). Pancho Villa 1, México: Ediciones Era, Primera edición en Bolsillo.
Katz, Friedrich. (2018). Pancho Villa 1, México: Ediciones Era, Primera edición en Bolsillo.

o los sombreros de los hombres, o arrancan el rifle de manos del amante para unirse a la balacera; las alegres horas del polvoriento viaje en que las sonoras guitarras consuelan a los compañeros que reposan la cabeza en el regazo de sus damas; las largas esperas soñolientas en el calor del mediodía mientras las máquinas beben en los tanques de agua, la siesta acalla las conversaciones y el único sonido perceptible es el zumbido de la cigarra, inmune al ardiente calor del desierto que se levanta en oleadas sobre el gris perfil de las montañas; las veladas en torno a las generosas fogatas, tras una cena de tortillas y tasajo; la aguda algarabía de los niños, la conversación en voz baja de las esposas y la risa estrepitosa de las otras mujeres que siguen a los campamentos; las fanfarronadas pendencieras de los hombres, y el sueño profundo para todos, el silencio que reina sobre el desierto de plata, sólo roto por el tembloroso aullido ocasional de un coyote y, allá lejos, las leves notas tintineando de un sinsonte.

El tren hospital se hallaba justo atrás del tren que transportaba las tropas.  Cuarenta vagones esmaltados por dentro, que llevaban en el costado una gran cruz azul y la leyenda “Servicio sanitario”, atendían a los heridos que llegaban del frente. Estaban equipados con lo último en instrumentos quirúrgicos y su personal consistía en sesenta competentes médicos mexicanos y estadounidenses. Cada noche los trenes de enlace trasladaban a los heridos graves de regreso al hospital base, en Chihuahua o en Parral.

Un derecho que sus hombres obtuvieron de Villa fue el de permanecer en unidades derivadas de sus comunidades de origen. Hubo un caso en que Villa intentó abolir ese derecho y fracasó por completo. Había decidido que necesitaba una infantería eficaz. Con todo el ejército en posición de firmes, escogió a todos los que no tenían caballo y los destinó a una unidad de infantería que estaría al mando de Gonzalitos, uno de los más cercanos colaboradores de Ángeles. Cuando Gonzalitos acudió al día siguiente a pasar revista a su unidad, no encontró a nadie. Sencillamente todos los hombres habían regresado a sus antiguas unidades, y Villa tuvo la sabiduría suficiente para no imponerse.

La popularidad de Villa y los incentivos que ofrecía para incorporarse a su División del Norte atrajeron a una masa cada vez más heterogénea de voluntarios, animados por los motivos más diversos.

Cuando John Reed habló con los soldados villistas en 1914 le impresionó la variedad de razones que le daban para unirse a la revolución. Un capitán, Fernando, le dijo: “Cuando ganemos, habrá un gobierno de hombres, no de los ricos. Estamos cabalgando sobre las tierras de los hombres. Antes pertenecían a los ricos, pero ahora nos pertenecen a mí y a los compañeros”.

Juan Sánchez, un simple soldado, respondió a la pregunta de Reed “¿Por qué pelea usted?” de la siguiente manera: “Porque es bueno pelear. No tengo que trabajar en las minas…” Otro soldado, Manuel Paredes, dijo: “Para devolverle la presidencia a Francisco I. Madero”. Obviamente no se había enterado de que Madero había sido asesinado. Otro, Isidro Amayo, respondió “Peleamos por la libertad”. Cuando Reed le preguntó: “¿qué quieres decir con libertad?”, Amayo contestó: “Libertad es que puedo hacer lo que quiera”. Entonces Juan Sánchez le preguntó a Reed: “¿Hay guerra en Estados Unidos?”. “No, mentí, no hay ninguna guerra”. Meditó un momento. “Entonces, ¿cómo pasan el tiempo?”.

En las entrevistas realizadas por varios investigadores muchos años después, cuando los revolucionarios eran ya muy ancianos, salieron a la luz opiniones igualmente diversas.

Los hermanos que pronto se convirtieron en dos de los comandantes más famosos de Villa, Martí y Pablo López, se incorporaron a su ejército, según un hermano sobreviviente, “por los maltratos y abusos de los hacendados católicos”. Se sentían explotados por el hacendado Jesús Acosta, del rancho El Pajarito, donde trabajaban. Acosta no sólo les pagaba muy bajos salarios, sino que golpeó una vez a Martín López con el cabestro y otras veces intentó hacer lo mismo con Pablo.

Los motivos que empujaron a Desiderio Madrid Carrasco a irse a la revolución eran muy distintos. “Yo estaba muy joven”, le dijo al entrevistador, “y era muy vago, muy flojo, a mí no me gustaba trabajar. Me gustaba mucho los bailes, las muchachas y echarme unas copas. Mi papá ya me había llamado la atención varias veces, pero nunca le hacía caso. Pero una vez que me emborraché mucho, mis hermanos me corrieron de la casa. Entonces me metí en la guerra, total, dije, que me maten para que me coman los coyotes”.

Pedro Romero era peón en la hacienda de Bustillos cuando estalló la revolución. Cuando el entrevistador le preguntó cuándo había nacido, no pudo recordar la fecha exacta, pero dijo: “Nací en tiempos de la esclavitud” aunque no está claro qué quería decir con “esclavitud”, el término probablemente se refería a su condición de peón endeudado. Trabajaba la tierra y tenía unos quince años cuando cuatro hombres, unos de los cuales era Villa, se le acercaron a caballo y le pidieron que avisara a otro peón, Pablo Martínez: dile de parte de Pancho Villa que ya llegó la hora, que aquí lo espero”, cuando Romero le transmitió su mensaje a Martínez pos pareció que le había dicho que le hablaba mi tata Dios; luego aventó todo, corrió a su casa, ensilló su caballo y nos regresamos de volada. Cuando llegamos le dio un abrazo a Villa y le dijo: “¡Aquí estoy, mi general, a sus órdenes! ” Luego le pagaron el almuerzo a mi mamá y cuando ya se iban voltio Villa y me dijo:

— ¿Cuántos años tienes?

— Quince.

— ¿No quieres venir con nosotros?

— ¿Pos adónde?

— A la guerra.

— ¿Pos pa´qué?

— Para acabar con la injusticia.

— ¿También se acabará la esclavitud?

— También la esclavitud, pero mira, tenemos que pelear. Vente conmigo muchacho, yo te doy armas.

Yo voltié a ver qué decía mi madre, pero ella comprendió que me iba a ir con Villa y me echó su bendición. Así fue como conocí y me fui a la guerra con Pancho Villa. Luego levantamos en armas a la gente de los ranchos vecinos.

 

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