Memoria del bizco
El Bizco Padilla se había hecho futbolista en la cárcel y veía el juego de una manera singular: como una guerra en la que todo valía. Nada más lejano del supuesto espíritu británico de la honrosa competencia o del olimpismo de receta de cocina. Lo suyo era futbol bélico, patria o muerte; del que no quedaban exentas las madres, los árbitros y los mirones.
Tomamos la costumbre de ver juntos los partidos de los Pumas de la Universidad los domingos por televisión. Éramos compañeros ideales, yo porque tenía una televisión a color de treinta y cinco pulgadas, herencia de un matrimonio añejo y él porque comentaba el partido, sustituyendo el sonido que hacía tiempo se había evaporado del aparato y yo nunca había tenido interés en arreglar.
El bizco llegaba media hora antes del encuentro para despertarme; sacaba del cuarto sin muchos miramientos a mi accidental compañera de la triste fiebre sabatina y paseaba por la recámara mientras discutíamos de política,
Una vez iniciado, sus ojos estrábicos se concentraban en la televisión de manera precisa. Las reglas del bizco excluían el fuera de lugar, una mariconada de los árbitros para quitar goles y hacerse odiar; consideraban la carga como algo infantil a no ser que el cargado mordiera el polvo y luego fuera pisoteado; permitían jalarle los pantalones al portero cuando saltaba y decían que tocar la pelota con la mano es falta cuando la ven. En un buen partido debería haber dos o tres madrizas; una pierna rota y alguien sangrando por la nariz le parecían los parámetros normales.
El bizco poseía una noción clarividente de la psicología de los jugadores con verlos tocar la pelota tres veces podía anticipar sus movimientos y sus motivaciones. El bizco sabía mucho de orgullos, manías, hombrías y, sobre todo, sabía mucho de miedos.
—Mira ese mamón, se queja de gratis. ¡si solo lo empujó tantito! Si no le gusta que se vaya para su casa, ese güey.
Curiosamente nuestras reuniones dominicales eran abstemias, la cárcel había hecho del Bizco un militante feroz de Alcohólicos Anónimos y los derechos de autor inexistentes en aquella época me habían condenado al agua de limón, con poca azúcar. Café solo cuando los Pumas goleaban.
Nos habíamos prometido que si nuestras economías mejoraban iríamos al estadio en lugar de acudir ritualmente ante la tele muda. El Bizco era tan bizco que lo mismo daba que te mirara de frente o de perfil, y tenía una cicatriz para meter miedo que le cruzaba la mejilla derecha, de oreja a labio. Otra más de las huellas de la prisión. Lo habían metido al bote a final de los 60, casi en el 70, el último día del año, porque a los diecisiete años era el correo de una guerrilla que nunca actuó y que estaba tan infiltrada que la policía tomaba las decisiones del comité nacional. El que no hubiera actuado no le quitó dos semanas de torturas y un mes de cárcel preventiva que debería haber sido tan malo que no existía en sus recuerdos. Luego fue a dar al penal de Oblatos en Jalisco, en aquellos días el penal de máxima seguridad que tenían los federales.
Allí se hizo futbolista grande, nada de las pataditas del barrio ni los interescolares, nada de deporte: el futbol cabrón del penal. Crujía 7, violadores, delitos sexuales, parricidas, contra la <<P>>, de los políticos. Un promedio de siete lesionados y dos o tres goles del Bizco por partido.
—De cabeza, picado al suelo, para que el portero ni chance tenga con el rebote.
Y luego para celebrar, acercarse al portero caído y escupirle.
Eso hasta que las cosas empezaron a ponerse mal. De eso tampoco solía hablar el bizco. No solía hablar de muchas cosas, por ejemplo, de dónde había nacido. No hablaba de su vida personal; hasta donde recuerdo no tenía familia; a la pregunta de dónde estaba viviendo solía contestar con vaguedades.
Y volvía al tema central:
—Ya mátalo, güey, ¿para qué tienes los codos? ¿se ha fijado, Fierro? Ese muchacho, llegará lejos, es un mañoso, un atleta.
Un domingo, desapareció, y cuando ya empezaba a inquietarme, reapareció al siguiente y en la puerta me dijo de sopetón:
—Si lo cuento, a lo mejor usted lo escribe y si lo escribe a lo mejor dejo de verlo en las noches.
Parecía el prólogo de todo, de la historia esperada, surgida del pasado Pregunté:
—¿Tiene pesadillas, Bizco?
—Tengo de todo —dijo, sentándose ante la televisión que me apresuré a encenderle.
Los Pumas con su uniforme de lujo, el oro y negro, salían al campo y en las tribunas no muy llenas, los aficionados voluntariosos hacían media ola.
—Quién sabe por qué las autoridades nos querían joder y le dijeron al director del penal que nos echara encima a los comunes. En la zona P estábamos como ciento cincuenta de los políticos y había seis mil presos. Y no era día ni noche en que no nos chingaran. Agarraron a un cuate de Saltillo y lo violaron en medio del patio, haciéndonos mirarlo y con cuchillos en la mano. Pura ley de la selva. Castigos a todas horas, meses sin cartas, ni permiso para ir a la librería; sin visitas, saqueos a las celdas, golpizas a cada rato, torturas y así, sin dormir, con los güevos que se te hacían chiquitos viviendo en un puro miedo. El que armaba toda la operación y se la pasaba inventando chingaderas era un cuate muy flaco, que estaba en el tanque por haber matado a su madre para robarla; él era el que recibía el órale del director y el que organizaba aquí y allá, repartía dinero y permisos y paquetes y favores, y lo dejaban traficar con coca y mariguana.
—¿Y entonces?
—Nos organizamos. Montamos un motín y tomamos la sala de guardias. Tal como estaban las cosas era igual morir de tiro que morir de miedo, todo el perímetro interior quedó en nuestras manos. Agarramos como quince escopetas. Duró como tres días el motín hasta que negociamos con los federales.
Otro silencio, los pumas habían metido un gol tempranero y el Bizco lo había dejado pasar.
—¿Y luego?
—Pues se trataba de meterles el miedo en el cuerpo a aquellos culeros, pero no podíamos ponernos a matar a todos, porque era de no terminar, un muerto aquí y luego la venganza… Y entonces organizamos un partido de futbol. Nosotros solos. Presos Políticos contra Presos Políticos, sin pinchi árbitro, con una sola portería, nomás cascareando, los ciento cincuenta, hasta los que no sabían jugar. Y estuvimos dándole media hora en el patio central con todos los demás reculos mirando. Yo metí un gol.
—¿De cabeza?
—¿Cómo crees? La única cabeza que contaba era la del flaco, que la estábamos usando como pelota, Fierro.