Recuerdas tu primera visita al edificio Carolino, al inscribirte en Economía a principios de los años setenta?, cuando te convertiste en alumna de esa nueva escuela, formando una sexta generación dominada por varones, así es que eras una de las admirables seis o siete mujeres que ingresaban a este tipo de estudios profesionales, de una carrera creada en 1965, bajo el rectorado del doctor Manuel Lara y Parra y durante el gobierno de Aarón Merino Fernández, que conoció y sufrió la bien ganada ira social de los poblanos y el despertar del estudiantado democrático, que lo empujaron a renunciar al cargo por entrometerse, entre vacas lecheras, introductores de leche y consumidores citadinos del proteínico líquido, lo que llevó a una vergonzosa caída de su gobierno con la venia plenipotenciaria del implacable Gustavo Díaz Ordaz, hijo prodigio del Colegio del Estado de Puebla y represor abominable del estudiantado defeño, en una criminal agresión cuyas reverberaciones no solo seguían aturdiendo en los años setenta la conciencia de una buena parte de los universitarios del país, sino que se agudizaron con las acciones también terroríficas de su sucesor, Luis Echeverría Álvarez, al ordenar nuevos ataques a los estudiantes un 10 de junio, jueves de Corpus, ocasionando la irrupción de las guerrillas en un país tercermundista que padeció en esa década un enfrentamiento desigual y combinado de policías, ejército y agentes extranjeros contra una juventud envalentonada y milicias campesinas cansadas del autoritarismo, de la soberbia y el cinismo del partidazo, por lo cual las paredes de las calles, los muros de las universidades, y las aulas colegiales y normalistas se cubrían de llamados, de consignas, insultos y demás mensajes coléricos de denuncia pública; tú recuerdas bien esos muros, convertidos en murales con estéticas estridentes y combativas, los veías con simpatía y leías sus consignas sentada allí, en el primer patio del Carolino, con tus compañeras de grupo y otras futuras economistas más, esperando la clase de teoría económica o tal vez la de estadística con aquel muchacho norteño que invadía los pizarrones con sus fórmulas interminables y se divertía con las caras de asombro del grupo con su retórica de variables y sus leyes de probabilidades, exhibiendo la diferencia entre sus saberes y la pobre comprensión de sus aplicaciones, un nudo gordiano del que era mejor escapar a donde se pudiera y seguir disfrutando de la pedagogía democrática, observando los magníficos espacios de los patios carolinos tan útiles para la politización de las masas juveniles, a la que contribuían también los mensajes y símbolos internacionales de la lucha contra la guerra de Vietnam, en favor de la revolución cubana, de la guerrilla del Che Guevara, del heroísmo guerrerense y de cuanta reivindicación social apareciese en el universo inmediato de los sueños liberadores juveniles, sustentados en las ciencias sociales y, por supuesto, en la economía política, esa disciplina que estudiabas en tu escuela, inspirada por las ideas de Marx y Engels, pero también del ruso Vladimir Ilich Ulianov, cuyas imágenes estaban pintadas allí, en aquellos muros que veías diariamente cuando te presentabas a clases, en el primer patio del Carolino, conviviendo con los estudiantes de Contaduría y los chicos y chicas de la Preparatoria Popular Emiliano Zapata, una reciente creación del movimiento universitario democrático, al cual veías con reservas y resquemores, por tus inclinaciones clasemedieras, inculcadas en familia, y que te llevó a serios conflictos ideológicos durante los primeros años de tu razón de ser universitaria, cobijada por las paredes de aquella hermosa edificación colonial llamada el Carolino, de origen jesuítico, pero acondicionado también con aromas liberales y cierto tufillo porfirista que no se pudo disipar ni con los acontecimientos revolucionarios que algún día protagonizaron los hermanos Serdán y los propios estudiantes carolinos maderistas, un acontecimiento que de alguna manera le daban a esos muros una fuerte densidad histórica, más allá de su robusta consistencia material que insuflaban tu orgullo y el de las universitarias poblanas, pioneras de una ciencia económica tan interesante y novedosa en el medio poblano, porque convivían en un inmueble histórico que fortalecía la autoestima de todas esas futuras economistas, a las que mostrabas tus aires de orgullo llevándolas a visitar el interior del edificio del que pensabas que era sin duda un habitáculo de Minerva, cuyo espíritu custodiaba la hermosa biblioteca Lafragua; y fuiste apropiándote cada vez más de aquel edificio, de sus muros, en la medida en que lo recorrías con tus compañeras buscando aulas vacías para recibir las clases de historia económica, moneda y banca, finanzas públicas, planeación y hasta la nueva sociología latinoamericana, la que se abrevaba de las investigaciones de González Casanova; y en esas búsquedas de lugar para la cátedra, de un salón de clases perdido en un edificio sobresaturado de alumnos, te daba el tiempo para socializar con las compañeras, repasar las impresiones femeninas de cada una de ellas sobre maestros y estudiantes del universo carolino, en momentos de ocio que permitían que te acercaras también a los chicos para que te contaran sus vivencias y expectativas estudiantiles, algunas aspiracionales y otras de tintes políticos radicales; eran tardes placenteras que te hacían olvidar la refriega del trabajo matutino y las horas difíciles de la convivencia familiar, eran tardes que te sirvieron para conocer otros rincones del magnífico edificio, con la sobria arquitectura que te paseaba del estilo barroco al neoclásico, con monumentales patios y largos corredores, coronados por bóvedas extraordinarias formadas por hileras de pequeñas cúpulas y linternas, en los que caminabas asomándote a los salones y laboratorios, valorándolos en su conjunto como un auténtico museo de ciencias, porque no habías visto aparatos como éstos en tu vida, tan antiguos y curiosos, y te impresionaba ver el laboratorio de física con viejos instrumentos decimonónicos, y el de química con instalaciones de plomo, matraces, mecheros y otros utensilios que te recordaban los pobres equipamientos para las prácticas académicas en tu prepa Benito Juárez, y por eso te sorprendía toda la parafernalia científica que observabas en el Carolino, la variedad de animales disecados que ilustraban el laboratorio de biología, o más todavía, cuando le tocó recibir a tu grupo una clase en el salón Bertrand Rousell de la Escuela de Físico-Matemáticas, ¿recuerdas?, en el tercer piso del imponente tercer patio, y animaste a tus amigas y compañeros a visitar el palomar para conocer el telescopio que tenía la universidad, tan antiguo como el porfiriato, puesto que se trataba de un observatorio astronómico estrenado en 1909 con motivo del tricentenario de la creación del telescopio de Galileo Galilei, lo que te permitía imaginar el día en que se montó el aparato en su cúpula giratoria:
Vean ustedes, estimados invitados —creías escuchar al director del Colegio del Estado, dirigiéndose a la comunidad científica que lo acompañaba— es un telescopio ecuatorial astro-fotográfico de setecientos kilogramos de peso, donado por el señor presidente Porfirio Díaz, y le comentabas a tus compañeras con cierta sorna que la sola mención del nombre de don Porfirio habría provocado de inmediato un gran aplauso de la concurrencia que interrumpió el discurso del director, quien al concluir los aplausos y loas al dictador continuaría con mayor ahínco su perorata, acercando a la comitiva al instrumento:
Miren ustedes, distinguidos académicos, seguiría diciendo el director con admiración francófila, ha sido construido por la casa R. Malhait de París y sólo existe otro igual en el observatorio de Ebro, en Tolosa, España; de esta manera fuiste descubriendo esos rincones de la universidad y su historia, lo que les provocaba, a ti y a tus amigas estudiantes, un sentimiento de pertenencia, así conocieron el viejo sismógrafo que la UAP utilizaba para medir y reportar los movimientos telúricos de la zona, y encontraron también los restos de un triste elefante gris, disecado, condenado a la inmovilidad, que por sus dimensiones lo tenían al final del corredor principal de la planta baja, junto a los inmundos sanitarios; un viejo elefántido, que si bien había perdido relevancia científica y pedagógica, tenía un nuevo rol importantísimo en la vida estudiantil: oficiaba como testigo silencioso de la infinidad de juramentos de amor, grabados en su piel reseca, pues era una virtual pizarra para que las parejas de la “prepa pop” y de otras escuelas carolinas expresaran allí sus sentimientos más íntimos, en corazones heridos, flechados, ensangrentados de pasión, con los nombres o iniciales de los enamorados muy bien dibujadas, como la leyenda que decía:
Aquí estuvieron Angélica y Goyo, ¡hasta la victoria!, y que seguramente hasta la victoria llegaron, pues habían procreado una hermosa niña, y pensaste que podrías grabar tu nombre junto al del chico de economía que te gustaba, pero te ganó el recato, el sentido del ridículo o tal vez los prejuicios, y decidiste no hacer públicos tus afectos, asunto que valorabas de estricto interés personal y privado;
¡Estoy loca, qué estoy pensando, dios mío, te decías ruborosa, arrepentida de tus pensamientos, y apretabas el paso para seguir recorriendo el edificio, subiendo con tus amigas las pesadas escaleras interiores para visitar la planta alta, en la que dominaban las oficinas administrativas y los grandes aulas protocolarias, como el Salón Barroco o antigua capilla de San José, que estaba en la parte central del Carolino y lo caracterizaba una hermosa bóveda de artesonado en yeso con figuras orgánicas caprichosas y un amueblado con sillería de madera, y detuviste a tu grupo de turistas carolinas para observar cuidadosamente el retablo, ataviado con dos escudos palafoxianos, otro del obispo Álvarez Abreu y uno más de don Melchor de Covarrubias, y le pediste a tu séquito que mirara con mucha atención los muros laterales y la valiosa colección de cuadros diceciochescos, atribuidos al pintor Francisco de León; pero les comentabas que ese salón también tenía vida y que podrían visitarlo a eso de las dos de la tarde para escuchar al coro universitario que vocalizaba y ensayaba sus obras polifónicas, en un lugar que con excelente acústica hacía que el grupo sonara muy bien, para gusto y orgullo de su director, Felipe Calderón, un tipo joven, muy alivianado y con aires de galán sesentero, quien las había invitado a escuchar al coro en la temporada de conciertos universitarios que iniciaba ese año, por lo que pensaste que era una oportunidad para apoyar a ese grupo coral, a sabiendas de que algunos activistas del movimiento universitario, incultos y panfletarios, según te confió el director del coro, habían criticado las obras que cantaban, exigiéndole que incluyera en sus programas canciones para “el pueblo”, lo cual siempre pensaste que era una desfachatez.
¡Hágame el favor!, te decía, como si las canciones de juglares, los madrigales y villancicos no hubiesen surgido del ámbito popular medieval y renacentista y nuestro pueblo no mereciese conocer y disfrutar de este tipo de música; está bien que los militantes se prendan con la nueva trova cubana o con las canciones insufribles de José de la Colina —se lamentaba— pero eso es asunto de cada quien y de otros espacios universitarios; eran críticas del maestro Calderón con las que coincidías plenamente, porque no obstante tus inclinaciones progresistas, nunca aceptarías que se afectara el buen gusto musical y literario que te había enseñado tu hermano, pero ya avanzado el periplo carolino era conveniente que tus compañeritas, como les decías, ese grupo de futuras economistas que paseaban alegres por los corredores de la planta alta, se detuvieran también en el Salón Paraninfo, al que un insigne rector de Sinaloa, recuerdas, le llamaba el “Parafino”, provocando las carcajadas del ingeniero Terrazas, porque siempre fue igual en las visitas de este rector culiche, ya que nunca pudieron convencerlo de su yerro, lo cual ocasionaba también que Rivera Terrazas le dijera a su secretario Medina Viedas, otro sinaloense de cepa, que habría que distinguir entre norteños y norteños, que los de los Mochis, por ejemplo, tragaban carne de culebra y los de su tierra, Bacum, comían carne sagrada de venado, una diferencia que debíase considerar en las comparaciones; pero regresando al salón de marras, el Pa-ra-nin-fo, sabías que era una gran aula destinada históricamente a la inauguración de los cursos, un momento en que se escuchaban las importantes piezas retóricas de los doctos y sabios, y era quizá el más imponente desde el punto de vista académico, que se usaba actualmente para los exámenes de titulación, las reuniones del consejo universitario, en fin, el corazón mismo de la autoridad y el poder universitario, y para ello estaba revestido con la imponente sillería en madera de nogal, rematada al centro con su portentosa palestra, tallada también en madera fina y dedicada a santo Tomás de Aquino, así que bastaba que recorrieras con la mirada esa magnífica cátedra y el claustro en su conjunto para abandonarte en ensoñaciones, con cánticos gregorianos como el Veni creator Spiritu, himno de los jesuitas, y entraras al túnel del tiempo retrocediendo unos cuatro siglos hacia atrás para ver la sillería ocupada por los grandes humanistas criollos: el travieso Sigüenza y Góngora, Alegre y Clavijero, todos portando la sotana negra y el bonete de cuatro picos de la Societatis Iesu, entonces te preguntabas cómo te verías envuelta en ese atuendo, increíble, pensabas, lamentablemente sabías que la S. J. era una secta de varones; pero ya en la realidad te conformarías con hacer en este Pa-ra-nin-fo tu examen profesional y obtener el título de Licenciada en Economía, aunque no lucieses ninguna toga o birrete, bastaba con lograr el codiciado pergamino con la fotografía de tu rostro pegada al lado.
¡Qué emoción!, decías, y siguiendo tus pasos el grupo de mujeres, estudiantes de economía, terminaban su recorrido en la planta alta, donde ahora les decías que toda el ala principal en la parte poniente, lo ocupaba las oficinas del rector, un cargo que ocupaba don Sergio Flores Suárez, químico de profesión y taurino de corazón; por fuera, la fachada lucía siete balcones mirando hacia la Plaza de la Democracia, así nombrada para evocar el vínculo de Francisco I. Madero con los estudiantes del antiguo Colegio del Estado, un acontecimiento que ahora aprovechabas para ilustrar a tus compañeras con más anécdotas.
Mucho se ha escrito, decías, sobre la hazaña de nuestros ancestros, el estudiantado de aquella época, al abrazar los ideales maderistas a contrapelo de las posturas oficialistas de la dirección del Colegio, y precisabas, los estudiantes Alfonso G. Alarcón, Gil Giménez y Luis Sánchez Pontón, líderes del Colegio, sacaron el estandarte oficial de la institución, contraviniendo la prohibición expresa que les hicieron, para mostrarlo en las manifestaciones de apoyo a Madero; por esta razón, concluías, en homenaje a esa alianza histórica entre los estudiantes del Colegio del Estado de Puebla y el maderismo, y para dejar testimonio de que el estudiantado de nuestra Alma Mater se pronunció por las ideas democráticas, “sufragio efectivo, no reelección”, es que esta plaza se denomina hoy Plaza de la Democracia, y volviendo a la actualidad, allí mismo, en el mes julio de 1970, recién inscrita en las escuela de Economía de la UAP, viviste un gran acontecimiento político y cultural, te animaste a asistir a una conferencia que algunos grupos de estudiantes católicos, partidarios de Vaticano II, estaban promoviendo intensamente para realizarse en el salón Paraninfo y cuyo ponente era ni más ni menos que el «Obispo Rojo» de Cuernavaca; este hecho te recordaba algunas conversaciones con uno de tus compañeros más apreciados, quien manifestaba unas curiosas ideas religiosas que llamaban tu atención, ya que tú eras de pensamiento laico, del tipo de Garrido Canabal, un líder socialista tabasqueño que influenció a tu familia materna, así es que el chico te parecía muy conservador, aunque perteneciese, como te decía, a esa vertiente progresista de la Iglesia católica que venía influenciando el pensamiento religioso en Latinoamérica, y que según te había contado, reinterpretaba los evangelios “con opción preferencial por los pobres y buscaba la liberación integral del hombre”; por él te enteraste además de que el movimiento de cambio dentro del cristianismo también tocó fibras más radicales de sacerdotes católicos como Camilo Torres en Colombia, Ernesto Cardenal en Nicaragua, Carlos Múgica en Argentina, Porfirio Miranda en México, Leonardo Boff en Brasil y Oscar Romero en El Salvador, quienes predicaron y promovieron las ideas de liberación desde sus escritos filosóficos y teológicos, su práctica pastoral y su militancia social, así es que gracias a ese muchacho, que también quería ser economista, de familia cristiana, supiste de las ideas novedosas del catolicismo, al que veías con cierta indiferencia, por tu cultura racionalista heredada de familia, pero ahora sabías también que muchos de los inspiradores de esa tendencia cristiana eran renombrados teólogos marxistas, y algunos de ellos destacados estudiosos de la economía política, por lo que no quisiste dejar pasar la oportunidad de escuchar a quien era uno de sus máximos exponentes en el país, monseñor Sergio Méndez Arceo, fuiste por tanto una testigo privilegiada del impacto de su presencia entre los universitarios, lo viste allí, de cerca, con su robusta humanidad conquistando adeptos a su doctrina, con una asistencia inesperada aquella tarde de julio, pues había rebasado las expectativas de los organizadores, quienes debieron cambiar el lugar y el carácter del evento convirtiendo una conferencia académica en un gran mitin, con una multitud que abarrotó la Plazuela de La Compañía, ahora llamada de la Democracia, donde el doctor Méndez Arceo habló a los universitarios desde un balcón de la fachada del Carolino, e hizo llegar su voz a toda la concurrencia mediante un megáfono de los que fabricaba la RCA Víctor al que los estudiantes bautizaron como Radio UAP; con este dispositivo se escuchaba con fuerza y claridad la tesis doctrinal básica de Méndez Arceo: un cristianismo que debe ser vivido esencialmente como amor al prójimo y los evangelios entendidos como un mensaje y una práctica de liberación del hombre, afirmaba el dignatario, en un discurso que animó sobremanera al público asistente, incluidos, naturalmente, estudiantes de tu escuela, entre los que también había jóvenes católicos y futuros economistas, como tu compañero favorito al que viste a lo lejos en el mitin, al lado de cientos de universitarios que sintieron reverberar sus convicciones religiosas escuchando la arenga del obispo frente a las masas de estudiantes que llenaban la plaza.
Si son capaces de conocer a Marx y a Mao Tse Tung, decía el prelado con emoción, sean capaces de conocer a Cristo; conozcan el Evangelio y la palabra de Dios, que es lo más explosivo y lo más revolucionario que existe y transmítanla cada quien a las personas que se encuentren dentro de su radio de acción, ¿verdad que lo recuerdas bien?, un mensaje como éste generaría efectos muy significativos en los jóvenes, porque ofrecía una manera diferente de ver el mundo, algo así como el aval episcopal para una convivencia filosófica entre cristianos y marxistas, dicho en el ámbito de una universidad radicalizada, un obispado poblano ultraconservador y una sociedad polarizada; debes recordar muy bien que la presencia del historiador y obispo de Cuernavaca irritó a la jerarquía católica de Puebla, que consideró su presencia como una provocación y un respaldo a la universidad comunista de Rivera Terrazas y sus secuaces, como la calificaba Octaviano Márquez y Toriz en sus violentas homilías, y supiste por la prensa local que el arzobispado poblano había pedido a la Conferencia Episcopal Mexicana que recomendara a monseñor Méndez Arceo atender a su grey de Cuernavaca y no volver a meter las narices en la sacrosanta y yunquera Angelópolis; una descalificación y rechazo de la mitra poblana al obispo de la liberación que te causó mucha indignación, como también ocasionó un efecto negativo en los cristianos moderados y progresistas de la ciudad, y tú convenías con ellos en criticar la intolerante postura de Octaviano al pretender arrinconar el mensaje liberador en los confines de una parroquia, lo cual significaba una agresión y exclusión de las creencias de los jóvenes y del pueblo insumiso, por lo que comenzaron a llamarlo burlonamente “Centaviano Márquez”; porque la actitud de la jerarquía episcopal de Puebla, comentaste con tus amigas, había evidenciado el elitismo que escondían ciertas prédicas religiosas, al negar y condenar la opción por los pobres de la teología de la liberación; la postura de Octaviano Márquez y Toriz, pensabas, era doble moral, un supuesto catolicismo que acaba siendo vil hipocrecía, una impostura, una enajenación; lo que el marxismo calificaba justamente como “el opio del pueblo”; así fuiste descubriendo los distintos rincones del Carolino, todos llenos de historias y recuerdos, logrando salones para tus cursos, haciendo amistades y ganando afectos al calor de acontecimientos cada día más intensos en los que comprendiste la lógica de otros pensamientos, distintos al tuyo, pero tan interesantes y apasionantes, como la economía política.