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Diré adiós a los señores

II. En el filo de la navaja
(Caminos, salteadores y “azorrillados”)

A más de la espontánea recepción a los emperadores, rigurosamente organizada por las autoridades civiles, religiosas, militares intervencionistas, etcétera; entre las primeras experiencias que les tocó vivir estuvo la de los caminos y transportes. Porque después de Tejería, hasta donde llegaba la vía del ferrocarril veracruzano, la pareja imperial y su séquito abordaron diligencias; la de ellos aparentaba ser la mejor pero debido al mal estado del camino —empeorado por la torrencial lluvia que estaba cayendo— una rueda se les rompió antes de llegar a Córdoba.

Resulta casi extraordinario que Maximiliano no haya tomado lo anterior como una “señal” de la suerte que le esperaba a su imperio o como una advertencia divina. Pasemos, pues, a ver algo de lo que eran los caminos, transportes y sus obligados anexos en aquella época: los bandidos.

Como cubo de noria…

Para los europeos resultaban sorprendentes los caminos del país. Siempre viajaban en la creencia de que más adelante se compondrían las sendas y ocurría todo lo contrario: se estrechaban hasta desaparecer por completo y quedar frente al lecho pedregoso de un río seco que, en temporada de lluvias, probablemente llenaban torrentes impresionantes. Los puentes, cuando los había, eran bamboleantes armazones de madera o arcos de cantera firmes, pero con el piso cubierto de peligrosos baches disfrazados de charcos.

Selvas, pantanos, zanjas, lodazales, desfiladeros sorteados por angostas repisas que parecían de polvorón, vados invisibles, troncos de diámetro considerable, descomunales rocas desprendidas del talud de la montaña: todo esto era frecuente en los caminos de México, por los cuales se viajaba a sabiendas de que algunos tramos tendrían que ser cubiertos a pie por los pasajeros de diligencia; o también con la conciencia de que en el trayecto serían asaltados por lo menos una vez, lo que se podía traducir —dependiendo del carácter tanto de los asaltantes como del asaltado— en un “irás y no volverás”. De ahí que los viajeros acostumbraban confesarse y comulgar antes del viaje, hacer testamento, despedirse de los familiares y amigos cercanos; en pocas palabras dejar todos sus asuntos en regla antes de trepar a la diligencia. Este era el caso de los pesimistas.

Para viajar había que madrugar

En 1865 partían doce rutas de la ciudad de México hacia los estados de Veracruz, Jalisco, Puebla, Hidalgo, Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí, Michoacán, así como Toluca, Cuernavaca y Tepic (a la cual llamaban “del interior”). No faltaban carros (diligencias, ómnibus o guayines) que cumplían el servicio a lugares cercanos a la capital, como San Juan de Teotihuacán, San Agustín de las Cuevas (Tlalpan), Churubusco, San Ángel, Ayotla, Coyoacán, Tacubaya, etcétera.

El viaje a Tepic se hacía en nueve días, incluyendo el que descansaba (domingo) la diligencia; a Morelia eran tres días de viaje. A Pachuca, Toluca, Cuautla, etcétera, se llegaba en la tarde del mismo día de la salida. De Veracruz a México, excepto los domingos, había corrida diariamente, y de México al puerto la excepción era los sábados. Orozco y Berra escriben que la diligencia partía de Veracruz a las cuatro de la tarde y que:

Sin detenerse en ninguna parte más que para cambiar caballos, llega a Jalapa el día siguiente a las siete de la mañana. Allí se almuerza, y a las diez se continua el viaje a Perote, a donde se llega entre cinco y seis de la tarde. Allí se duerme y al día siguiente a las cuatro de la mañana continúa la diligencia a Puebla, adonde llega a las cuatro de la tarde, debiendo haber almorzado antes los pasajeros en el pueblo de Nopalucan. En Puebla se duerme, y al día siguiente a las cuatro de la mañana sale la diligencia, se almuerza en Río Frío a las diez y media, y a las cuatro de la tarde se llega a México.

Los vehículos partían, en la ciudad de México, de la llamada Casa de las diligencias, ubicada en el callejón de Dolores, que no era precisamente el más tarde conocido Barrio Chino, ya que se trataba de la primera calle de Independencia. Ahí comenzaban a concentrarse los pasajeros a las tres y media de la mañana, cuando la oscuridad todavía ocultaba el perfil de la calles y personas, en los meses de frío las personas llegaban envueltas en pesados gabanes y jorongos, con la cabeza metida en chales y pañolones o con el sombrero calado hasta las orejas. Algunos tomaban un jarro de hojas, café, chocolate o atole en las proximidades de la estación, otros para neutralizar el frío y aquietar un poco sus tensos nervios se echaban entre pecho y espada un grueso trago de catalán, que también —según ellos— podía servirles para prevenir bronquitis, catarro o pulmonía.

La iluminación era escasa, de ahí que con frecuencia el viajero nunca supiera a ciencia cierta con quiénes haría el camino, a menos que de antemano fuera de su conocimiento. El sitio estaba iluminado apenas hachón de ocote, o un mechero de llama vacilante, si acaso una farola o un quinqué. Un saludo corto se medio escuchaba al llegar un nuevo parroquiano, al que le respondían de igual manera, por temor a que les entrara el aire frío en la garganta y con él una enfermedad de las mencionadas.

¡Arrodíllense!

Algo característico de los caminos mexicanos en el siglo XIX eran los “bandidos”, en el sentido estricto y amplio, porque durante la Intervención francesa y Segundo Imperio las autoridades imperiales dieron ese nombre a salteadores y a guerrilleros por igual. No deja de llamar la atención, sin embargo, que Carlota, en una carta enviada a la emperatriz Eugenia, aseguraba que “En México se está casi como en Europa: a media hora de aquí se corre el riesgo de ser asaltado, en cualquier momento, por bandidos…”. Tenemos, entonces, que no era una peculiaridad de nuestros caminos sino algo generalizado y producto, quizá, de un siglo en el que menudearon las luchas que configuraban naciones…

No es difícil hallar testimonios de unas bandas de atroces individuos que sembraban el terror en poblaciones, torturaban a ciudadanos —hombres y mujeres— indefensos, que exigían préstamos forzosos y saqueaban de la manera más descarada que uno pueda imaginarse, pues “se introducían los forajidos a los hogares sin miramiento alguno y aun arrancaban de las manos, dedales, anillos y otras prendas, rompían mesas, sillas, y cuanto querían; robaban guajolotes, gallinas, toda clase de aves domésticas […] y violentaban a algunas mujeres en los barrios más aislados de la población”; solo que esos maleantes integraban la tristemente célebre contraguerrilla del señor Dupin o del capitán Berthelin.

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