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La patología urbana y el río de San Francisco

La medicina clásica acuñó el concepto de Techné Iatriké no únicamente como el conjunto de maniobras para erradicar el dolor corporal, sino como el discernimiento riguroso del orden natural, enfocado a comprender el equilibrio que hace viable la vida orgánica y reconocer cuándo una intervención terapéutica, lejos de sanar, agrede de forma irreversible la fisiología del paciente. Si trasladamos esta premisa al organismo colectivo que llamamos ciudad, la historia urbana nos revela a menudo cómo una sucesión de diagnósticos errados, cirugías desastrosas, decisiones irracionales y mutilaciones justificadas por una urgencia que confunde el síntoma visible con la etiología profunda, resulta en una catástrofe más que en una solución.

Pocas estampas ilustran con tanta nitidez esta tragedia como la metamorfosis del río de San Francisco en la ciudad de Puebla. Observo con detenimiento una notable fotografía restaurada de hacia 1920, rotulada como “Los Tres Puentes del Río San Francisco”. La lente se asoma a una perspectiva que hoy resulta casi imposible de evocar sin un dejo de estupor. En la toma panorámica y sus encuadres de detalle, el afluente discurre encañonado por gruesos muros de mampostería y pretiles de cantera virreinal. Se aprecian en sucesión rítmica tres pasos: un puente en primer término con balaustrada y arcos tendidos, seguido por el legendario Puente de Bubas con sus tres curvaturas de medio punto sumergidos en la corriente, y un tercer viaducto desdibujado al fondo, escoltado por torres conventuales y cúpulas que recortan el horizonte poblano.

En la imagen, el río todavía conserva su condición de cuerpo vivo. El agua fluye con cierta densidad limosa entre bancos de vegetación ribereña que trepa por las junturas de la piedra. Aquella estructura pétrea, sin embargo, no era un mero adorno estético. Era la arquitectura de una frontera sanitaria y social. El Puente de Bubas, bautizado así por conectar la traza urbana con el antiguo Hospital de San Pedro, donde se recluía a los aquejados de peste bubónica, operaba como un filtro epidemiológico entre dos realidades. El río era aorta y trinchera. Proveía fuerza motriz y abastecimiento, pero también separaba el espacio residencial hispano de los barrios artesanales e indígenas de Analco, El Alto y La Luz.

Sin embargo, a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, la fisiología de este torrente comenzó a descomponerse. El valle de Puebla, encajonado entre serranías y alimentado por las vertientes del volcán Malintzin, impone un régimen pluvial torrencial. En septiembre de 1939, el ciclo natural cobró factura con una crudeza inusitada. Una corriente descomunal rebasó los pretiles de piedra visibles en la fotografía de 1920, sepultó los arcos de los puentes históricos y anegó con violencia destructiva los barrios orientales y el centro urbano. Aquella inundación generó pánico en los despachos gubernamentales.

La respuesta de ingeniería inmediata adoleció del reduccionismo mecanicista habitual. Para domar la furia de las aguas, se construyeron canales de desviación, aguas arriba, derivando excedentes hacia barrancas aledañas y a la cuenca del río Atoyac. La medida consiguió evitar el desbordamiento súbito, pero provocó un daño funcional letal, pues despojó al río de su caudal base. Un curso fluvial sin volumen suficiente pierde su capacidad hidrodinámica de autolimpieza, su velocidad de arrastre, la vertiente vital y su tasa de oxigenación. El río de San Francisco se convirtió, de facto, en un paciente hemipléjico.

A este debilitamiento circulatorio se sumó la vorágine de la industrialización. En las márgenes del cauce florecieron fábricas textiles de hilados y tejidos (fábricas insignes como La Guía, La Pastora y múltiples talleres de acabado), además de curtidurías y tintorerías. Diariamente, toneladas de efluentes no tratados, cargados de sustancias químicas y anilinas sintéticas insolubles, fueron a parar al agua estancada. El lecho del río mutaba de cromatismo con arreglo al turno de producción. Amanecía de color púrpura cardenalicio, tornaba a bermellón a mediodía y anochecía teñido de un verde esmeralda denso y cáustico. A ello se sumó el vertido sin control del drenaje doméstico de una urbe en explosión demográfica. Aquel paisaje de cantería y brisa fluvial que muestra la imagen de 1920 degeneró en una hedionda cloaca a cielo abierto, cargada de ácido sulfhídrico, gas metano, sustancias putrefactas y bacterias entéricas.

Fue en ese ecosistema tóxico donde cobró vida uno de los episodios más grotescos y verídicos de la memoria poblana. Las llamadas “ratas de colores”. En las madrigueras socavadas de los cimientos de los puentes coloniales proliferaban colonias masivas de roedores (Rattus norvegicus). Al bucear e impregnarse noche tras noche en las aguas residuales saturadas de pigmentos industriales, la queratina del pelaje de estos múridos absorbía los tintes textiles de manera indeleble. Los vecinos de Analco y El Alto contemplaban con terror zoológico a decenas de roedores de pelaje encendido como ratas azul añil, amarillo azufre o magenta brillante, cruzando los pretiles o husmeando en las compuertas de descarga. No se trataba de una quimera biológica ni de una mutación prodigiosa, sino del síntoma visible de un colapso ecológico. Era la fauna adaptándose morfológicamente al veneno químico que el hombre arrojaba a su propio entorno.

Hacia la década de 1960, la higiene urbana, desprovista de una perspectiva ecológica genuina, dictó su veredicto. Respaldadas por el afán modernizador y la hegemonía del automóvil, las administraciones de la época determinaron que la profilaxis definitiva consistía en la amputación. Si el río infecta y ofende a la vista y al olfato, debe desaparecer. Entre 1963 y 1965, una magna obra de ingeniería cubrió de losas y cajones de concreto armado más de tres kilómetros de cauce, tendiendo sobre el lecho mortuorio la cinta asfáltica del actual Bulevar Héroes del 5 de Mayo.

Durante las faenas de dragado y excavación, el infierno subterráneo emergió. Al destruir sus galerías, miles de ratas manchadas de anilina escaparon despavoridas hacia las viviendas, cocinas y templos de los barrios adyacentes, en una estampa dantesca que selló el final del río en la superficie. Los puentes de cantera que atestigua la fotografía de 1920 fueron brutalmente demolidos o enterrados vivos bajo toneladas de cascajo y cemento. El Puente de Bubas quedó como una cripta olvidada en la oscuridad, sepultado durante medio siglo, hasta su reciente exhumación museográfica.

El entubamiento fue celebrado como el triunfo absoluto de la modernidad sanitaria. Sin embargo, desde la lógica médica, lo único que se hizo fue administrar un anestésico cosmético para esconder una necrosis galopante. Las consecuencias patológicas de esa decisión siguen castigando a la ciudad contemporánea. Se destruyó la principal zona de recarga freática del oriente del valle, acelerando el abatimiento de los acuíferos locales. Al confinar las aguas en un tubo rígido y angosto, las lluvias extraordinarias saturan cíclicamente el colector pluvial, transformando el bulevar en un torrente que inunda con regularidad las partes bajas de San José y la antigua ribera. Y peor aún, el ducto se convirtió en una arteria aceleradora que traslada la inmundicia tóxica sin oxigenación previa hacia la cuenca del Atoyac y la presa de Valsequillo, alimentando uno de los reservorios más contaminados del continente y tal vez, hasta del mundo entero.

La fotografía de 1920 nos interroga con serena contundencia. Revela que donde hoy ruge el tráfico automotriz existió un eje hidrológico, ecológico, biocultural y arquitectónico que merecía saneamiento en el origen, cuidado extremo, restauración de márgenes y plantas de tratamiento, pero definitivamente no un entierro definitivo. La lección de la Techné Iatriké permanece vigente. Cuando la ciencia y la técnica renuncian a restaurar la armonía de los procesos naturales y optan por esconder la enfermedad bajo el asfalto, terminan engendrando monstruos urbanos que, tarde o temprano, reclaman su cauce y provocan catástrofes que no dejan de manifestarse y no lo dejarán de hacer en el futuro, como ya lo hemos experimentado cíclicamente a lo largo del tiempo en esta hermosa ciudad tan maltratada por políticos ignorantes.

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