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Aislados, deprimidos y sin pensión: La dura realidad de los adultos mayores en Puebla

El progresivo envejecimiento de la población en Puebla ha dejado de ser una simple proyección demográfica para transformarse en un desafío institucional diario, caracterizado por el repunte de padecimientos neurodegenerativos, la depresión clínica derivada de la soledad y las secuelas emocionales de un entorno familiar que aísla a sus propios ancianos.

De acuerdo con estadísticas del Consejo Nacional de Población (Conapo), el 11.7 por ciento de la población en Puebla en 2026, unas 840 mil personas son mayores de 59 años. Para el 2050, se estima que alcance el 20.6 por ciento, es decir, un millón 728 mil 556 adultos mayores.

En el centro de esta contención se encuentra Casa del Abue, un espacio que funciona como termómetro y receptor de la demanda geriátrica en la ciudad de Puebla, con la limitante que solo atiende a personas que se pueden valer por sí mismas.

El centro que funciona como una estancia de día recibe un flujo cotidiano que oscila entre los 800 y mil 150 adultos mayores, volumen que registra un incremento notable durante el mes de agosto debido a las festividades y talleres especiales programados por el mes de la ancianidad.

Un equipo de tres psicólogas de base y tres prestadoras de servicio social se encargan a diario de los servicios de valoración, coordinados por la geriatra María Luisa Martínez Ramírez.

Cada psicóloga atiende un promedio de siete pacientes, lo que representa un acumulado superior a las 200 consultas mensuales por especialista.

Este monitoreo diario ha permitido estructurar una estadística clara sobre los principales motivos de consulta en la población de la tercera edad de la capital y municipios conurbados.

La psicóloga Lilia Jiménez Tenorio define que “el pan de cada día” es la depresión y ansiedad, autoestima baja y el deterioro cognitivo neurodegenerativo.

En entrevista, con La Jornada de Oriente, la especialista destaca que el principal obstáculo para la intervención oportuna de estas patologías no radica en la falta de herramientas especializadas, sino en la tendencia de las familias a normalizar la sintomatología.

La pérdida de memoria, la apatía y la paulatina torpeza motriz suelen ser catalogadas de manera errónea como conductas normales y propias de la edad avanzada.

A esto se suma, que un gran número de personas envejecen con enfermedades crónico-degenerativas como diabetes, hipertensión, padecimientos tiroideos o afecciones articulares, que generan un deterioro progresivo por la ausencia de una cultura de prevención.

Cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) confirman que, en 2024, en Puebla hubo 42 mil 344 defunciones, de las cuales 63 por ciento se concentraron en cinco causas principales: enfermedades del corazón, diabetes mellitus, tumores malignos, enfermedades del hígado y enfermedades cerebrovasculares.

El fenómeno de la “soledad acompañada

La psicóloga Lilia Jiménez Tenorio también alerta sobre el desarrollo de la denominando soledad acompañada dentro del núcleo familiar.

Este fenómeno se presenta en hogares donde el adulto mayor cohabita físicamente con sus parientes, pero permanece completamente marginado de las dinámicas comunicativas y de los vínculos afectivos esenciales.

Puntualiza que la soledad acompañada viene cuando se está en familia, pero no hay ese vínculo emocional debido a que todo el mundo está viviendo su propia vida entre el trabajo y las escuelas, convirtiendo al adulto mayor en un observador pasivo de la dinámica del hogar.

Explica que esta falta de inclusión emocional suele estar ligada a tres prácticas nocivas recurrentes en los hogares poblanos: la infantilización, que anula la autonomía de la persona al confiscar su derecho a decidir; la sobrecarga laboral, con la asignación de tareas domésticas pesadas y el cuidado obligatorio de los nietos, privándolos de descanso; y la sobreprotección restrictiva que confina a la inmovilidad bajo el pretexto de cuidado, acelerando el deterioro físico.

Solo el 30% cuenta con jubilación formal

En el terreno socioeconómico, la salud mental de la población geriátrica en Puebla mantiene una relación estrecha con su grado de autonomía financiera.

Los datos recabados revelan una brecha laboral alarmante en la entidad: solo entre el 30 por ciento de los adultos mayores que acuden al centro cuenta con una jubilación derivada de su historial de trabajo formal.

Ante esta insuficiencia de ingresos contributivos, la psicóloga Lilia Jiménez Tenorio afirma que la Pensión del Bienestar opera como un factor de estabilización anímica.

El alcance del programa federal dentro de la Casa del Abue es casi total, abarcando a un porcentaje que oscila entre el 90 y el 95 por ciento de los asistentes, según los datos aportados por Lilia Jiménez Tenorio.

A pesar de que inicialmente se manifiesta resistencia al trámite bajo el argumento de que los hijos solventan los gastos cotidianos, el personal médico impulsa el cobro del apoyo para garantizar la libertad individual del adulto mayor.

Disponer de recursos económicos propios mitiga de manera sustancial el sentimiento de dependencia y de constituir una carga para la familia.

“Les levanta muchísimo el ánimo saber que cuentan con la pensión del gobierno, pues aunque ellos mismos consideren que no es mucho, reconocen que representa una ayuda para solventar medicamentos y otros insumos”, afirma.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), el ingreso trimestral promedio de los adultos mayores en Puebla es de 10 mil 513 pesos, es decir, poco más de 3 mil 500 pesos mensuales.

El desafío de la descentralización geriátrica

A pesar del impacto de estos esquemas de atención integral en la capital poblana, la distribución geográfica de los servicios geriátricos evidencia una centralización que deja desprotegidas a las regiones rurales del estado.

Lilia Jiménez Tenorio expone esta disparidad demográfica al advertir que las necesidades rebasan al estado, reconociendo que la Casa del Abue es un beneficio centralizado en la capital.

En ese sentido, plantea la urgencia de diseñar estrategias para hacer llegar estas herramientas a los municipios más alejados.

Para la psicóloga Julieta Huerta Cortés es importante psicoeducar a la población, al señalar que el proceso de envejecimiento conlleva cambios significativos que requieren un cuidado integral y adaptado.

“Podemos decir que a partir de los 60 años hay que empezar a tener los cuidados necesarios, porque influye mucho la alimentación, el entorno familiar y las actividades que la persona haga”, advierte.

Si bien reconoce que experimentar tristeza ante estos cambios es una respuesta humana natural, enfatizó que es fundamental no dejar que este estado se prolongue o se intensifique sin un respaldo adecuado.

“La tristeza es natural, pero hay que ayudarle al adulto mayor a que esto no se profundice y no llegue a una depresión clínica”, afirma.

20 años de historia, la Casa del Abue

Con 20 años de historia operativa, el modelo de la Casa del Abue —cuya planeación original involucró al actual gobernador Alejandro Armenta en gestiones pasadas— demuestra que la ruta de valoración que inicia en trabajo social y deriva en especialidades como ortopedia, urología, nutrición, psicología e hidroterapia es efectiva para reincorporar a los ancianos a la vida comunitaria.

El éxito del espacio se refleja en su demanda: los usuarios se congregan a las afueras desde las 6 de la mañana para asegurar su ingreso al comedor y participar en los más de 40 talleres productivos de panadería y carpintería diseñados para preservar sus capacidades.

Jiménez Tenorio concluye que atender la vejez es una inversión colectiva inevitable, pues las obras que se realicen hoy determinarán el trato que recibirá la población actual en el futuro, etapa a la que se dirige invariablemente toda la estructura social.

Actualmente, Puebla cuenta con dos Casas del Abue en el centro y sur de la capital, y se plantea dos más para la zona oriente y uno más en el área metropolitana.

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