Un vendaval de vida contra las eólicas

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“Todo puedes llegar hasta donde tú quieras”, explica un indígena ikojts. “Así se camina con la vela”, dice, para enseñarnos que la fuerza del viento puede llevar la canoa muy lejos, “[puedes llegar a] Boca, Barra de Santa Teresa, San Francisco, San Dionisio… todo puedes llegar” con una canoa, una vela y las grandes corrientes eólicas. Es un trayecto de 35 kilómetros, el mismo que las empresas de energía eólica quieren poblar con 132 aerogeneradores.

El viento es una de las energías más antiguas. En la zona del Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca, no sólo se usa para transportarse marítimamente; también marca los ritmos y las intensidades de la pesca, que es una de las principales fuentes alimenticias de la región. Su cadencia acerca a las tortugas que desovan en las costas y traslada a 87 especies de aves migratorias y residentes. Es decir, el viento, además de ser una energía antigua, es una fuerza motriz intrínseca a la vida en la naturaleza.

Para los pueblos indios el movimiento del aire es literalmente el aliento de vida. El viento es portador de semillas, mediador del sol y la lluvia, y contenedor del oxígeno que respiramos. Atraviesa en cada inhalación nuestro cuerpo y el de todos los seres vivos del planeta. Es símbolo de inspiración y libertad. Lleva y trae la palabra que nos comunica. De este modo lo viven los ikojts y los zapotecas —quienes también habitan la región y se autodenominan ben’zaa, que significa “la gente de las nubes”.

En términos mercantiles, los recursos eólicos del Istmo están considerados entre los mejores del mundo. Esto se debe a que la topografía montañosa del país desciende ahí, justo en la parte más angosta de México, creando un túnel natural de viento entre el Golfo y el Océano Pacífico. Así es como en 2009 el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) aprobó el préstamo de 101 millones de dólares para la construcción de dos proyectos de energía eólica para el sector privado en Oaxaca y apoyó la creación del marco regulatorio plasmado en la Ley de Energía Renovable.

Los estudios realizados por la empresa Mareña Renovables confirmaron la ancestral estancia de los pueblos indios en la comarca istmeña. El territorio donde pretende erigirse el campo eólico más grande de Latinoamérica conserva un total de 50 sitios arqueológicos. Los lugares sagrados sobre los que se establecerán los molinos de viento no son parte de un pasado olvidado; por el contrario, los habitantes reconocen y ejercen, por ejemplo, a la Isla Tileme como un espacio sagrado activo.

De hecho, la sacralidad de la vida se ubica más allá de los lugares sagrados; es el guendanabani zapoteco. Una noción que subraya el elemento de respeto y la trascendencia del bienestar del entorno para asegurar un futuro digno para los otros que vendrán. La angustia resuena en la voz de una mujer indígena que durante una de las manifestaciones contra la imposición del proyecto afirmó: “yo estoy muy dolida por mi pueblo, porque la comida se está quitando, nos están dejando de muerte en vida […] a mí me duelen los niños, ¿qué va a pasar con ellos mañana, pasado mañana?”.

El guendanabani —la vida buena o el bien vivir en español— comprende la integridad de la existencia en tiempo y espacio. Desde la perspectiva occidental es difícil entenderlo, porque no estamos acostumbrados a mirarnos como parte del todo ni a entendernos en su completud. En la rapidez de nuestros tiempos, en la inmediatez como valor moderno y posmoderno, nos cuesta trabajo tener una conciencia macrosecuencial.

Entretanto, una joven mujer de la Asamblea de pueblos indígenas del Istmo de Tehuantepec en defensa de la Tierra y el territorio, expone en su participación el absurdo de la lógica capitalista. En el contexto de que la embotelladora Femsa, una de las empresas privadas que se beneficiará con la producción de energía eólica, la joven cuestionó: “… como la Cocacola, que tantos daños ha hecho en otros estados, como en Chiapas, y en otros países, devastando el agua de los pueblos y de los territorios indígenas. ¿Vamos a dejar ahora que devaste nuestro territorio para producir energía, para seguir produciendo Cocacola, para seguir destruyendo y contaminando el agua de los territorios indígenas?”.

Visto así es un verdadero sin sentido cortoplacista. En cambio, el deseo de una buena vida venidera se plasma en la cosmovisión de los pueblos indios. Por ejemplo, se tiene guendanabani cuando se tiene tierra de buena calidad, porque así se tiene buen alimento, y eso, a su vez, asegura una buena salud. Se tiene guendanabani cuando llueve y cuando se refrescan nuestros corazones al encontrar una pareja que nos comprende y nos respeta. Se tiene guendanabani cuando ningún liderazgo está por encima o más avanzado que la comunidad, es decir, cuando se camina junto con los otros y las otras.

Es una cosmovisión que desplaza no sólo la centralidad del mercado que ha conseguido normalizar el discurso del desarrollo de unos cuantos a costa de lo que sea, sino que a su vez es una cosmovisión que desplaza la centralidad de los seres humanos, para dar cabida a los otros animales, a las plantas, a la Tierra, al viento, al sol y al agua. El guendanabani zapoteco reconoce la centralidad de la vida misma, y en ello la condición de posibilidad de nuestra continuidad en el planeta.

El guendanabani istmeño se opone a la lógica de acumulación. Plantea el desafío de una relación ética de coexistencia en la diversidad de calendarios, geografías, razas, etnias, naciones, géneros, preferencias sexuales, religiones y creencias. Al oponerse a los molinos de viento en sus territorios los pueblos indios se oponen a la homogeneización del mundo y abren la oportunidad de contrarrestar la violencia de muerte del sistema capitalista.

Hace poco, Jonathan Davis Arzac, presidente ejecutivo del Fondo de infraestructura Macquiare, responsable de la implementación del proyecto eólico, declaró que están “montando una campaña mucho más agresiva”. Al tiempo que el —todavía— gobernador Gabino Cué Monteagudo acompañó la revelación diciendo que: “nosotros [como gobierno] vamos a acompañar a Mareña [Renovables] en todo este proceso de sensibilización”.

En realidad, ambos se referían a compensar la falta de información y de consulta que se ha tenido para con los pueblos ikojts y ben’zaa. Infortunadamente, cualquiera podría malinterpretar sus intenciones, puesto que constantemente grupos de hombres encapuchados y armados con armas de fuego, palos y piedras han entrado a la comunidad a hostigar y a amenazar. Han golpeado, saqueado y destruido las pertenencias de quienes desaprueban el proyecto. Al tiempo que han bloqueado durante días enteros los caminos que llevan a San Dionisio del Mar con el objetivo de evitar que indígenas de otros pueblos tiendan apoyo a los agredidos. Lo que ha desencadenado que actualmente se viva un clima de extrema tensión.

Lo anterior vaticina este nuevo sexenio, donde veremos cómo se enfrenta la visión de participación ciudadana —al más puro estilo “Solidaridad”— planteada en el Pacto por México, contra la visión de participación de autodeterminación de los pueblos originarios. Y se hará más evidente que nunca que nuestro sistema político funciona como la selección natural pero a la inversa, donde gana el más ruin, el más corrupto, el más ratero.

La inviabilidad para construir otras formas mejores de generar energía no es un argumento. Todo, podemos llegar hasta donde queramos. Pero hay que “echarle coco”, como dicen en mi casa. Hay que pensar. Hay que “imaginar el todo, ya completo y terminado”, como dice el Subcomandante Insurgente Marcos.

*[email protected] · periodista e investigadora independiente