Schultes: el etnobotánico ante la carne de los dioses

En el interesante relato de las investigaciones botánicas llevadas a cabo por Richard Evans Schultes, escritas por su discípulo Wade Davies (Davis, 2001), se da cuenta de la manera en que la ciencia moderna enfrentó el tema de los hongos psicoactivos. Siendo un joven estudiante, Schultes leyó las crónicas del protomédico Francisco Hernández, quien, enviado por Felipe II, se adentró durante seis años (1571-1577)  en el conocimiento de las propiedades farmacológicas de las plantas mexicanas. En esas crónicas se enteró de la existencia de los hongos teyhuintli “embriagadores”, llamados Teonanácatl “carne de dios” y contempló, fascinado, escenas míticas o rituales en las que se representaban los hongos en los códices Florentino, Magliabequiano y Vindobonensis.

Cuando el joven estudiante buscó en la literatura científica más información sobre estos hongos se encontró con la sorpresa de que la máxima autoridad estadounidense en botánica, William E. Safford, negaba su existencia en una serie de artículos académicos. El argumento de Safford era que los naturalistas y cronistas españoles del siglo XVI no sabían botánica y los habían confundido con un cactus con propiedades alucinógenas: el peyote. Schultes sospechó, acertadamente, que quien estaba confundido era el eminente botánico. Sobre todo porque había tenido una provechosa experiencia comiendo peyote en Oklahoma con otro joven estudiante, Weston La Barre, quien más tarde publicaría un estudio sobre el peyote entre los indios de Norteamérica que hoy es un clásico (La Barre, 2002). Ambos se dieron a la tarea de demostrar el equívoco al que conducían las opiniones de William Safford, quien no carecía de méritos en el tema, pues había publicado una importante monografía sobre la datura y en 1916 había demostrado que la cohoba que consumían los indios taínos de las Antillas no era tabaco, como algunos creían, sino la semilla de un árbol leguminoso identificado como anadenanthera peregrina.

p-18Pero la razón y la buena fortuna estaban del lado de Schultes. Mientras trabajaba en su tesis de licenciatura sobre el peyote, consultó la colección del Herbario Nacional de Estados Unidos, en Washington, donde encontró, en la hoja 1 745 713 una carta fechada el 18 de julio de 1923, enviada desde la ciudad de Guadalajara, México, y dirigida director del Herbario. La misiva estaba firmada por un ilustre desconocido: Blas Pablo Reko. William Safford había leído esa carta, que contradecía su teoría, y había tenido la honestidad de colocarla junto a un espécimen de peyote. Al final de aquella carta podía leerse lo siguiente: “De paso, veo en su descripción de la lophophora (peyote) que el doctor Safford piensa que esta planta es el Teonanácatl de Sahagún, en lo cual ciertamente está equivocado. En realidad es, como declara Sahagún, un hongo que se da en el estiércol, y que todavía lo usan bajo el mismo nombre los indios de la Sierra de Juárez, en Oaxaca, durante sus fiestas religiosas” (Davis, 2001:112). Schultes le escribió enseguida y a principios del verano de 1938 viajó a la ciudad de México y de ahí a Oaxaca, acompañado por Blas Pablo Reko, quien entonces tendría unos sesenta años de edad. Reko resultó ser un hombre agradable, un tanto excéntrico, médico de profesión y sumamente interesado en la antropología y la botánica. Su vida vagabunda lo había llevado a Estados Unidos, a Ecuador y finalmente a Oaxaca (McKenna, 1993:267). Dos décadas antes, en 1919 había publicado un artículo titulado “De los nombres botánicos aztecas” en el que afirmaba que “el nanacate era un hongo negro que tiene un efecto narcótico”. El artículo había aparecido en una publicación de la comunidad alemana en México. Blasius Paul Reko era amigo del ingeniero Roberto J. Weitlaner, austriaco como él y también apasionado por la antropología y las culturas antiguas de México. Weitlaner había trabajado en la Sierra Mazateca temas relacionados con el ciclo agrícola y su calendarización indígena, y su yerno, Jean Basset Johnson, realizó la primera investigación sobre lo que denominó “la brujería mazateca”.1 Fue precisamente Weitlaner quien le proporcionó a Reko las muestras de hongos que éste envió a Schultes por correo y que recibió convertidas en un amasijo en el que apenas se podían reconocer ejemplares pertenecientes al género Panaeolus.

Durante el viaje en tren de la ciudad de México a Teotitlán del Camino, al pie de la sierra mazateca, Schultes descubrió que Reko simpatizaba con la ideología nazi, así que tuvo que pedirle que omitieran las conversaciones políticas para evitar fricciones innecesarias entre ellos. En Teotitlán compraron cuatro mulas y una vez que estuvieron bien herradas y que tuvieron provisiones suficientes para el viaje, iniciaron el ascenso hacia lo que Fernando Benítez llamaría más tarde “El país de las nubes”: la Sierra Mazateca y su centro comercial y administrativo: Huautla de Jiménez. En aquellos años Huautla era un pequeño pueblo con casas de adobe y techos de paja que a la distancia parecía un rebaño echado sobre la montaña. Ahí encontraron hospedaje en casa de José Dorantes, un comerciante amable y hospitalario, propietario de un artefacto que en esa época causaba gran admiración entre los pobladores: una bicicleta roja. Dorantes había hospedado anteriormente a Roberto Weitlaner, y quizá era la única persona que se prestaba amigablemente a satisfacer el interés de los extranjeros en la cultura mazateca. Fue él quien condujo a Schultes a casa de “una americana” que vivía muy cerca de su tienda. Cuando el joven botánico conoció a Eunice Pike la describió como una mujer de modales sencillos, alta y de una impresionante belleza. Tenía 24 años y era hija de un médico rural de Connecticut. Había llegado a Huautla hacía apenas dos años y trabajaba para el Instituto Lingüístico de Verano, su labor consistía en evangelizar a los indios, aprender mazateco y traducir el Nuevo Testamento a la lengua nativa. De ella dice Wade Davis que era lo bastante honesta para comprender que la mayor parte de las conversaciones con los mazatecos resultaban superficiales y efímeras, que derivaban no tanto en conversiones espirituales como en “triunfos de la conveniencia.

Por alguna razón, poco clara en el relato de Davis, no fue Schultes quien presenciara en aquel verano de 1938 una ceremonia con hongos. Lo hizo, en cambio, un joven estudiante de antropología de la universidad de Berkeley, Jean Basset Johnson, quien con su novia, Irmgard Weitlaner, llegó pocos días después de Schultes y Reko, formando parte del equipo de investigación del antropólogo inglés Bernard Bevan, de quien se sospechaba pertenecía al servicio secreto británico. De manera que a finales de la década de los treinta del siglo veinte tenemos en el pequeño pueblo de Huautla de Jiménez, perdido en la inmensidad de las montañas, un etnobotánico y una misionera-lingüista estadounidenses; un médico y etnobotánico austriaco con inclinaciones nacionalsocialistas; un ingeniero austriaco convertido a la etnología y dos jóvenes antropólogos guiados por un probable espía inglés cuyos propósitos de investigación desconocemos. Un cuadro interesante sin duda, sobre todo si pensamos en el contexto social, pues el gobierno de Cárdenas había expropiado recientemente a las compañías petroleras, la educación pública tenía una orientación “socialista”, y aunque el presidente había logrado importantes acuerdos con la iglesia católica para pacificar el país, recientemente convulsionado por la rebelión cristera, aun existían amplias regiones en las que los conflictos religiosos perduraban. Graham Green, que estuvo en México en esa época, da cuenta de ello en dos magníficos relatos: El poder y la gloria y Caminos sin ley.

José Dorantes era el anfitrión de todo aquel interesado en la cultura mazateca, y fue gracias a sus buenos oficios que la noche del 16 de julio de 1938 el pequeño grupo del que formaba parte Basset Johnson asistió a una velada en la que se ingirieron ritualmente los “Niños Santos”, llamado también Ndi Sxi Tho “El pequeño que brota”. Fue la primera ocasión en que un grupo de antropólogos presenciaba un ritual de esa naturaleza. Fue también la primera vez en que un chamán mazateco era convenientemente engañado para obtener información. Resulta que para poder asistir a la ceremonia uno de los investigadores se presentó como el pariente de una enferma que vivía en la ciudad de México y solicitaba sus servicios como sanador. Los antropólogos siempre hemos recurrido a esta deshonesta argucia para poder presenciar un ritual, justificándonos ante nosotros mismos y los demás con el argumento de que profundizamos nuestros conocimientos de una cultura, lo que es cierto solo en términos descriptivos, puesto que, en realidad, no creemos ni confiamos en la eficacia del ritual que presenciamos y, consecuentemente, comprendemos poco de su auténtica naturaleza. No hago este comentario para restarle méritos al trabajo realizado por Basset Johnson; hago la observación por el simple hecho de que todos hemos recurrido a esta poco honrosa estrategia y lo menos que podemos hacer es reconocerlo, pues en ella, de algún modo, está en juego la autenticidad de nuestra comprensión del fenómeno religioso.

El acto de adivinación con semillas de maíz (que recuerda la lámina del Códice Borbónico en que Cipactonal y Oxomoco, los chamanes primigenios, tiran los maíces en un acto adivinatorio) fue acompañado previamente por la ingestión de los hongos sagrados que permitirían conocer las causas del padecimiento del supuesto enfermo. Jean Basset describe con algún detalle la parafernalia empleada y el curso del ritual llevado a cabo por el “brujo”, quien, invocando a la Santísima Trinidad y a otros santos menores, entre cantos y oraciones, comió tres hongos antes de lanzar siete veces los cuarenta y ocho granos de maíz que le permitirían ubicar la causa de la enfermedad y dar un diagnóstico. A medida que los lanzamientos de las semillas de maíz transcurrían, el curandero pasaba gradualmente de la incertidumbre a la confianza en los efectos de su trabajo, pidiendo a la consultante que tuviera fe en el ritual que se estaba realizando, pues de ello dependía que hubiera esperanzas para la enferma. Finalmente, en el séptimo lanzamiento aseguró: “Ella está bien ahora ¡puedes enviarle un telegrama para comprobarlo!”. Basset Johnson supo advertir que era el hongo quien hablaba y no el “brujo”, que éste era sólo un vehículo que prestaba su persona y su voz para que el hongo sagrado se manifestara. Años después Henry Munn escribiría un interesante texto al respecto (Munn, 2001). Jean Basset no nos cuenta cómo resolvieron el aprieto en que habrán estado cuando el adivino inquirió sobre el lugar donde había sido enterrada la placenta de la enferma, un dato fundamental para el diagnóstico2. Solo nos dice que diagnosticó que la enfermedad se debía a un “aire”, a un “viento seco”, aunque, por supuesto, no hay que descartar la posibilidad de que el curandero mazateco, sintiéndose engañado, los haya engañado a su vez.

Irmgard Weitlaner, por su parte, reportó además el empleo de la “Semilla de la Virgen”, el ololiuhqui (Turbina corymbosa), y el de la “Hierba María”, que probablemente era Salvia divinorum, identificada años más tarde por Albert Hofmann en un viaje realizado con Wasson y la propia Irmgard, que ya se especializaba en textiles indígenas. Volveré sobre esto más adelante.

Una semana después de esta velada Jean Basset Johnson encontró a Schultes y le confió su descubrimiento. Le dijo que los hongos eran el medio de transformación que legitimaba el rito de adivinación. Eran los hongos los que hablaban a través del curandero orando, invocando y diagnosticando al paciente. Le comentó que existían al menos tres clases de hongos, conocidos en español como san Isidro, Derrumbe y otro llamado en mazateco Tsamikindi. Sin embargo, era difícil determinar el efecto que tenían en el oficiante del ritual. Esta interrogante quedaba en suspenso y es, justamente, la que intentará responder Gordon Wasson veinte años después.

Días después del encuentro con el joven antropólogo Schultes tenía en sus manos ejemplares de estas tres clases de hongos, reconociendo en una de ellas la especie panaeolus campanulatus. En su cuaderno —dice Wade Davis— anotó la fecha, 27 de julio de 1938, la descripción de los especímenes y el número de la colección: Schultes y Reko 231. Era la primera colección botánica del Teonanácatl. En los días siguientes, para su asombro, los hongos que no había visto antes por ningún lado brotaban ahora por todas partes en las afueras de Huautla. Los que hasta la fecha se conservan en el Herbario Farlow de Harvard fueron colectados en esa ocasión. Con el estallido de la segunda guerra mundial Richard Evans Schultes fue enviado por el gobierno de Estados Unidos a la selva amazónica para investigar la obtención de grandes cantidades de caucho indispensables para la industria bélica. Jean Basset Johnson fue reclutado en el ejército y moriría en combate durante el desembarco de los Aliados en el norte de África. Los primeros pasos estaban dados y la brecha abierta por todos ellos señaló el camino que Gordon Wasson debía seguir. A finales de los años cincuenta Wasson y Roger Heim lograron identificar al menos 24 clases diferentes de hongos psicoactivos, con lo que constataron la afirmación de Schultes de que el Teonanácatl era un nombre genérico para designar una amplia variedad de setas. En uno de sus viajes a la sierra mazateca por caminos de herradura un arriero le dijo a Wasson: “los pequeños hongos brotan de sí mismos, como el viento que sopla, sin que sepamos de dónde o por qué”.

 

 

Notas

 

1 El joven antropólogo entregó el resultado de su investigación a la revista sueca Etnologiska Studier, del Gothenburg Ethnographical  Museum, que lo publicó en 1939 con el título “Los elementos de la brujería mazateca”, publicado en la revista Espacios,1996, XIV:20, Puebla, ICSyH-UAP.

 

2 Sobre la importancia de la placenta remito al lector al tomo I, capítulo V, del libro de Peter Sloterdijk, Esferas I; a Tibón, 1985 y Fagetti, 1988.

 

 

Obras consultadas

 

 

Basset Johnson, Jean, 1996, “Los elementos de la brujería mazateca” en Espacios, año XIV, núm. 20,  Puebla. Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, UAP.

 

Davis,Wade, 2001, El Río. Exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica. Bogotá, Colombia, Banco de la República / El Áncora Editores,.

 

Fagetti, Antonella,1988, Tentzonhuehue. El simbolismo del cuerpo y la naturaleza. México,UAP/Plaza y Valdés,.

 

La Barre,Weston,2002, El culto del peyote. México, Ediciones Coyoacán, Antropología,.

 

Munn, Henry, 2001, “Los hongos del lenguaje”, en Michael Harner (ed), Alucinógenos y chamanismo. Valencia, España,Ahimsa Editorial, Serie: lee y Discute,

 

Sloterdijk, Peter, 2009, Esferas I. España, Ediciones Ciruela, Biblioteca de Ensayo 24.

 

Tibón, Gutierre, 1985, La triade prenatal (cordón placenta amnios) Supervivencia de la magia paleolítica.  México,FCE.

 

* julioglockner@yahoo.com.mx