Creatividad e imaginación: de la ciencia al arte y viceversa

La primera oportunidad que tuve para combinar arte y ciencia, dos universos aparentemente desconectados entre sí, fue resultado de la necesidad y la buena fortuna. Mientras buscaba información para uno de mis seminarios doctorales obligatorios, revisé la literatura científica de los últimos 30 años para ver si había algún tema fascinante, novedoso y capaz de romper paradigmas e ideas tradicionales en la Química. Me decidí por hablar sobre carbonos tetracoordinados planos, tema que tuvo su origen en una investigación hecha por el premio Nobel de Química 1981, Roald Hoffmann y publicada en 1971. El tópico resultaba fascinante no solo porque trataba sobre cómo los átomos de carbono podían poseer geometrías y simetrías distintas a las que en mis cursos básicos de química general y orgánica aprendí, sino además porque la mente que estaba detrás del proceso creativo de imaginar al carbono en ambientes distintos al de mis apuntes universitarios, Roald Hoffmann, era un muy productivo investigador con cientos de artículos científicos producidos desde su oficina y laboratorio en la Universidad de Cornell.

p-06Pensé que un Premio Nobel era sin duda alguien muy interesante para imitar si lo que quería era tener una carrera en la ciencia. Contacté directamente a Roald a través de cartas y correos electrónicos para discutir hipótesis relacionadas con maneras de estabilizar moléculas con átomos de carbono inusuales, y con las ideas desarrolladas presenté mi seminario, que fue un éxito. Ahí habría terminado mi fascinación con el trabajo de Roald, de no ser por una situación circunstancial que lo puso nuevamente en mi camino. Muchos días después de mi seminario, visitaba una tienda de libros usados y entre el montón asomó uno muy llamativo (morado, con una portada a color mostrando un hermoso collage). Lo levanté y mucha fue mi sorpresa encontrar el nombre de Roald como uno de los autores (la otra autora era Vivian Torrence, la artista responsable del arte gráfico del libro). Mi interés en la producción científica de Roald no había permitido percatarme de su lado artístico, el del ser humano detrás del científico. El libro Chemistry Imagined: Reflections on Science era la puerta de entrada para sumergirse en una cuidadosa obra en donde artísticos y únicos collages de arte, alquimia y ciencia generaban puentes con ensayos en donde el tema de la Química era recurrente. ¿Cómo podía ser que un Premio Nobel, un científico tan destacado, tuviera la pasión para combinar el arte y la ciencia de esta manera?

Varios años después, junto con la periodista uruguaya Patricia Linn, completamos la traducción del libro de Roald y así fue como Química Imaginada: reflexiones sobre la ciencia pudo llegar en castellano a un público que tuvo la oportunidad de disfrutar estas hermosas imágenes de arte y ciencia que Roald y Vivian crearon ex profeso para inspirarse uno al otro. Química Imaginada es, quizá, el libro que de manera más personal refleja la manera en que Roald se aproxima al arte y a la ciencia: no como materias separadas e individuales, sino como mundos interconectados por similitudes intrigantes. El proceso creativo del químico y del artista tienen más en común de lo que uno imagina; el arte de construir una sinfonía o un poema, son más cercanos en su esencia a la síntesis química de nuevas moléculas o del descubrimiento científico de lo que aparentan. El imaginario artístico y el poético se complementan, y no hay mejor prueba de ello que Química Imaginada. La lectura tiene que acompañarse de una reflexión frente al collage correspondiente, tratando de descifrar qué fue primero, si el arte o la ciencia, sobre quién inspiró a quién; es un ejercicio interesante descubrir en las imágenes de Vivian una historia paralela, a veces distinta, a la que Roald describe en sus textos.

Conocer e interaccionar con Roald en persona ha sido también enriquecedor. Ha sido la prueba definitiva de que el hombre-artista-científico sabe hacer coexistir sus personalidades en un balance extraordinario. Fue emocionante escucharle discutir sobre filosofía con estudiantes en la UDLAP. La sensación de hablar con un inaccesible e incomprensible científico —sentimiento que a veces tiene una gran parte de la población al momento de escuchar una conferencia— se desvaneció. Roald, el ser humano, tiene pasiones comunes, intereses mundanos, opiniones de calle. Fue gratificante compartir el pan y la sal con jóvenes que imaginan alguna vez convertirse en alguien como él: un ser humano honesto, sencillo, que disfruta las cosas simples de la vida. Pero que experimenta tensiones humanas, como todos. Nos platicó de cómo eligió el discurso más adecuado para recibir el Nobel, mismo que no debía ser un instante de auto-glorificación, sino una manera de reafirmar que merecía el reconocimiento, sobre todo con la sombra que su colega de Harvard, Elias Corey, quería imponer sobre su legitimidad. Para ser breves, cuando Roald subió al podio para dar su discurso de recepción, no habló de cómo desarrolló el trabajo por el que le premiaron, sino que dio a conocer una nueva contribución a la ciencia —el Principio de Isolobalidad—, que por sí sola era lo suficientemente importante como para valerle otro premio Nobel. Mejor confirmación de su calidad científica, no pudo haber.

Roald, el ciudadano de a pie, caminó desenfadadamente en las calles del barrio del Alto, en el corazón antiguo de Puebla. Entró, curioso, a una panadería antigua, admiró el horno de ladrillo y se maravilló de las transformaciones químicas y los olores del pan recién horneado. Se asombró con los brillantes y diversos colores de la cerámica tradicional mexicana en los Talleres de Talavera de la Reyna, intrigado por los pigmentos inorgánicos y la textura de la arcilla empleada por los artesanos. Disfrutó sin miedo la comida mexicana: chalupas, mole, y luego en Oaxaca, los chapulines, cinco de los siete moles típicos y un chile relleno. Visitó los talleres de producción de textiles teñidos con grana cochinilla. Por la noche caminó al Ex Convento de Santo Domingo. Confesó que su anhelo por conocer Oaxaca despertó de un libro que Carlos Fuentes le regaló —Sor Juana Inés de la Cruz o las Trampas de la Fe, escrito por Octavio Paz. Uno de los sueños más deseados de este hombre, a quien todos los reconocimientos le han sido dados, era leer un poema de Sor Juana en la catedral de Oaxaca. Eso resume la sencillez humana de su alma. Seguimos andando. Sus pasos solo eran detenidos por la curiosidad que lo hacía asomarse hacia los bares de cuyo interior se esparcía la música —cubana, mexicana, antillana—, definiendo otra faceta del Roald humano, el carismático, el que sabe disfrutar los momentos alegres de la vida. Me sorprendió verlo cruzar las calles sin ninguna precaución, mientras los autos lo esquivaban o se detenían de improviso. Pareciera que un Premio Nobel y años de conocer y viajar por el mundo como artista y científico, te proveyeran de una especie de seguridad extraordinaria en un mundo que no deja de ser hostil, pero que se antoja más para quien vive con su filosofía particular, la de Hoffmann, un lugar más adecuado para disfrutar, aprender y conocer, que para preocuparse. Vivir en congruencia con lo que uno quiere y hace, es algo que no otorga ninguna Academia de Ciencias de ningún país del mundo, sino un estilo y decisión particular de vida. Un estilo que aproxima al arte y a la ciencia, en el mismo espacio, en el mismo mundo y viceversa.

En el libro Arte y Ciencia. Ciencia y Arte. Reflexiones infinitas se compilan aproximaciones únicas sobre cómo un área y la otra se nutren entre sí, se tocan y se desencuentran para finalmente crear nuevas ideas fascinantes. Las personas que colaboran no son ajenas a esta situación: son participantes activos de la tarea de hacer convivir ambos actos creativos en su mismo espacio personal. Puede ser adquirido directamente con el autor (con un sustancial descuento si dice que se enteró leyendo este número de Saberes y Ciencias) o en librerías de prestigio.

 

 

* miguela.mendez@udlap.mx