Son tiempos difíciles e inciertos para las comunidades migrantes provenientes de Latinoamérica en los Estados Unidos. De acuerdo con una encuesta elaborada por Pew Research Center en octubre del año pasado, 68 por ciento de los latinos consideraba que, en el último año, había empeorado la situación de la comunidad latina en ese país. Esto podría, en parte, deberse a las políticas de deportación desde el interior del suelo estadounidense; de acuerdo con la misma encuesta, 52 por ciento de los latinos y 63 por ciento de los latinos que son migrantes, tiene temor de que alguno de sus familiares o amigos cercanos pueda ser deportado. Estos porcentajes son mayores que en encuestas similares realizadas en años previos. Los datos de opinión son acordes con el incremento de las deportaciones desde el interior de los Estados Unidos en los informes de las autoridades migratorias. Además, aunque la economía estadounidense creció moderadamente el año pasado, los empleos nuevos generados fueron menos de 200 mil en 2025, una disminución drástica comparada con los años posteriores a la pandemia cuando los empleos generados habían aumentado en cifras de millones, muchos de ellos ocupados por migrantes nuevos. Ante estas circunstancias, y el aumento de las restricciones para solicitar asilo, algunas estimaciones sugieren que el flujo de quienes salen de Estados Unidos es mayor que el de los migrantes nuevos.
Este panorama puede tener impactos diversos en los envíos de remesas a los países de origen. Por un lado, el temor a ser retornado y la dificultad de integración en la sociedad estadounidense puede hacer que los migrantes deseen reforzar sus vínculos con el origen, aumentando las remesas. Por el otro, la necesidad de tener fondos disponibles ante la eventualidad de las deportaciones o la falta de empleo podrían disminuir los recursos enviados. A este desincentivo se añade el incremento en el costo del envío de remesas debido al impuesto de 1 por ciento establecido a partir de enero de 2026 a las remesas que se hayan originado en efectivo de parte del gobierno estadounidense. Otro aspecto relevante que influye en los envíos de remesas son las fluctuaciones del tipo de cambio; ante una apreciación del peso la misma cantidad de dólares puede adquirir menos bienes en México, lo que desincentiva el envío de remesas.
En el caso de México, con datos del Banxico, las remesas disminuyeron en 4.6 por ciento en 2025 con respecto a 2024, mientras que su poder adquisitivo en pesos constantes mexicanos disminuyó un poco más, en 5.2 por ciento. En las cifras de dólares esto marca la primera disminución después de casi una década de crecimiento sostenido. El caso de nuestro país es especial, ya que no todos los países con comunidades de migrantes en los Estados Unidos han observado esta disminución. Por ejemplo, Guatemala, Honduras y El Salvador, cuyas comunidades migrantes tienen características y problemáticas similares a la mexicana, han observado incrementos.
Las repercusiones de esta caída en México pueden ser notables para los hogares que dependen de estos envíos para los gastos de manutención, en una alta proporción los hogares receptores de remesas se caracterizan por su alto riesgo de caer en pobreza o se encuentran en pobreza moderada, además todavía muchas veces quien envía remesas es el principal proveedor de la familia. En las zonas con alta concentración geográfica de las remesas, como pueden ser los estados de Michoacán y Guanajuato, o muchas regiones sobre todo rurales en otros estados, la caída de las remesas implica una disminución en la demanda general de bienes y servicios que puede afectar la actividad económica en su conjunto. También la evidencia académica ha mostrado que las remesas pueden impulsar los emprendimientos ante la falta de acceso al crédito, por lo que las posibilidades de inversión de micro y pequeñas empresas podrían estar disminuyendo.
Así como la situación de las comunidades migrantes mexicanas es difícil e incierta, también lo es una previsión acerca del futuro de los envíos de remesas. En caso de que la frontera continúe prácticamente cerrada para los flujos de nuevos migrantes, y que la migración neta se vuelva negativa por los incrementos en las deportaciones, en el mediano plazo lo previsible es que los incrementos que habían sucedido en la última década no se repitan. Pero esta situación podría cambiar ante la inestabilidad de la política migratoria en los Estados Unidos. La cercanía de las elecciones intermedias puede provocar que los niveles de acoso a las comunidades migrantes en aquel país disminuyan para tratar de atraer el voto hacia el partido republicano en las próximas elecciones.
Por otro lado, las guerras comerciales y no comerciales emprendidas en el último año por los Estados Unidos provocan una mayor incertidumbre acerca de la evolución próxima de la economía estadounidense, y con ello de las oportunidades económicas para enviar remesas de sus comunidades migrantes. Algunos análisis sugieren que los impactos de los aranceles en los consumidores norteamericanos se concentran en mayor medida en los consumidores de menores ingresos, donde se encontraría particularmente la comunidad migrante mexicana. También, la guerra con Irán ha provocado el incremento de los precios de la gasolina, algo que se une a las dificultades para enviar remesas que ya enfrentan las comunidades migrantes. Es posible que se llegue pronto a situaciones menos extremas en el plano comercial y militar, la reciente decisión de la Suprema Corte de los Estados Unidos sobre aranceles apunta en ese sentido, pero apostar con certeza en este aspecto, dada la personalidad cambiante del Poder Ejecutivo de aquel país, es una apuesta nada sencilla.
De este lado, es necesario empezar a comprender desde la política pública la complejidad de las remesas. Son flujos monetarios que tienen múltiples motivaciones y repercusiones. En ocasiones sirven para solventar una emergencia de salud en los hogares, lo que solo muestra las fallas de nuestro sistema de salud. También pueden estar motivadas por la falta de integración en la sociedad estadounidense, esto por la falta de acuerdos migratorios entre nuestros países. En ocasiones funcionan como un sustituto para los pequeños negocios del deficiente sistema de crédito. Otras veces, incluso son utilizadas por las comunidades para realizar pequeñas obras de infraestructura, responsabilidad de todos los órdenes de gobierno. En estos casos las remesas solo desnudan las deficiencias de nuestras políticas públicas recientes. También son flujos que se originan por los procesos de migración ocurridos desde hace varias décadas en regiones históricamente poco integradas a los procesos de desarrollo económico nacional, lo que muestra el fracaso histórico de las políticas de desarrollo regional. En un plano más humano, a veces son el medio disponible para tratar de articular los compromisos básicos de la familia frente a la ausencia.
Lo necesario y lo urgente para estas comunidades migrantes, más que celebrar o lamentar las variaciones en los flujos de remesas o revestir de un heroísmo forzado a nuestros paisanos, son medidas destinadas a resolver los problemas que en alguna medida las remesas atenuaban cuando estas disminuyen. Quizá con ello se logre disminuir la sensación de temor e incertidumbre que persigue a estas comunidades con mayor intensidad en estos días.