Poco después de la batalla (del 5 de mayo de 1862) las informaciones que daban como definitiva del combate la contracarga del sexto batallón de los serranos de Zacapoaxtla. Probablemente fue Miguel Negrete, quien habló del “batallón de Zacapoaxtla” ante varios periódicos, el que lo originara; pero el caso es que la prensa se haría eco. Julio Zárate lo registraría un año más tarde y El Nigromante lo glosaría en Mazatlán varios años después: “Los indígenas de Zacapoaxtla que ignoran si un Papa los ha declarado racionales”. Sin embargo, no habían sido los zacapoaxtlas los autores de la hazaña de las milicias de la sierra, sino nativos de Tetela de Ocampo, Xochiapulco, del municipio de Cuetzalan de Zacatlán y de comunidades del municipio de Zacapoaxtla, aunque de otros pueblos, no de la cabecera. El sexto batallón de Guardia Nacional del Estado de Puebla estaba integrado por 400 milicianos de Guardia Nacional divididos en seis Compañías: cuatro del municipio de Tetela de Ocampo, una del municipio de Xochiapulco y una con milicianos de los municipios de Zacapoaxtla y Cuetzalan. De los 169 combatientes que componían el sexto batallón, solo uno, Nacho Betancourt, era de esa villa. A lo largo de los años la villa de Zacapoaxtla se llevó una gloria que no merecía y los de Tetela y las otras comunidades fueron ignorados por más que enviaron escritos, presentaron protestas, aportaron documentación de toda índole y absoluta fidelidad. La paradoja es que Zacapoaxtla había sido una ciudad conservadora durante la Guerra de Reforma y había sido tomada a sangre por los liberales, y que seguiría siendo base reaccionaria durante el imperio, al grado de crear una brigada que apoyó a un batallón austriaco en la quema de algunas otras de las comunidades liberales de la sierra. Fui a Tetela para deshacer el mito de Zacapoaxtla y me entregaron los textos de Venancio Armando Aguilar Patán: Heroica ciudad de Tetela de Ocampo y la documentación del archivo de la familia Molina–Bonilla, incluidos los estadillos de combatientes de sexto batallón de la Guardia Nacional de puebla según los archivos de la Secretaría de la Defensa Nacional. Leí para confirmarlo en Internet el trabajo de Venancio Armando Aguilar: “Batalla histórica…error histórico. El mito de los zacapoaxtlas”. En este país, en que la injusticia abunda, no sería malo reparar este agravio histórico. La gloria de Edwin Corona en la web Cambio digital en 2015: “los indígenas Zacapoaxtlas, que escondidos tras de los magueyales los dejaron pasar y haciendo uso de la reata, arma hasta entonces desconocida para los franchutes y el machete costeño”
En 1864, ya con los franceses dominando la ciudad de Puebla y la de México, el 5 de mayo, segundo aniversario de la batalla, un grupo de mujeres vestidas de luto se hicieron presentes en el cementerio para poner flores en la yumba de Ignacio Zaragoza. Un diario local decía que pase la aflicción, pero que mucho cuidado con la sedición, que “puede llevar a un consejo de guerra”. Y comentaba: “A las diez de la mañana cruzó por las calles de Plateros una gran comitiva de señoras y señoritas todas vestidas de negro y llevando una banda roja al pecho y coronas de flores en las manos […] van al panteón de San Fernando a la tumba de Zaragoza, la policía francesa las deja hacer”. Un año más tarde, en 1865, la Ciudad de México se llenó de pasquines pegados en las paredes, la policía imperialista intervino persiguiendo a los que colocaban sin resultado, aunque quien sabe cómo afirmaba la prensa que se trataba de una sola persona y que había pegado en las paredes no más de unos 300.
En estos últimos años los regidores panistas poblanos decidieron quitarle el apellido a su ciudad y sustituir el nombre oficial de Puebla, o sea Puebla de Zaragoza, por su primitivo nombre colonial, Puebla de los Ángeles. Le dieron legitimidad a su acto con el voto en un plebiscito de 61% del 3% de los electores que habitan en el municipio. O sea, unas dos personas de cada cien habitantes de la ciudad. En aquellos días, el autor de esta historia no tenía objeciones a la recuperación del viejo nombre colonial de Puebla de los Ángeles, lo que me parecía un acto de gangsterismo ideológico era retirar el nombre del general Ignacio Zaragoza. Si alguien merece tener su nombre asociado a la ciudad de Puebla es Zaragoza. Y así lo escribí en un artículo publicado en La Jornada. Puebla fue fundada en la leyenda por un grupo de ángeles despistados que habían perdido el rumbo, pero sin duda fue refundada por ángeles morenos, ángeles de Tetela de Ocampo de la brigada Negrete. En ese debate abierto, me pronunciaba por una solución malignamente conciliadora y proponía que el nombre oficial fuera Puebla de los Ángeles de Zaragoza y llamaba a los poblanos de bien, que afortunadamente abundan, a que repararan la injusticia y canallada que se había producido. Naturalmente nadie me hizo caso, pero pocos meses después la propuesta panista era declarada anticonstitucional, en la medida en la que un edicto municipal no podía pasar por encima de un edicto presidencial (Juárez había decretado el nombre) y las autoridades municipales poblanas tenían que destinar a la basura la papelería “oficial” que habían elaborado. Justicia vil.