Radio

p-15bEn 1947 tenía 10 años. Estábamos en un campamento PD (para “personas desplazadas”) en Wasseralfingen, en aquel entonces bajo ocupación francesa en la Alemania de la postguerra, esperando por una visa para viajar a los Estados Unidos. O quizá a Israel. O, en los momentos desesperantes cuando la visa parecía inconseguible, mi padrastro pensó incluso en firmar un contrato laboral (a cambio de una visa), para trabajar en las minas en Chile.

Ya empezaba a dominar mi cuarta lengua, alemán, y me iba bien en la escuela, una escuela típica de la época de posguerra, donde en cada clase había niños de diferentes edades, porque, ¿quién había ido a la escuela durante la guerra? Leía mucho, y de alguna manera llegaron a mis manos dos libros, biografías de científicos. Uno era la de George Washington Carver, el agroquímico negro; el otro, la biografía de Marie Curie, escrita por su hija Eve. Ambas las leí de su versión en alemán.

En la historia de Carver me fascinaron las transformaciones que efectuaba a partir del cacahuate y del camote. ¡Obtenía tinta y café de los cacahuates, hule y pegamento de los camotes! Quizá parte del encanto, venía de que nunca había visto o probado ni cacahuates ni camotes.

Mi pasado polaco seguramente me proveyó de la base para sentir empatía viendo a Manya Sklodowska transformándose en Marie Curie. Pero la historia contada por su hija Eve me tocó algo más profundo. Hasta la fecha recuerdo vivamente la escena donde Pierre y Marie terminaron la agotadora tarea de aislar una décima de gramo de radio a partir de una tonelada de pechblenda en bruto. Después de acostar a sus hijos, regresaron a su laboratorio. En palabras de Eve (de la traducción de Vincent Sheean):

 

Pierre puso la llave en la cerradura. La puerta rechinó, como lo había hecho miles de veces antes, y los dejó entrar a su mundo, a su sueño.

“¡No enciendas las lámparas!, dijo Marie en la oscuridad. Entonces ella agregó con cierta risa:

“¿Recuerdas el día cuando me dijiste ‘Quisiera que el radio tuviera un hermoso color’?

La realidad fue más conmovedora que el simple deseo de hace tanto tiempo. El radio tenía algo más que un “bonito color”: era espontáneamente luminoso. Y en el sombrío cobertizo donde, a falta de armarios, las preciosas partículas descansaban en sus contenedores de frágil cristal sobre tablas o repisas clavadas en las paredes, su fosforescencia dibujaba sus contornos, suspendidos en la noche.

“¡Mira… Mira!”, murmuró la joven mujer.

p-15aElla dio unos pasos hacia atrás, cautelosamente, buscando y encontrando una silla de paja. Tomó asiento en la oscuridad y en silencio. Sus rostros voltearon hacia el pálido brillo, la misteriosa fuente de radiación, hacía el radio —su radio. Su cuerpo se inclinó hacia atrás, su rostro ansioso, Marie tenía la misma actitud con la que, una hora antes, habría estado observando a sus niños dormidos.

La mano de su compañero acariciaba ligeramente su cabello.

Ella recordaría por siempre esta tarde de luces brillantes, esta magia.

 

Mucho tiempo ha pasado. El niño cuyos intereses en la ciencia fueron agitados por unas traducciones en alemán de la vida de un negro americano amante de la ciencia y de una joven química francesa-polaca, es ya adulto. Relee estos libros y los ve como biografías de santos. El romance ya no es por el radio. Pero Marie Curie aún le hace llorar.

 

(*) Roald Hoffman, premio Nobel de Química 1981, profesor emérito del Departamento de  Química de la Universidad de Cornell. El presente texto es un extracto del libro Química Imaginada: Reflexiones en Ciencia (2004) publicado en español por el Fondo de Cultura Económica.

 

 

* Cornell University, rh34@cornell.edu